Tergiversación de la historia

Escrito por: JULIO GUILLOT - Periodista

Martes 19 de junio de 2007 | 5:05
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Un artículo editorial aparecido en El País de ayer me mueve a escribir esta réplica porque no se pueden pasar por alto ciertas afirmaciones falsas contenidas en el escrito, afirmaciones presentadas como axiomas y sobre las cuales el editorialista elabora sus reflexiones.

En primer lugar, el autor del artículo considera que el tiempo transcurrido desde los años de plomo y desde el retorno a la normalidad institucional debería ser más que suficiente para “cicatrizar las heridas del pasado y mirar juntos hacia el futuro”; que “la inmensa mayoría de la sociedad laudó en un plebiscito su decisión de paz y perdón”; y finalmente, en alusión a quienes reclaman verdad y justicia, que “Les molesta el ‘terrorismo de estado’ pero no el desatado por la insania de un grupo que pretendió terminar con el Estado de Derecho usando los mismos procedimientos”.

 

Veamos.

En cuanto a lo del tiempo suficiente para “cicatrizar las heridas del pasado”, es una opinión de la que disiento porque ha hecho falta la verdad, la Justicia y el público reconocimiento de los crímenes. El ocultamiento, la omertà y el ninguneo no son cicatrizantes adecuados.

Pero en fin, no es sino una opinión que cada cual tiene el derecho de emitir. Lo que sí me subleva son las afirmaciones posteriores.

En primer lugar, la Ley de Impunidad no fue ratificada por una “inmensa mayoría”, sino por mayoría simple. En segundo lugar, me consta que un alto porcentaje de quienes se pronunciaron a favor de la Ley jamás pensó que estaba laudando una controversia ni mucho menos que estaba perdonando a los criminales.

Y finalmente, no puedo tolerar esa igualación con el rasero de víctimas y victimarios. Rechazo todo intento de equiparar a Sendic con Alvarez, a Rosencoff con Gavazzo, a Elena Quinteros con Cordero, a Julio Castro con Campos Hermida, a Chaves Sosa con Silvera. Ni los Tupamaros ni ninguno de los otros grupos guerrilleros que actuaron a fines de los sesenta y comienzos de los setenta cometieron acto alguno que pueda catalogarse como de terrorismo; llevaron a cabo acciones armadas, sí, pero no actos de terrorismo. De modo que sostener que los grupos insurgentes desataron el terrorismo en nuestro país, que pretendían terminar con el Estado de Derecho y que usaron, para ese fin, los mismos procedimientos que los centuriones golpistas es una grosera tergiversación de la historia. Una visión sesgada, una interpretación retorcida de los hechos y un falseamiento de la realidad.

De ese modo se soslaya la verdad y se camufla la historia. En efecto, se hace aparecer a los grupos insurgentes como dementes levantados en armas contra el Estado de Derecho, cuando la verdad es que el gobierno con que se enfrentaron estaba actuando al margen de la Constitución, pisoteando las libertades y burlándose de las garantías y de la legalidad.

Y finalmente, un despropósito mayúsculo y una falsedad absoluta: que los grupos insurgentes emplearon los mismos procedimientos que los represores. No hay ni un solo caso de torturas, ni de violaciones, ni de tratos degradantes; hubo muertos, sí, pero no hubo vejámenes ni desaparecidos ni bebés sustraídos.

Es improcedente cualquier intento de comparación o cualquier pretensión de legitimar la teoría de los dos demonios, pues de ese modo se justifica el golpe y la barbarie represiva. *

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