Otro acercamiento a la verdad

Domingo 10 de junio de 2007 | 5:08
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Qué dolor más infinito provoca releer los hechos de nuestra tiranía militar tal como surgen del “libro blanco”, presentado por la Presidencia de la República, sobre ese período atroz de nuestra existencia como país y del pueblo uruguayo.

Una dictadura que fue un poco de todo en su brutal dialéctica represiva. Porque en materia de represión, de trasgresiones a los derechos humanos, se cometieron enormes aberraciones, por supuesto, no de la magnitud de los nazis en Europa, pero ética y moralmente igualada por la cobardía, la inhumanidad y el desprecio por el ser humano puesto de manifiesto por los seguidores de Hitler.

La dictadura uruguaya tuvo mucho de la violencia insana de la Argentina, con el asesinato, la destrucción del ser humano en base a la tortura, a condiciones inhumanas de reclusión, a la persecución, pero también esa locura cobarde que se expresaba en otros regímenes totalitarios, aspectos represivos que en los países vecinos no se verificaron en la misma magnitud.

Lo de los certificados de fe democrática, de dividir la población en tres categorías, es propio de quienes tienen miedo a las ideologías, que es un mal de quienes saben no tener la razón y sólo recurren a la más brutal represión para mantenerse en el poder y cometer desde él todas las tropelías antidemocráticas posibles.

Que todavía haya algunos personajes que durante la dictadura tuvieron relevancia dentro de ese esquema represivo y que hoy quieran reivindicar todo aquel pasado como una lucha contra la subversión, por la patria y la democracia, es un contrasentido tan absurdo como insano, propio de quienes quieren refugiarse en juegos sicológicos para tratar de justificar sus vidas y, especialmente, intentando explicar un pasado imperdonable.

Seguramente que la soberbia le había despertado a muchos afanes mesiánicos, los mismos que luego de abrevar en la Doctrina de la Seguridad Nacional creyeron que habían llegado para quedarse, erigiéndose en una clase dirigente que estuviera por encima de los partidos políticos y las organizaciones sociales. Creyeron que el pueblo uruguayo había sido sometido, en base a la violencia y las acciones tiránicas, a vivir dentro de un acotado margen en donde desaparecerían para siempre los caminos de las expresiones populares y democráticas.

¡Qué equivocado estaban! Nunca se imaginaron que su mundo despótico se derrumbaría, porque el pueblo –más allá de su características particulares– se expresa naturalmente en democracia, que es el régimen que quiere y defiende, pese a su imperfección, para edificar el país dentro del juego de libertades.

Cuando, luego del plebiscito del 80, le llegó la noche al partido militar, utilizó las últimas cuotas de poder que le quedaban para negociar una norma que estableciera la impunidad para todos los transgresores y los violadores de los derechos humanos, que posteriormente se llamó Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado. Debemos decirlo también: el pueblo uruguayo, cansado de tanta violencia, de la bota militar que había ahogado las libertades por más de una década, optó en aquella oportunidad por lo que entendió era el camino de la pacificación, ratificando la ley en un plebiscito llamado oportunamente.

Sin embargo, cuando existen víctimas y victimarios, transgresiones tan graves a las libertades, muertos, desaparecidos, torturados, exiliados, presos, no alcanza sólo la buena voluntad expresada en una ley. Menos aun cuando la norma que mencionamos tiene un mecanismo de aplicación que fue utilizado con escandalosa parcialidad por el Poder Ejecutivo, que, en casi todos los casos, evitó la investigación profunda de los más aberrantes casos. El camino ideado para lograr una definitiva pacificación y que todos, víctimas y victimarios, se abracen en la plaza pública para soñar con un país mejor, estaba bloqueado a poco de nacer.

Las víctimas o sus familiares necesitan de la verdad, ese elemento tan esquivo y difícil de atrapar, al que se llega por acercamientos sucesivos, sin saberse nunca si no quedan más elementos para completar el panorama.

Con la verdad, insolublemente, llega la justicia. Son elementos que están firmemente ligados y que dependen el uno del otro.

El llamado “libro blanco” es otro de esos importantes acercamientos sucesivos a la verdad. Un trabajo histórico enjundioso, con testimonios muy importantes, un compendio en miles de páginas del dolor que vivimos los uruguayos. *

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