Una larga marcha hacia la verdad y la justicia

C omo viene ocurriendo desde hace ya unos cuantos años, cada 20 de mayo –fecha especialmente dolorosa y emblemática– quienes no nos hemos resignado ni hemos bajado los brazos en el reclamo de verdad y justicia caminamos en silencio exigiendo saber qué pasó, dónde están los patriotas desaparecidos y poner fin a la impunidad facilitando la acción del sistema judicial.

Las marchas de cada 20 de mayo simbolizan de alguna manera la larga marcha del pueblo uruguayo hacia la verdad y la justicia. Una marcha que se inició antes aun del retorno a la normalidad institucional, que se profundizó al asumir el primer gobierno democrático en 1985 y que se vio entorpecida por la malhadada «solución uruguaya» pactada entre gallos y medianoche por los partidos tradicionales con el pretexto –o bajo la amenaza– de un nuevo quiebre institucional. La Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado fue una salida vergonzosa. Fue un oprobio que aún nos agobia, una solución que no resolvió nada y que mostró una clase gobernante pusilánime, complaciente y, de alguna manera, cómplice del terrorismo de Estado.

Consagró la impunidad para los responsables de las peores atrocidades cometidas contra militantes por la libertad y la democracia. Esos patriotas torturados, vejados, asesinados y desaparecidos no habían cometido delito alguno; sólo habían cumplido con un mandato que viene nada menos que del Himno: en una parte del texto de Acuña de Figueroa, una parte que no suele cantarse y que la mayoría desconoce, se dice claramente «Si enemigos, la lanza de Marte; si tiranos, de Bruto el puñal». Esto no es sino la legitimación de la lucha contra cualquier dictadura, es decir que todo oriental que se rebele y apele a las armas para combatir a un tirano estará cumpliendo con una consigna ética y patriótica.

De nada vale argüir, pues, que las fuerzas represivas actuaban contra enemigos de la Patria que pretendían destruir nuestros valores y toda la cantinela de mentiras con que pretendieron engañar a la opinión pública. No, la tortura y el asesinato fueron aplicados contra todo oriental que hubiera osado oponerse al régimen brutal instaurado a partir del golpe de Estado de junio de 1973. Líderes sindicales y dirigentes y militantes políticos padecieron los horrores de una represión despiadada que exhibió una saña y una crueldad pocas veces vistas.

De modo, pues, que todo intento de equiparar a los mártires antidictatoriales con sus victimarios es repugnante y debe ser rechazado de plano. No hubo dos demonios sino uno solo, perfectamente individualizado. Y es ese demonio el que debe proceder a un acto de contrición, reconocer las atrocidades cometidas, habilitar que aquellos de sus integrantes que avasallaron los derechos humanos de los opositores sean juzgados (con las garantías que ellos no otorgaron) y, finalmente, pedir perdón.

Cada 20 de mayo, desde estas páginas, hemos expresado nuestra esperanza de que la marcha del silencio que tenía lugar entonces fuera la última, esto es, que el siguiente 20 de mayo no fuera necesario realizar la marcha habitual porque los reclamos se habían cumplido. Lamentablemente, ello todavía no ocurrió. Sin embargo, ha habido avances sustanciales a partir de la decisión del doctor Batlle de instalar la Comisión para la Paz, pero fundamentalmente, desde que asumió el gobierno actual, que dio un giro decisivo a la política gubernamental en materia de investigación y esclarecimiento de los delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura y, además, en cuanto a la interpretación de la ley de impunidad.

El círculo parece cerrarse. A pesar de la reticencia de la mayoría de los jerarcas castrenses vinculados con el terrorismo de estado, a pesar del silencio cómplice y de los datos falsos, la impunidad se ha resquebrajado irremediablemente, y por entre las rendijas abiertas la justicia se abre paso. Cierto es que las aspiraciones de familiares de las víctimas y de las organizaciones sociales y políticas en cuanto a llegar a la verdad y al juzgamiento de los criminales, no están colmadas. Pero luego de tantos años de silencio y de obstáculos puestos por los gobiernos anteriores, lo que está logrando el gobierno actual es un paso gigante en la larga marcha hacia la verdad y la justicia. *

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