La estadística ignorada
Cuando creemos que estamos a la vuelta de todas las sorpresas, cuando creemos que todos los medios científicos y técnicos, habidos y por haber en nuestra época están a nuestro servicio y, en este caso, con el único fin de mantenernos informados, aportando una serie de estadísticas sobre problemas económicos, sociales, enfermedades, aumentos de salario, salud, etc., nos damos cuenta de que hemos dejado atrás elementos importantes y que tienen que ver con la condición humana.
190.000… sí, ¡ciento noventa mil son los ciudadanos jubilados que desde el año 2000 al mes de mayo de 2005 murieron por diferentes causas!
Esta cifra, que nos ha proporcionado la Oficina de Prestaciones del Banco de Previsión Social, significa que en menos de cinco años murió 30% de los jubilados.
Nunca hubiéramos podido imaginar una cifra tan alta y desproporcionada, como para hacernos ver que no todo pasa por el dinero que se pueda percibir luego de largos años de espera.
Preocuparnos por saber por qué murieron… ¡es nuestro deber! Podemos imaginar diversas causas: enfermedades, soledad, tristeza, violencia doméstica, indiferencia de nuestra sociedad toda, rechazo, o tal vez por no poder pagarse las necesidades mínimas, sin familia, cansados ya de tanto luchar optaron por irse en silencio.
Hablamos de los que no miran cuando viene un vehículo al atravesar las calles con su paso cansado, de los que ya no tienen fuerza para defenderse ante cualquier agresión, y terminan su vida solos en un geriátrico con un poco de suerte, o en una vergonzosa casa de salud.
Algo anda mal en nuestra sociedad, hay algo que no se percibe pero está en nosotros mismos. Tal vez hemos perdido la capacidad de ver, reaccionar y solucionar acorde con las necesidades los problemas de los más castigados socialmente.
O tal vez será que nos preocupamos más por escalar posiciones económicas o políticas. Y nos olvidamos que polis viene de pueblo, y hacer política es atender al pueblo y sus necesidades más imperiosas.
Creemos que a todos nos hará bien mirar hacia atrás, y corregir el rumbo antes de que nuestro deseo de protagonismo nos supere.
De esta indiferencia somos todos responsables. Quiero creer, que de haber tomado conocimiento de este hecho en su momento, todos nosotros, los de arriba y los de abajo, los que ganan más y los que ganan menos, hubiésemos tomado las medidas para buscar todas las soluciones.
Aquí todos somos responsables de no haber sabido, nadie está libre de culpa. No fuimos capaces de mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta que pasaron por nuestro lado 190.000 ciudadanos en el más absoluto silencio, y no nos dimos cuenta de que ya no están más entre nosotros.
Debemos tomar debida cuenta de lo acontecido, hacer el estudio correspondiente que nos permita saber cómo se fueron, para, eso sí, lograr que nunca más vuelva a suceder.
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