Las cárceles, una afrenta para todos los uruguayos
Cada poco tiempo, ministro tras ministro, administración tras administración, hay problemas en nuestro querido Uruguay que se reiteran una vez, otra y otra más, en una seguidilla que hace a nuestra idiosincrasia nacional, que tiene como uno de sus ingredientes una casi enfermiza parsimonia.
Hoy no vamos a hablar de la morosidad de la obra del Teatro Solís, cuya culminación parece vivir una parálisis sorprendente, ni la del Sodre, que tiene un nuevo obstáculo, la opinión de alguien que dijo que el estudio auditorio, que hace décadas se está construyendo, competirá con el Solís, lo que «es un absurdo». Y esa opinión ha servido para que se bajara la guardia y el esfuerzo para terminar la obra se enlenteciera.
Claro, cuando Montevideo era mucho más chico, las dos salas funcionaban bien, conviviendo con total éxito, por la especialización distinta de cada una. Por lo demás, si es cuestión de hablar, hay quienes afirman que el actual e intenso «traqueteo» del teatro municipal determinará su rápida decadencia.
¿Será la idiosincrasia de los uruguayos que nos plantea estas contradicciones diarias y negativas? Leemos en la prensa de ayer que la Intendencia de Colonia resolvió reducir el precio de la patente de rodados, temiéndose – ¡otra vez!, que se reinicie otra «guerra», en que la sangre nunca llegó al río.
¿Y qué podemos decir de este drama cíclico, reiterado, brutal, que se reitera cada tiempo en las cárceles del país? El director nacional de Cárceles, Julián Rodríguez, se refería hace algunas horas a la situación explosiva que se vive en el Comcar, que es sólo una muestra, una cárcel ideada para albergar 1.500 reclusos, en donde en estos momentos hay albergados más de 3.000. Y el actual director no fue quien primero lo dijo, pues no hace más que repetir conceptos del anterior.
El tema de las cárceles es endémico, a él se vuelve cada tiempo, cuando se produce un hecho que gana los titulares de la prensa, pero en el interregno, entre estallido y estallido, motín y motín, de hombres a los que se les castiga no sólo con el peso de la Ley, sino retirándoseles de manera implícita el ejercicio de varios derechos humanos que deberían ser de inalienable cumplimiento, nada se hace.
Y viene otro estallido como consecuencia de ese hacinamiento brutal que se registra, en penales a los que ni siquiera se les ha podido organizar servicios médicos adecuados y, menos aun, una fluida provisión de medicamentos, y se hacen declaraciones y cuando la cuerda se tensa mucho, quizás, se consigan levantar algunas celdas nuevas de chapas de acero, que son tan inhóspitas como las de los edificios contiguos.
¿Cuándo será que se destine el suficiente dinero para concretar una obra que es absolutamente necesaria? ¿Se tiene que esperar más tiempo para solucionar la situación de los presos en las cárceles, que es una afrenta para la democracia y, además, violatoria de los derechos humanos?
Un país que crece al ritmo de Uruguay puede destinar parte del dinero fresco que recibe y el que recibirá luego de que comience a funcionar la reforma impositiva a cortar de raíz este drama de miles de hombres y mujeres. *
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