Rompiendo tabúes

Según se ha anunciado recientemente, por fin el año próximo empezará a impartirse educación sexual en todos los niveles de enseñanza.

De este modo, aunque tardíamente, Uruguay efectúa una puesta al día y salda una cuenta pendiente. En efecto, desde la salida de la dictadura se está hablando de la necesidad de impartir educación sexual a los jóvenes, pero esa voluntad no había logrado concretarse aún, y sólo en ciertas instituciones educativas privadas se habían previsto algunas instancias en que determinados docentes especializados daban, en forma extracurricular, clases de educación sexual.

A poco que se ponga uno a reflexionar sobre el punto, resulta sorprendente el hecho que una función biológica haya sido soslayada durante tanto tiempo, como si con eso bastara para que no existiera. Por el contrario, al no haber educación sexual en los ámbitos naturales donde se desarrolla la enseñanza, los jóvenes «aprendían» la materia de manera asistemática en los ámbitos de socialización, incorporando tabúes, mitos y prejuicios que conspiran contra una saludable vida sexual. Por eso no corresponde decir que los jóvenes uruguayos no tenían educación sexual; no la tenían en el ámbito académico pero de alguna manera recibían información que, como queda dicho, por su asistematicidad y diversidad de criterios por lo general equivocados, tenían como resultado una visión distorsionada y las más de las veces errada de la sexualidad.

La razón de ese ninguneo debe buscarse en patrones culturales que heredamos de nuestros ancestros, fuertemente marcados por la moral judeo-cristiana. Ello hizo que aun aquellas personas no religiosas, ateas o agnósticas, incluso quienes se consideraban librepensadores, incorporaran en sus parámetros mentales un vínculo estrecho del sexo con el pecado. Una cultura que proscribe el placer crea, necesariamente, un sentimiento de culpa particularmente nocivo frente a todo aquello que implica satisfacción de las necesidades biológicas; no en vano los dos pecados capitales más combatidos son la gula y la lujuria. Y todo ello explica en parte las disfunciones sexuales que padecen tantos individuos que se ocupan cuidadosamente de ocultarlas.

La reacción contra esa concepción pecaminosa del sexo comenzó tímidamente hace ya algún tiempo y produjo los primeros intentos de impartir información sobre la sexualidad. Claro está que esos primeros pasos se limitaban a la higiene sexual, a la prevención de enfermedades venéreas y a mostrar la actividad sexual únicamente como instrumento para la procreación; lo sexual se limitaba al coito y éste se justificaba porque era la única manera de perpetuar la especie.

Ardua ha de ser la tarea que aguarda a lo docentes que se encargarán de abrir el fuego en asunto tan delicado. Habrán de enfrentar la oposición o por lo menos el recelo de una sociedad mayoritariamente reacia a llamar las cosas por su nombre y a aceptar como natural lo que durante milenios se consideró pecaminoso.

De todos modos, es un hermoso desafío. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje