La Universidad… "una ventaja que con nada se compensa"

Sociedad de la información y el conocimiento, nueva economía, Internet, oportunidades y peligros del mundo de hoy. Podría acumularse así un infinito listado de conceptos que a diario nos bombardean desde los medios de comunicación. A veces es difícil articularlos con la realidad cotidiana, la que se sienta a la mesa, la que cohabita las vigilias de preocupación, la que tiene que ver con nuestros hijos y nuestros nietos. Y sin embargo está allí; cerca y tangible. Es la Universidad de la República.

Allí es donde esos conceptos adquieren su expresión concreta para los uruguayos. Sin un adecuado crecimiento de nuestra Universidad, no hay posibilidad alguna que el Uruguay participe en tiempo y forma de las nuevas tendencias del desarrollo basado en el conocimiento. Lo demás es retórica.

Hablamos de la Universidad porque es la última etapa del proceso educativo. El nivel de educación de una sociedad se mide por un conjunto de factores: se inicia en la escuela y prosigue en todo el ciclo educativo hasta culminar en la universidad. Pero implica también un cauce cultural más amplio: un estado de atención y sensibilidad para todos los procesos artísticos, académicos y de investigación del conjunto de la sociedad.

El gran capital para enfrentar la nueva sociedad es la masa crítica cultural y educativa que posea el país. Y es la universidad el último e insustituible peldaño de la escalera que nos integra al desarrollo o nos precipita en nuevos niveles de crisis, fractura económica y social.

Los puntos de partida pueden considerarse promisorios. Existe una alta tasa de alfabetización. la Tasa Bruta de Escolarización (TBE) terciaria, que abarca los jóvenes comprendidos entre los 18 y los 22 años es del 27%. El promedio regional es del 17%. Pero la TBE de los países desarrollados es del 60%.

¿Cuánto gasta el Uruguay en educación? ¿O, lo que es lo mismo, cómo se prepara para esa sociedad en la que el conocimiento es su capital esencial?

El Uruguay invierte el 2.6% del Producto Bruto Nacional (PNB) en todo el sistema educativo. El promedio de la región era de 4.5% en 1995. El promedio de las regiones más desarrolladas es del 5.1%. Nuestra situación es peor que la de los países latinoamericanos.

La inversión uruguaya en la Universidad es del 0.5% de su PNB, excluyendo la atención en el Hospital de Clínicas. El promedio de los países de la región es el 0.9% del PNB: prácticamente el doble.

Pero dejemos las estadísticas y abordemos aspectos de la vida de los universitarios, que en parte del mismo problema. Un docente comienza su carrera en el grado 1 y con 20 horas semanales de clase recibe la fabulosa cifra de 1.948 pesos mensuales. Si trabaja 40 horas semanales, logra reunir 5.338 pesos. ¿Y qué pasa cuando le dedica décadas de su vida al estudio, a la enseñanza, a la investigación a la publicación de sus trabajos? Al acceder a la cima de su carrera docente, que es el grado 5 y el título de profesor titular, cobra la deslumbrante cantidad de 12.278 pesos por 40 horas a la semana.

Nos asombramos de la fuga de cerebros del Uruguay. Debiera sorprendernos de que todavía queden algunos. Estos suelos son una convocatoria al saqueo y una condena a la sangría irreparable de talentos y capacidades. ¿Cuánto le lleva a un país formar un plantel de docentes e investigadores de la capacidad y calidad de la que dispone el Uruguay?

Y no se trata de los procesos tradicionales de emigración de universitarios. El mundo ha cambiado tan radicalmente que los países desarrollados y aún los otros ofrecen becas, sueldos elevados, visas de trabajo instantáneas. Es la disputa despiadada por el capital humano del conocimiento.

Pero reducir el problema a este campo es también peligroso. Existen otras complejidades. Si la Universidad no logra desarrollar plenamente sus funciones lo que queda en entredicho es la capacidad nacional de crecimiento y de inserción en el mundo.

Los poderes políticos y económicos han asumido que un país moderno tiene escasas posibilidades de progresar si no incentiva a fondo sus aptitudes de innovación científica y tecnológica, y la formación profesional en todos los niveles.

Lo esencial del programa no es ya si la investigación y el conocimiento son necesarios para el desarrollo de un país, sino en cuál es el modo más efectivo de potenciarlos y controlar socialmente sus objetivos, límites y riesgos.

La cuestión no debiera tener banderas políticas ni partidarias. Cualquier modelo lúcido de país en el mundo globalizado debe incluir inteligencia y conocimiento, capacidades profesionales y técnicas para poder existir y competir: ahora que quiere transformarse la competencia en el verbo clave de la civilización actual.

A menos que, sin decirlo explícitamente, se apueste a que el mercado, supremo sacerdote de todas las necesidades, gran dispensador de prioridades y recursos, logre corregir la situación.

¿De qué manera? Muy simple: a través de la inversión privada en educación y de la proliferación de universidades privadas. Si esa es la perspectiva sería necesario y honesto discutirlo abiertamente. La sociedad tiene el derecho y la obligación de conocer un cambio tan radical en el diseño social de la educación que también implica una profunda transformación de toda la sociedad.

Cuando se discute un presupuesto para la educación y en particular para la Universidad, que cuestiona su propio desenvolvimiento, todos estamos obligados a opinar y actuar. Es justo y necesario que se conozcan con la mayor transparencia todos los sueldos de la administración pública, pero con igual criterio y mucha mayor importancia deberíamos conocer en forma transparente las opiniones de todos los actores políticos e institucionales dada la importancia de lo que está en juego.

El Rector de la Universidad de la República, doctor José Pero Ramírez decía en 1883: «Para los hijos de este país, una ventaja que con nada se compensa, y es la de que en ella se forma a la vez que el hombre de ciencia, el ciudadano, con el espíritu de las instituciones que el país se ha dado».

Esta idea medular expresa diáfanamente que en la historia nacional no es posible disociar los grandes momentos democráticos, la proyección latinoamericana y la vocación de progreso del Uruguay con el destino de la Universidad de la República.

* Analista

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