Datos auspiciosos
T odos los medios de prensa, con mayor o menor destaque, informaron el viernes pasado de los resultados que arrojó el último estudio del Instituto de Estadística.
Las cifras son realmente impactantes, y los voceros de la derecha no tuvieron más remedio que reconocer el avance que significan en el plano del desarrollo social del país.
En dos años hubo una disminución nada despreciable de la pobreza y de la indigencia, al tiempo que la tasa de empleo se situó en 56 por ciento; el desempleo, por su parte, bajó a 9,7% (la más baja desde 1998), y por fin, el salario real registró una recuperación de entre 14 y 15 por ciento.
Lo interesante a resaltar de todos estos guarismos es que la mejora en las condiciones de vida de la población se deben a varios factores combinados.
Por un lado, el éxito de las políticas sociales diseñadas desde el Mides: plan de Emergencia y su evolución hacia el plan de Equidad. Incuestionablemente, esa ayuda a los más carenciados, a los sectores de la sociedad más castigados por el modelo y sus crisis y que requerían por tanto una solución urgente, tuvo y está teniendo sus efectos en la reducción de la indigencia.
Por otro lado, la apuesta al país productivo, lanzada precisamente hace un año, también tiene mucho que ver con la mejora de los índices de pobreza e indigencia. Se han creado fuentes de trabajo, se han recuperado actividades industriales, se han reciclado empresas.
Y en lo que tiene que ver con la recuperación del salario real, no debemos olvidar la innegable incidencia que ha tenido en ello la instalación de los Consejos de Salarios, instancia de negociación colectiva que redignificó al asalariado.
Hace un año, escribimos en esta página:
«La expresión ‘país productivo’ no es nueva. Fue acuñada por las fuerzas progresistas como réplica y como alternativa al modelo de país impulsado por la oligarquía financiera, puesto en marcha por la dictadura cívico-militar y mantenido como ideal de desarrollo por los gobiernos que sucedieron al régimen de facto. El discurso de la derecha vernácula se centraba en la idea de que el destino natural del Uruguay era convertirse en un país de servicios, una plaza financiera y un paraíso fiscal; en definitiva, una republiqueta bananera.
Con esa premisa, se abrieron los mercados de manera indiscriminada y se decretaron exoneraciones impositivas tentadoras para la llegada de capitales golondrina. Ello condujo inevitablemente a lo que se dio en llamar el ‘desmantelamiento del aparato productivo’, del cual son mudos pero elocuentísimos testimonios las instalaciones fabriles desafectadas, abandonadas, ruinosas, símbolos de un pasado no muy lejano de un país que apostaba al desarrollo de su sector secundario.
El modelo caro a la derecha conducía al país de manera ineluctable a mantenerse como exportador de materias primas y lo condenaba a vegetar en el subdesarrollo.
Contra esta concepción, la izquierda –y los sectores progresistas de los partidos tradicionales– levantaron la bandera del país productivo».
En un año, los efectos de esa apuesta al país productivo empiezan a verse. Huelga decir que aún falta mucho por hacer y recordar que el gobierno no se ha propuesto como meta inmediata la construcción del socialismo. Eso lo sabemos todos y deberían saberlo los que reclaman medidas imposibles o pasos demasiado arriesgados. Y deberían advertir que aun manteniendo un modo de producción capitalista, es posible lograr mejoras sustanciales en la redistribución del ingreso y en las condiciones de vida de los trabajadores. *
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