El País de Nunca Jamás
Teniendo presente la brutal degradación límite que sufrió nuestra nación de principios de los años sesenta, comenzando por lo económico y derivando en lo social –ante lo cual el pueblo tuvo impotencia y necesidad de expresar su disconformidad en las calles– siendo reprimido tan violentamente desde los estamentos de «Estado» que respondían a una política foránea e imperialista, que llegó a provocar muertes de estudiantes y docentes nunca aclaradas ni pagadas por sus ejecutantes.
Recordando por ejemplo en 1968 los nombres de los mártires Líber Arce, Hugo de los Santos y Susana Pintos. «Si luego de tres muertes permanecemos quietos, somos todos y cada uno de nosotros un poco asesinos», decía un estudiante de la época. «Papel contra bala no puede servir, canción desarmada no enfrenta fusil», cantaba Daniel Viglietti. Obreros organizados, grupos armados que anhelaban la libertad del pueblo agobiado por el terror institucional dictado por el imperialismo digitante de los destinos del tercer mundo, que usó a los civiles vende patria y a los militares autómatas de autoritarismo malsano, para oprimir a la gente y sacar provecho económico hasta que se cansó y nos tiró a un costado, sin calibrar que lo que hubo entre medio tendría consecuencias eternas.
La ambición desmedida de poder defenestró en la sanguinaria dictadura cívico-militar uruguaya de la cual hoy nadie quiere hacerse cargo. Algunos hasta se dan el lujo de enojarse porque se les encuentra implicados.
Comieron hasta que vomitaron sangre de pueblo y hoy no quieren pagar la cuenta por aquel festín.
Reconociendo ciertamente cuál fue la gallina que dio a luz al huevo de la crueldad masiva y descontrolada con apariencia estatal, de todas formas, tal vez ya no sea un aporte descubrir quién tiró el primer tiro. Al menos cuando se trata de una dialéctica sin fin, ineludible sin embargo, si hablamos de relevar la realidad de los hechos históricos, que hoy y para siempre marcarán nuestra sociedad herida casi de muerte. Por supuesto, los aún impunes culpables de crímenes de lesa humanidad deben dar cuentas ante el Poder Judicial. Esto para que seamos un Uruguay digno otra vez, ante nosotros mismos y ante el mundo.
Las responsabilidades no se pueden colectivizar a costo del sacrificio de la verdad, porque estaríamos sentando bases de hipocresía para refundar la nueva democracia que entonces nacería débil y tonta.
También es cierto que a la pacificación del país debemos contribuir todos, por la sencilla razón de que son colectivos los hechos y sus consecuencias. No hay vencidos ni vencedores, sino población juntando sus restos y tratando de rearmar una convivencia decorosa y un futuro común de bienestar, de orden y legalidad institucional. Aunque nos cueste; pues aún andan sueltos sin juicio ni castigo muchos de los criminales y asesinos de los hijos de la patria, debemos poner lo mejor de cada uno para restaurar el país que todos queremos. El nuevo Uruguay. El de «ojos mirando a la utopía y pies en la realidad» que dijo el Presidente Tabaré Vázquez.
Es una experiencia nueva esta de resurgir de una dictadura y sus resabios con un gobierno de izquierda, como a ser padres, se aprende cuando sucede y nunca antes. Y es parte de crecer equivocarse, andar y desandar, reconocer errores y aprender de ellos con valentía y honestidad, lo único que no puede faltar cuando de progresar se trata. O de progresismo.
A poco de suceder el primer Día del Nunca Más, fácil de entender en su significado intrínseco simple e inmediato, creemos en la necesidad de estar juntos en un acto y más allá de él, con la sana convicción de afirmarnos como sociedad portadora de justicia social plena que garantice los derechos de las personas ejercidos en libertad, y para que a nadie se le pase por la mente que puede volver a someter a la ciudadanía. Comprendiendo al primer mandatario que se debe a todos y ha impulsado la antes insólita posibilidad de investigar a nivel judicial los ilícitos del gobierno de facto, entre otras cosas permitiendo excavaciones en busca de restos de compatriotas sacrificados por sus ideas y colaborando con un documento escrito que detalla exhaustivamente hechos extraídos de la memoria histórica de un pasado reciente que todavía duele. Comprendiendo y apoyando también a los familiares de desaparecidos o asesinados políticos que aún no encuentran la verdad secuestrada vilmente por la dictadura y sus cómplices.
Coadyuvando, en definitiva, a lograr «el País de Nunca Jamás» del cuento de Peter Pan donde la perversidad no tiene chance, en el que se podía estar siempre mediante la fantasía y la imaginación. El del Prócer José Artigas donde de una buena vez «los más infelices sean los más privilegiados». El de la esperanza recuperada y la ilusión pujante que nos invite a seguir creyendo en lo que somos y en los demás, con respeto, con confianza en las instituciones, en los organismos de Estado y en la gente con la que nos toca moldear la real y nueva democracia. *
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