Las centrales nucleares no son una opción

Escrito por: EDUARDO GUDYNAS CLAES  - Centro Latino Americano de Ecología Social

Sábado 14 de julio de 2007 | 11:31
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Días atrás, el ex director de energía Alvaro Bermúdez defendió, en El Espectador, la construcción de un reactor nuclear en Uruguay, entre otras razones porque era “absolutamente seguro”. En ese mismo momento, del otro lado del mundo, en Alemania, una sección de la central nuclear de Brunsbuettel, ardía en llamas.

Este es un claro ejemplo del dramático contraste entre la insistencia criolla en defender centrales nucleares, apelando a argumentos que son ciegos a la experiencia internacional y que en muchos casos son erróneos. En aquella entrevista se proponía instalar un “reactor del pueblo”, un modelo que todavía no existe, ya que es un proyecto teórico, y sobre el cual no hay experiencias sobre su real eficiencia, seguridad o costo final. Aquel programa fue un ejemplo de la pobreza en que se está desarrollando esta discusión, en la que se repiten las voces de aliento en ausencia de argumentos alternativos.

Este “lobby nuclear” ha ganado nueva fuerza en el marco de la recurrente crisis energética nacional. Los problemas con el supergás han dejado al descubierto que todavía no ha cristalizado una estrategia energética concreta. Hay varios ensayos simultáneos; se intenta algo en energías renovables pero a la vez se anuncia el entrenamiento de técnicos nucleares.

Los nuclearistas aprovechan esos vacíos para avanzar. Y como una parte significativa de la prensa no los enfrenta con preguntas esenciales, comienza a difundirse ampliamente su prédica. Por lo tanto es necesario comenzar a recordar los argumentos que se han usado contra la energía nuclear.

Muchos de sus promotores, como Carlos Maggi, Sergio Abreu o Alberto Volonté, sostienen que es una fuente de energía limpia y por lo tanto “ecológica”. Están equivocados. Es cierto que las usinas nucleares emiten menos gases con efecto invernadero, pero generan las basuras más peligrosas que produce el hombre: los residuos nucleares. No sólo son radiactivas, sino que persisten por siglos, y su producción no tiene nada de ecológica.

Esos residuos son uno de los talones de Aquiles de esa fuente de energía. Es indispensable analizar con seriedad cómo se manejarán esos residuos, cuánto costará esa tarea, y cuáles son sus implicancias. Si la Intendencia de Montevideo a duras penas puede con la basura común, es evidente que esas dudas son razonables. Cualquier gestión de esa basura nuclear requiere altos niveles de seguridad, en muchos casos debe ser militarizada por el peligro del uso terrorista, y es, por sobre todas las cosas, muy caro. Pensemos además dónde se ubicará el basurero nuclear uruguayo. Actualmente está en marcha un conflicto vecinal en Empalme Olmos debido a las resistencias a recibir la usina para las basuras del área metropolitana. Si la gente resiste ese basurero, seguramente rechazará todavía más enérgicamente un cementerio nuclear. El basurero nuclear que Estados Unidos planea construir en el estado de Nevada costará por lo menos 60 mil millones de dólares, ¿cuánto costará el nuestro? ¿Los defensores uruguayos aceptarían que se entierren en los sótanos de sus casas productos como Uranio 234 o Plutonio 238, y que deberán vigilar sus descendientes por varias generaciones?

El repetido argumento sobre la seguridad de los reactores nucleares también es incorrecto. No sólo recordamos la tragedia de Chernobyl, sino que un examen del funcionamiento actual de los reactores demuestra que enfrentan fallas y fugas de manera regular, en especial por pérdidas de agua y vapor contaminados.

La postura de A. Bermúdez sobre la “absoluta seguridad” de estas plantas carece de fundamento, ya que ningún sistema es a prueba de fallas. Mientras se decía aquello en la radio, no sólo tuvo lugar el accidente de Brunsbuettel, sino que persistió por varios días, arrastrando a su vez a la central nuclear de Kruemmel.

La mejor seguridad no evita las fallas, sino que permite enfrentarlas a tiempo, aunque aumentan los costos de operación y las repetidas reparaciones obligan a apagarlas frecuentemente (como suce con Atucha en Argentina o Angras en Brasil).

Otro defensor, el senador E. Fernández Huidobro, sostiene que permitirá alcanzar la autonomía energética. Pero la opción nuclear nos hunde en una dependencia todavía mayor, ya que compraremos el combustible en el exterior y además estaremos sujetos a la evaluación y monitoreo de agencias internacionales y de Estados Unidos. Los “inspectores internacionales” visitarán regularmente nuestros reactores. Además, si decidimos no enterrar la basura nuclear en nuestro suelo, deberemos pagar por alojar esos residuos en el exterior, lo que no será nada barato.

En este artículo se ofrecen sólo algunos argumentos que rebaten la tesis nuclearista. Estas muestras dejan en claro que la energía nuclear no es una opción para el país, donde un examen más riguroso, y con una prensa más incisiva, servirá para volver a dejar en evidencia todos sus riesgos y efectos negativos.

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