Navegar a la deriva

No puede decirse que el Uruguay sea una nación de navegantes. A pesar de sus extensas costas, sus puertos naturales y privilegiados, nuestra historia no registra hazañas marineras. Pero cualquiera sabe que navegar a la deriva es bogar sin destino, sin orientación, sin referencias. Esto vale para el mar y también para la política.

Nuestros rudimentarios conocimientos náuticos y nuestra avezada experiencia política hacen que los uruguayos sepamos que no es bueno para el país –ni para sus destinos colectivos ni para una colectividad política– navegar al garete. Para continuar con el lenguaje marino, es aviso seguro de naufragio.

Han transcurrido poco más de dos meses desde las elecciones de noviembre. Falta menos de un mes para que asuman el nuevo Presidente y su gabinete. Y la impresión que tenemos del Partido Nacional –único aliado del gobierno– es que navega en las más profunda desorientación, en marchas y contramarchas y en golpes de timón bruscos, caracteríscos del bogar a la deriva.

En los días siguientes a la elección todo era idílico y de carácter histórico: visitas, felicitaciones, discursos de reencuentros, promesas de grandes logros gubernamentales, exaltación patriótica del programa común. Se confundían los límites de cada una de las colectividades políticas tradicionales. Y naturalmente, acompañándolo todo, gran danza de nombres gran.

Duró poco. Cuando la discusión acerca de las formas de aplicación del programa común pasó de la retórica a la realidad, y a esto se sumó el llenado de los casilleros con nombre y cargo, la brújula se enloqueció.

Hay dos razones por las cuales no podemos evaluar cuánto fue afectado el magnetismo del compás por los aspectos programáticos y cuánto por la distribución de cargos.

Primero. Porque los colorados son maestros en filtar informaciones de prensa «oficiosas» y declaraciones «anónimas» del más alto nivel que, naturalmente, cargaban las culpas de todas las tensiones en la coalición a las feroces luchas intestinas del Partido Nacional.

Segundo. Porque –como era previsible– todas las voces del Partido Nacional, alguna más discordante que otra, coinciden en una sola cosa. No se trata de una lucha de cargos. Faltaba más. Es la combinación de las preocupaciones programáticas, los ritmos y estilos de concreción con el peligro de ser nuevamente confundidos y devorados por el Partido Colorado. Algunos pretenden agregar una estrella fugaz al firmamento desorientador y hacen referencia a las ocurrencias del doctor Batlle, que parecen haber descubierto ayer. Si no estuviera el país en el medio, de rehén de esta situación, hasta cómico sería.

Todos los indicadores económicos demuestran la gravedad de la situación. Absolutamente todos. Y en especial aquellos que casualmente demoraron su aparición en vísperas de las elecciones: el déficit fiscal, que supera generoso el 3% del PBI, la balanza comercial, la balanza de pagos, el índice de desocupación y, en los últimos meses, la magra temporada turística, y la persistente sequía que ha llevado al campo a la cesación de pagos. Todo exigiría un rumbo claro y preciso.

No pretendemos inmiscuirnos en la interna nacionalista. Ellos determinarán cuándo y cómo analizar las causas de la peor derrota electoral de su historia. Pero sí estamos obligados a opinar cuando se trata de obligaciones asumidas ante la República en vísperas de las elecciones.

La dirección del Partido Nacional y sus voceros, sumados sin excepciones al coro de convocantes al voto por el doctor Batlle en el balotaje, y que en esa oportunidad sólo rivalizaran en el entusiasmo de sus llamados, ¿creen que los uruguayos tenemos una memoria tan corta que todo esto se nos pueda borrar en dos meses?

¿No consideran los dirigentes nacionalistas que han asumido ante el país una pesada responsabilidad, al convocar a la ciudadanía a votar por un programa unificado, eje en la elección del nuevo presidente, y que, en consecuencia, están ya absolutamente obligados a responder por sus resultados y su aplicación?

Le propusieron a la gente un programa, un camino y un presidente. Pero ahora nos anuncian que no tienen una expectativa sobre los resultados de este gobierno y que en realidad es mejor desligarse lo más rápido posible para no quedar confundidos con su acción e hipotecar la posibilidad de ser la alternativa de recambio dentro de cinco años. Y nada menos que a través de declaraciones de uno de sus más calificados voceros, como el doctor Ignacio de Posadas, cuya palabra siempre marca momentos importantes del oficialismo blanco.

Un hombre inteligente –como todos reconocen en el doctor De Posadas– ¿puede creer que los uruguayos somos tan lelos políticamente, que a sesenta días o cinco años de las elecciones, podemos padecer una amnesia tal que borre la paternidad del nuevo gobierno, la fuerza y el entusiasmo con que los dirigentes del Partido Nacional nos convocaron a votarlo y las grandes promesas del programa unificado blanco y colorado?

El doctor Larrañaga dice que ahora, recorriendo el interior y viendo los problemas reales del país que no se ven desde Montevideo y menos desde Punta del Este, ha entendido que el Partido Nacional no debe tener ministros en el futuro gobierno. Que debe limitarse a un apoyo externo y además bastante crítico. Es una lástima que el doctor Larrañaga no haya recorrido el país real antes de las elecciones. Y todavía más que su sensibilidad opositora emerja luego que se conocieran los nombres y las carteras ministeriales posiblemente adjudicadas en el futuro gobierno.

Las alternativas son claras. O creen que los uruguayos somos retardados políticos, o los dirigentes del Partido Nacional están confesando, en público e impúdicamente, que han sido manipulados, engañados y han jugado el triste papel de llevar a una colectividad histórica a la más profunda desorientación.

Hace treinta días auguraron que este sería un gran gobierno. Ahora amenazan con no aportar sus ministros porque no están convencidos de la voluntad de aplicar el programa unificado, y quieren salvarse de las consecuencias de un mal gobierno para ser la alternativa de recambio dentro de cinco años. Patético.

Las previsiones del EP-FA sobre el valor exclusivamente publicitario e instrumental del programa de gobierno acordado por dirigentes blancos y colorados en los días previos al balotaje parecen confirmarse de la peor manera. Y no porque lo anuncie el EP-FA o el doctor Vázquez sino porque sus propios gestores lo desnudan.

Cada uno tienen derecho a dirigir libremente su partido. Cada partido tiene el derecho libérrimo de navegar como le venga en gana, y su capitán de utilizar los elementos de orientación que considere más convenientes, y de recurrir a una tripulación que ha hecho del motín su entretenimiento preferido.

Pero nadie tiene derecho a embarcar al país en un viaje sin brújula, sometido a los más bruscos cambios de timón. Y , por añadidura, enarbolar en el más alto de los mástiles, la bandera del fracaso.

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