La violencia que no cesa

Cuando todavía está presente el recuerdo del crimen de un hincha de Cerro a manos de una patota de parciales de Peñarol, la demencia agresiva reapareció el sábado de noche al término de un partido de basquetbol.

No vamos a reiterar los hechos, ya suficientemente divulgados por toda la prensa, pero sí nos proponemos efectuar algunas consideraciones al respecto.

En primer lugar, la agresión sufrida por varios jugadores de Bohemios ­y particularmente por uno de ellos que actualmente está hospitalizado­ demuestra una vez más que hay un lado oscuro del alma humana dispuesto a aflorar y manifestarse bajo el efecto de alguna circunstancia fortuita. No son necesarios ni el alcohol ni otras drogas duras para que un individuo, de vida aparentemente normal, se obnubile de tal modo que pueda llegar a no tener límites en su accionar violento. Basta una pequeña contrariedad ­como puede ser la derrota del club de sus amores­ para que ese sentimiento agresivo surja incontenible y se exprese de la forma que sea. Desde luego que la seguridad que otorga la pertenencia a un grupo que circunstancialmente comparte ideales y objetivos es un factor que coadyuva de manera determinante a exaltar los ánimos; entre otras cosas, porque el tímido o cobarde, que sería incapaz de protagonizar un combate singular, se envalentona al saberse rodeado de sus pares y en cierto modo protegido por ellos. En un círculo perverso, los instintos agresivos se retroalimentan, desplazan todo freno civilizado y se manifiestan brutalmente.

Por otra parte, bueno es tener presente que el espíritu de la patota no necesita motivos válidos para desencadenar su comportamiento violento, que se manifiesta porque sí, sin razón, sin lógica, por capricho. Es, en definitiva, el mismo mecanismo patológicamente sádico que exhiben los represores en general y los torturadores en particular. Bueno es recordar cómo oficiales, centinelas y soldados se ensañaban con los detenidos y los sometían a las peores torturas aun mucho después de haber sido procesados y sin que mediara ni siquiera el «motivo» de obtener información.

Pero más allá de todas estas consideraciones, el incremento de los comportamientos violentos en los espectáculos deportivos tiene que ver con una sociedad enferma, una sociedad egoísta, insolidaria, individualista, competitiva y alienante. La sociedad uruguaya, que supo ser «bárbara» según el concepto de Barrán pero que llegó a ser, a mediados del siglo pasado, una comunidad civilizada, se ha transformado y corre el peligro de asimilarse, globalización mediante, a los patrones mundiales.

Desde luego que es preciso disponer medidas de prevención en todos los espectáculos deportivos y redoblar la vigilancia a la salida de los mismos aumentando la presencia policial con fines disuasorios y, llegado el caso, represivos. Pero paralelamente, el país debe discutir a fondo, con la participación de especialistas (docentes, psicólogos, sociólogos, etcétera), las razones de esa violencia desmadrada y los medios idóneos para combatirla y desestimularla.

Es una tarea difícil en el mundo globalizado de hoy, en el que los modelos nos son impuestos desde los centros de poder, pero tenemos la obligación de intentarlo. *

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