La reforma impositiva y el concepto de libertad
E l concepto de libertad se contrapone, según Bobbio, al mpedimento. Lo que busca con ella la doctrina liberal es una disminución de la esfera de las órdenes y una extensión de la esfera de los permisos. En consecuencia, la libertad liberal y su esfera de licitud trazan límites al ejercicio del poder del Estado. La máxima es: «el Estado debe gobernar lo menos posible, dado que la verdadera libertad consiste en no verse obstaculizado por un exceso de leyes» (Bobbio, 1955). Como correlato, todo ser humano debe tener una esfera de actividad personal protegida contra la injerencia de poderes externos, en particular del poder estatal (Bobbio, 1963).
El concepto de libertad también ha recibido un significado descriptivo, inconfundible con el anterior e insustituible, proveniente de la teoría democrática. Desde esta óptica, libertad significa autonomía, es decir, el «poder de no obedecer otras normas que las que me he impuesto a mí mismo» (Bobbio, 1965). Si se quiere, de manera antagónica a la libertad liberal, la autonomía indica que ser libre no significa no tener leyes, sino darse leyes a sí mismo. El demócrata no intenta eliminar todas las barreras posibles a la acción del sujeto, sino «aumentar el número de acciones regidas por procesos de autorreglamentación»
Por ello, cuando en nuestro país se desencadena una catarata de leyes y decretos, de nuevas normativas que signan detalles ínfimos de nuestras vidas, desde nuestras prestaciones de salud, hasta se estrechan los conductos por los cuales recibimos los alimentos de primera necesidad, los combustibles con que nos movemos o nos calefaccionamos. Que nos encarezcan el ingreso a la cultura y que nos graven hasta el infinito nuestros ingresos, nos exige una reflexión muy profunda, porque toda esa catarata de normativas está de alguna manera signando nuestras vidas, también, modificándola y con ella nuestra libertad.
Cuando el ministro del Economía, Danilo Astori, sostiene que con la reforma impositiva se pone en marcha en el país un cambio cultural sustancial y que la población en su conjunto debe primero comprender para luego comenzar a asimilar, tiene parte de razón. Porque es evidente que el país ha modificado con todas estas normativas, que van al corazón mismo de la familia uruguaya, que modifican diametralmente sus presupuestos, cambian las opciones sobre el ahorro de las familias, las vacaciones, las proyecciones educativas, determinan cambios profundos, en definitiva, en las visiones que cada uno tiene sobre la libertad individual y familiar.
Esperemos que las normas impositivas sean exitosas y su ordenamiento confluya en un mejor funcionamiento de nuestra economía. Pero, más allá de ello, parece evidente que junto con la reforma planteada se ha puesto en marcha un intento de normativa cultural distinta que necesariamente tiene que determinar cambios profundos en la sociedad uruguaya, acostumbrada a ciertas eclécticas decisiones propias, no de sectores, sino más bien de grupos de interés.
Los próximos meses serán ricos en acontecimientos, con una población afectada por las nuevas normas impositivas –los que pagarán más– que estarán expectantes ante las posibles mejorías de servicios que debería poner en marcha el Estado, los que tendrían que estar en acuerdo con la quita establecida.
Por otro lado, es evidente que el grueso de la población espera una clara política de austeridad de parte del gobierno, destinada a que se empleen bien los nuevos recursos. Lo que parece que nadie aceptaría es que los mismos se destinen a una multiplicación burocrática, o sea, a una restricción más de la libertad de los factores que hacen al progreso de un país. *
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