Las pruebas de la infamia
Una imagen por mil palabras, una cifra por mil adjetivos calificativos. La «lógica de los hechos», como gustaban decir los militares del proceso, está dada por los números y no por los discursos ideológicos que los parieron.
La impunidad disparó la sinceridad de nuestros intelectuales liberales, al punto de sostener, bajo firma, aquello de que «determinados cambios no pueden hacerse en democracia». Profundas razones económicas justificaban el militarismo. Por aquello de que «el fin justifica los medios».
En medio del hambre general, nuestros economistas no dejaban de hablar del «crecimiento de la torta», que en cuanto ésta creciera todos seríamos convidados.
Otros, algo entonados por «la plata dulce», hablaban del «efecto derrame», es decir que al desbordarse las copas de los ricos, el pueblo podría lamer los manteles.
Ya para 1930, Argentina, cuyos dirigentes se consideraban «parte virtual del Imperio Británico», había llegado a sus límites de crecimiento, 12 millones de habitantes y menos de 48 millones de vacunos. Para los teóricos del desarrollo hacia afuera, no se podía superar la relación de un habitante cada cuatro novillos. De ahí en adelante la reducción del consumo interno, que oscilaba en un cincuenta por ciento de las disponibilidades cárnicas, debía ser forzada.
Y para eso están los militares coloniales.
El Uruguay tardará dos décadas, el límite fatal de un habitante cada cuatro novillos se alcanzará en los cincuenta. Hasta los años cuarenta, el Uruguay podía mantener sus niveles de vida exportando entre el 48 y el 51% de sus carnes. Pero esto ya no era así en los años cincuenta, entre otras cosas porque los precios internacionales comenzaron a bajar a fines de la década del cincuenta. Los términos de intercambio, tomando el año 1961 = 100 bajaron en 1957 a 71, repuntaron en 1958 a 82 para clavarse en 60 a partir de 1958.
Quiere decir que se necesitaba casi el doble de exportaciones para importar lo mismo. Por lo tanto había que exportar más reduciendo el mercado interno… y esto no puede hacerse por las buenas. Por eso a partir de 1958 el país ingresa en la pendiente de la violencia política y social.
Uno de los instrumentos utilizados para disminuir el poder de compra de las mayorías fue la reducción salarial mediante la inflación. Pero como la inflación operaba lentamente, se impusieron vedas compulsivas al consumo cárnico de la población para aumentar los saldos exportables.
Hoy ya no son necesarias las vedas, la miseria salarial, «las leyes del mercado» se encargan de dosificar la carne en la mesa familiar.
El salario real, tomando el año 1957 = 100 llega a 73 en el año 1968. Año en que, no por casualidad, está signado por la violencia política encarnada en el pachequismo. La pendiente sigue en relación inversamente proporcional a la violencia política creciente: en 1973 los asalariados ganaban el 69%.
Para el año 1978 estaban en el 49%. ¡Y, para el final de la dictadura, habían logrado reducir el salario al 35% de lo que era en 1957!
La emigración descomprime las tensiones sociales. Entre 1963 y 1975 el Uruguay perdió el 7.2% de su población. El 18% de los comprendidos entre 20 y 29 años. El 12% de la población de Montevideo que perdió el 31.5% de los comprendidos entre 20 y 29 años.
En el período 1975/1985 el Uruguay perdió otro 12% de su población total.
La reducción planificada de los niveles de vida, consumo de carne llevado de 140K anuales per cápita en 1950, a 35 en el año 2002 .
En 1926, para una población de 1.500.000, la industria vitivinícola plantaba 10.000 hás de vid, ocupando a 3.000 personas, produciendo para el mercado interno 30 millones de litros anuales de vino.
El área agrícola sembrada, principalmente de cereales, alcanzaba las 900.000 hás, el 4.5% del territorio nacional. Al final del proceso de destrucción nacional, ley forestal mediante, hoy contamos con esa misma superficie cubierta por eucaliptos. Pero, los treinta millones de litros de vino han sido puestos fuera del alcance de los uruguayos de hoy.
Con políticas económicas al servicio de la reducida oligarquía mercantil del puerto, «la torta» a repartir es cada vez mas pequeña. Porque la usura interna alienta los consumos improductivos de artículos importados, origen de nuestros crónicos déficit en la balanza de pagos al exterior. El país entero vive en un estado de servidumbre, agobiado por el endeudamiento interno y externo.
Como Alemania, hemos ganado algunas batallas y perdido todas las guerras.
No heroicamente, sino en la cabeza de nuestras clases dirigentes, vencidas por las demagogia liberal. A diferencia de los dirigentes vencidos por las armas, que solo pueden elegir entre el suicidio y el patíbulo, éstos apuestan que la amnesia pública los redima de sus felonías.
Las pruebas de la infamia no están en maleta alguna, bastan las cifras que trae el «Manual de Historia del Uruguay», del profesor Nahum, que han inspirado estas líneas. *
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