Opinión valiosa sobre la despenalización del aborto

E n momentos en que asoma la posibilidad de volver a debatir el espinoso asunto de la despenalización del aborto, la publicación en la revista mexicana Proceso de la postura del sacerdote jesuita Juan Lafarga al respecto viene a arrojar una muy necesaria luz de racionalidad en el debate.

El texto de Lafarga ­que se reproduce in tótum en la entrega de la República de las Mujeres­ resume las conclusiones del sacerdote respecto del delicado tema y aporta, como queda dicho al comienzo, un punto de vista original y sensato que echa por tierra ciertas premisas ofrecidas como axiomas por aquellos que se oponen a la despenalización del aborto.

El planteo de Lafarga ­quien aclara que su postura no refleja la de su congregación ni menos la de la Iglesia Católica­ apunta a ubicar el tema en su dimensión real. En primer lugar, queda claro que la ley de salud reproductiva en discusión prevé la despenalización del aborto en determinadas circunstancias y condiciones, pero en modo alguno implica la aprobación de dicha práctica ni mucho menos la promueve. Esta sutil ­o no tan sutil en definitiva­ distinción resulta clave para echar por tierra la absurda y falaz argumentación de quienes se oponen al proyecto aduciendo que con la norma propuesta se estaría estimulando la práctica del aborto. Hemos oído hasta el hartazgo sostener que con la aprobación de la ley se promovería el aborto con catastróficas y casi apocalípticas consecuencias en la sociedad; desde luego que estas mismas voces nada dicen de las trágicas consecuencias que trae aparejadas el aborto practicado en pésimas condiciones de higiene y sin control de profesionales ni de autoridades sanitarias. Como bien apunta Lafarga, lo único que cambia con el proyecto de ley de salud reproductiva es que quienes decidan practicarse un aborto antes de las doce semanas de embarazo no recibirán castigo alguno. De lo que se trata es de dejar librado a la conciencia y a la responsabilidad de cada uno asumir las consecuencias psicológicas de su decisión de interrumpir el embarazo.

Vale la pena transcribir un párrafo de la lúcida reflexión de Lafarga:

«La nueva ley deja a la conciencia y a la responsabilidad de todos y de cada uno opinar y actuar según los criterios propios. La ley no invita y menos aun obliga a nadie a actuar en contra de su propia conciencia. Quien opine que cualquier aborto es ilegal o ilícito y aun criminal está en su derecho. Y el que lo practica está en su derecho también. (El proyecto de ley) contempla sí acabar con la corrupción de quienes están sacando ventaja de la clandestinidad del acto y proteger la vida de cientos de mujeres que, penalizado o no, practicarán el aborto». En estos breves enunciados queda claramente expuesto el espíritu que anima a quienes están a favor de despenalizar el aborto, al tiempo que se desnuda la falacia del planteo maniqueo de quienes se oponen al proyecto planteando la falsa disyuntiva de estar a favor de la vida o a favor de la libre decisión.

Queda claro, también, que la penalización del aborto que rige en nuestro país desde hace setenta años no ha operado el supuesto efecto disuasorio que tendría la perspectiva de ir a parar a la cárcel en caso de practicarse un aborto. El único efecto que ha tenido la prohibición ha sido que se lleven a la práctica abortos sin control médico, clandestinamente; y ello, a su vez, ha tenido como consecuencia el enriquecimiento ilegítimo de algunos y el alarmante número de muertes causadas por abortos practicados en malas condiciones sanitarias. Por otra parte, la experiencia de aquellos países donde el aborto ha sido despenalizado indica que dicha despenalización no ha tenido como consecuencia el tan anunciado incremento del aborto, al tiempo que ha disminuido considerablemente el número de mujeres muertas por condiciones insalubres en el parto, sin contar con que se ha dado un duro golpe a la corrupción de médicos y enfermeras que se enriquecían cuando el aborto estaba penalizado.

Y finalmente, vale la pena oír la opinión de Lafarga, que es, además de sacerdote, psicólogo clínico, a propósito de un argumento esgrimido como razón científica concluyente por quienes se oponen a la despenalización del aborto; nos referimos a la tesis según la cual la vida comienza no bien el óvulo es fecundado por un espermatozoide. Pues bien, Lafarga es claro y contundente al respecto: «El debate sobre el momento en que empieza la vida propiamente humana lleva dos mil quinientos años. Lo único claro es que ni filósofos, ni teólogos, ni biólogos, ni médicos, ni antropólogos u otros especialistas se han podido poner de acuerdo».

Es un aporte de incalculable valor cuando el debate vuelve a plantearse. *

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