A un año del fallecimiento de Eduardo Jaurena

Escrito por: H. GERARDO GIUDICE

Viernes 29 de junio de 2007 | 3:30
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El 5 de junio último se cumplió el primer año de la muerte de Eduardo Jaurena. El hecho pasó desapercibido, como desapercibidos pasaron los últimos años de su vida. Acaso su mayor enemigo haya sido el ser intransigentemente coherente con sus principios y procederes. Y sabido es, en política, muchas veces la sinceridad, no paga. Recientemente escribimos refiriéndonos a Emilio Frugoni: “(…) no suele conformarse a nadie cuando se dice la verdad. A menudo, decirla, es el mejor medio para quedarse solo. Pero muestras suficientes había dado en su larga vida política, cuando tantas veces había optado por la soledad a costas de ser fiel con sus principios”. ¡Honrosa tragedia la de Jaurena! El también prefirió la soledad y el ostracismo por no torcer su camino y renunciar a las enseñanzas que sobre comportamiento, ideología y ética recibió de su maestro Frugoni, que le dispensó virtualmente el trato de un verdadero hijo adoptivo. ¿Quién no asociaba en el mundo político a Jaurena con la figura de Frugoni? Pero, ¿cuántos miraron hacia otro lado para simular que se olvidaban lo que sabían de toda la vida? Víctima de una cruel maniobra que involucró a personalidades relevantes del Frente Amplio, optó por el camino frontero de denunciar públicamente a los felones involucrados, en lugar de acercarse sumisamente y pedir con deshonra lo que legítimamente le pertenecía. También de él como de Frugoni aprendimos que en la vida no nos paraliza la idea de quedar solos, con tal de defender nuestras verdades y principios, y es más honroso llevar como trofeos de guerra, las antipatías y perjuicios que nos pueda ocasionar la coherencia, que las simpatías generadas por simular amistades y falsos aplausos que puedan ser redituables en lo personal.

¿Quién puede discutirle a él y a Jorge Andrade Ambrosoni la honra ganada a justo título de haber sido los verdaderos custodios de los últimos años de vida de don Emilio Frugoni, y fallecido éste, ser los celosos guardianes de una memoria que hoy consideramos patrimonio de todos?

Venido en 1942 de la localidad de Míguez, pasó a vivir con su hermano Héctor, ya figura destacada en aquel glorioso Partido Socialista. Lógicamente, abrazó la causa del socialismo por la cual luchó hasta su último aliento. Ocupó diferentes cargos dentro de la organización partidaria, y en 1954 llegó a ocupar un cargo de edil en el legislativo comunal. En 1958 volvió a ser electo en la función referida y su actuación alcanzó ribetes descollantes, integrando una histórica bancada con Hugo Pratto, Andrés Cultelli y Gualberto Damonte. El solo llevó adelante ocho resonantes investigaciones que dieron lugar a que la prensa toda se ocupara de las mismas y el propio Frugoni publicara en “Marcha” un artículo en su reconocimiento, al que tituló “Un homenaje indispensable”.

Producida la dolorosa fractura partidaria en 1963, que llevara a que Emilio Frugoni tuviera que renunciar al partido que él mismo fundara en 1905, Eduardo Jaurena, como tantos otros auténticos frugonistas; marchó junto a su maestro de ideales y con él fundó el “Movimiento Socialista”, organización que llegó a gozar de enorme prestigio y por la cual llegara a ocupar un puesto de diputado. Sin placer y con gallardía debió enfrentarse a quienes hasta hacía muy poco tiempo habían sido sus compañeros, pero sus principios le indicaban que debía continuar la ruta del socialismo democrático, fiel a los preceptos fundacionales. Pagó con la expulsión del partido el no haber abandonado a Frugoni, y el motivo invocado fue haber co-organizado en “Casa de Galicia” un acto conmemorativo de los 83 años de Frugoni.

Acompañó a su maestro hasta su muerte, y lo continuó posteriormente. A diferencia del ministro de policía francés Fouché, nunca le preocupó estar con las minorías. Y cuando se cumplió un año de la muerte de Frugoni, “Marcha”, que a la sazón editaba sus célebres “Cuadernos”, le dedicó dos de ellos. “El pensamiento vivo de Frugoni” y “Frugoni”. Carlos Quijano recurrió a Jaurena para que se encargara de la organización, armado y edición de los mismos.

De su brillantez hablan las obras por sí solas, pero del olvido del insigne fundador del socialismo habla Jaurena, y publica un artículo central que titula: “Frugoni, el desconocido”.

Ya, don Emilio había sido eliminado del recuerdo político y la titánica tarea de su rescate era un juramento de honor por el cual luchó toda su vida. Mantuvo viva la llama del frugonismo junto a Andrade Ambrosoni, ambos como figuras de mayor relieve dentro del “Movimiento Socialista”. Estuvo en las primeras filas para la creación del Frente Amplio, y su firma quedó estampada en el acta fundacional en nombre de su Movimiento. Como premio al esfuerzo de toda una vida al servicio del socialismo auténtico, Jaurena y Andrade ingresan como representantes nacionales en las elecciones de 1984. Dos de los más grandes del socialismo nacional engalanaban a la Cámara junto a otros dos socialistas no menos grandes que la historia partidaria recogerá en su momento, José Díaz y Guillermo Alvarez.

Terminado su mandato parlamentario, sobrevendrá su nueva tragedia. Una maniobra intestina y alentada por algún vocacional expulsador de los años 60 la precipitaron, al socaire del derrumbe del comunismo a escala mundial que hacía presagiar que el socialismo capitalizaría los dividendos que perdía el comunismo. Desde filas del Partido Socialista se gastaba a cuenta del crecimiento que presagiaban. No debían pues, existir fisuras graves que alteraran los alegres cálculos que se realizaban. Jaurena nunca había sido complaciente y podía ser peligroso. El resto es conocido, aunque lo entierren y lo tapen con cemento. Hubo solidaridades personales, pero no partidarias. En aquel momento no eran redituables. Peleó, peleó hasta que pudo. A él también la biología le jugó una mala pasada. Su pulso le temblaba y no podía escribir. Sus piernas no respondían al mandato del cerebro. Comenzaba a apagarse poco a poco. Su memoria quedaba estancada y él se sumió en un absoluto silencio. Apareció una dulzura a la que casi nunca dejaba salir. Se volvió a afiliar a su partido de origen y le donó su biblioteca a la “Casa del Pueblo”. Lo observé y se lo consentí en silencio. Casi sin poder caminar y llevándolo del brazo, lo acompañé a votar en las elecciones que le dieron el triunfo a la izquierda. Se había vestido con su mejor traje. En el cuarto secreto me temblaron las manos cuando deposité su lista “90″. De su rostro emergía una sonrisa tierna y orgullosa. Su círculo estaba cerrado. Había sido un gran derrotado. *

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