El subdesarrollo y la violencia de clases

El gerente de prensa del Comité Olímpico de Estados Unidos, Kevin Neuendorf, escribió en la pizarra de su delegación: «Welcome to Congo». Así recibió a los deportistas americanos a los Juegos Panamericanos de Río de 2007. La prensa de todo el mundo recogió esta anécdota en sus primeras páginas, desde O Globo hasta CNN. Inmediatamente después fue despedido de la delegación. Neuendorf argumentó que se había referido al calor de Río, a pesar de que ese fin de semana se registraron 78 grados Fahrenheit (26ºC) y que en cualquier estado del sur de la Unión la temperatura suele llegar a 90 grados. La indignación brasileña no sólo se debió a la arrogancia de un norteamericano más, sino a la posibilidad de que su recuperada economía sea identificada con un país pobre de África. No hay otros motivos para ofenderse porque alguien nos compare con nuestros hermanos africanos.

Dudo que esta anécdota sea una puntada sin hilo. Las respuestas de Neuendorf más bien parecen de una ingenuidad calculada para confirmar la responsabilidad de un individuo poco inteligente, poco culto o, por lo menos, poco resistente al calor extranjero. El efecto mediático es el de recordarle al mundo que entre Brasil y Estados Unidos aún existen diferencias abismales.

¿Por qué esta necesidad? Aunque Brasil aún no supera el promedio del crecimiento anual de las economías en desarrollo, de cualquier forma su performance es positiva y, sobre todo, eufórica: si todo sigue viento en popa, nuestros hermanos sudamericanos alcanzarían el potencial económico de Francia en el año 2031. Por otro lado, la tradición brasileña nunca ha pecado de modestia canadiense. Desde sus antiguas pretensiones imperialistas del siglo XIX, pasando por «o milagre brasileiro» de los ’70 hasta el más reciente clima de euforia bursátil a principios del siglo XXI, las clases dominantes han definido siempre a Brasil como «o país do futuro» y sus obras las «mais grandes do mundo». Todo lo cual no es menos arrogancia que la norteamericana, pero sin la práctica efectiva y antipática. También los uruguayos, aún siendo un país pequeño, alardeamos durante medio siglo de ser «campeones, de América y del mundo». Reconozco que este tipo de orgullo popular no es un pecado capital, pero se convierte en pecado cuando lo vemos como un defecto ajeno y como una virtud propia.

A juzgar por los hábitos y reacciones de la prensa tradicional, la diferencia que más incomoda del imperio no es ideológica ni moral, sino económica y geopolítica. El real seguirá apreciándose ante el dólar hasta 2008 y luego volverá a valores de años atrás. En su mejor desempeño, la economía brasileña crecerá este año la mitad porcentual del crecimiento anual chino: más o menos un 5 por ciento. Es decir, el mismo promedio de crecimiento de América Latina. Igual que para Francia, Alemania y Japón, este será un año mediocre para Estados Unidos: su PBI crecerá un 2,2 por ciento. No obstante, el 5 por ciento brasileño significa sólo el 15 por ciento de lo generado por el 2 por ciento de la producción norteamericana. Brasil, con todo su éxito económico, todavía no alcanza a superar la producción de España o de Italia o de Canadá con sus apenas 30 millones de habitantes.

Los mercados tienen una psicología muy sensible y no sería raro que los estrategas norteamericanos quieran recordarle al mundo que we’re still number one. Hace pocos días he visto en un macromercado de Estados Unidos una chapa decorativa de auto que rezaba como leyenda «[US,] Still the Number One». Ese adverbio still sonaba dramático. Representa la sensación de que queda poco tiempo. No por casualidad, ese mismo mes (junio, 2007), el británico The Economist dedicaba su portada a la misma idea: «Still N. 1″. De hecho, China debería alcanzar el volumen de producción bruta (nunca mejor el adjetivo) de Estados Unidos en 2025, lo cual no significa que mil trescientos millones de personas alcancen el «nivel de vida» –según estándar occidental– de los otros trescientos millones. Pero el cruce de gráficas de GDP (PBI) es significativo y, para algunos, la referencia de esa sensación de still(restless)ness. La hegemonía de Estados Unidos y la omnipresencia del dólar serán historia a mediados de este siglo. (Su mayor problema, además de la mala administración actual, es la generación post- baby boom, el cual sólo se podría remediar con 3,5 millones de inmigrantes anuales en lugar del millón actual). Pero eso será bueno para el desarrollo de los mismos norteamericanos y, sobre todo, para el resto del mundo. Siempre y cuando una hegemonía no sea reemplazada por otra. Pero la riqueza no es sustituto de desarrollo, y deberá ser en este segundo término donde esté la verdadera revolución brasileña ya que, como cualquier país latinoamericano, la rígida verticalidad histórica de clases sociales (el crónico aristocraticismo), la convivencia de favelas con ostentosos palacios amurallados han sostenido cierta riqueza y frenado el desarrollo. Un país rico, azotado por la violencia urbana y por la violencia de clases, con vastas regiones de pobreza rodeando lupanares del consumo, puede entusiasmar a los turistas y a un país entero pero sólo sirve a los ricos que barren el polvo de la injusticia social debajo de la alfombra colorida de los guarismos financieros y las ideologías exculpatorias hechas a medida. Sí, eso es riqueza, pero no es desarrollo; es crecimiento, pero crecimiento de la bolsa y de la injusticia; isto é ordem, mas (ainda) não é progresso.

La justificación más común consiste en repetir que para que exista desarrollo primero es necesario la riqueza. Idea que se parece a la metáfora de la copa derramando dinero, en una sociedad vertical, según la ideología Thatcher-Reagan, a la torta de los conservadores neoliberales de América Latina, o a la promesa anarquista de la dictadura de un proletariado que tendió siempre a perpetuarse. Esta idea quedó refutada en Brasil después del crecimiento exorbitante del 10 por ciento anual (1967-1973) con el crecimiento de la concentración de la riqueza y el incremento, por ejemplo, del 10 por ciento la mortalidad infantil sólo en San Pablo. Mientras tanto, la dictadura militar propagaba entusiasta su eslogan preferido: » Brasil Potência, ame-o ou deixe-o». Hasta fines del siglo XVIII, mucho más rico que Estados Unidos era México. Ricos también han sido muchos países capitalistas de América Latina: países ricos de sociedades pobres. Lo que refuta los argumentos principales de los capitalistas subdesarrollados que critican a Cuba por su economía.

No son las palabras, entonces, lo que debería escandalizar a la prensa brasileña, sino la aún (still) persistente violencia del subdesarrollo: no sólo la violencia de la delincuencia y del crimen organizado, sino, sobre todo, la que procede de las históricas y radicales diferencias sociales entre ricos y pobres, entre la franja sur industrializada y el resto postergado del país. En el último período del presidente Lula ha habido mejoras en este aspecto. Sin embargo, todavía se parecen a las tradicionales limosnas de las insaciables sectas más ricas que a la justicia social que necesita una generación antes de morirse de vieja en nombre del futuro. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje