Para resolver la coyuntura hay que quebrar el subdesarrollo

La solidaridad es una virtud de los pueblos que muestra con detenimiento los lazos que hacen posible los valores de un sistema democrático y la profundidad de los valores de todo orden que fueron adquiridos en el marco de esta sociedad. La mayoría de los uruguayos hemos sido solidarios en muchas ocasiones, especialmente cuando la adversidad se ha abatido sobre nuestros compatriotas o, durante la dictadura, cuando un perseguido necesitaba de refugio momentáneo, o con el aporte para poder sobreponerse a la agresión del régimen, en una actitud que cortó transversalmente a los sectores políticos, porque hubo gente solidaria blanca, colorada, frenteamplista, democristiana, etc., y de todos los grupos religiosos y confesionales, muchas veces dejando de lado el discurso de dirigentes de esos mismos sectores que, en más de una ocasión, no predicaron con el ejemplo solidario de apoyar a los más desvalidos.

Ahora el país y sus habitantes nos enfrentamos a una nueva prueba de fuego por la que debemos revalidar lo hecho en diversas ocasiones en el pasado, porque lo ocurrido con estas casi nueve mil personas de los departamentos de Treinta y Tres, Soriano y Durazno, casi todas provenientes de sectores humildes y de trabajo, que han perdido sus pertenencias por las nuevas inundaciones producto de las inclemencias del tiempo y, por supuesto, del subdesarrollo en que está inmerso el país que no tuvo nunca en cuenta que en alguna ocasión podría repetirse la catástrofe de 1959 que determinó que prácticamente casi toda la ciudad de Paso de los Toros quedara bajo las aguas. Recordemos que en aquella oportunidad toda la ciudad fue evacuada, ya que peligraba la represa de Rincón del Bonete, temiéndose una catástrofe de enormes proporciones.

Pero después de aquel golpe brutal, de aquella muestra de solidaridad, que trajo al país el aporte también de pueblos de distintos confines, en 48 años no se canalizaron arroyos, ni se eliminaron los barrios construidos en las zonas inundables, ni se buscaron salidas adecuadas para el agua, ni técnicos de hidrografía estudiaron posibles situaciones como las que ahora están ocurriendo. Medidas, algunas de ellas que, obviamente, también podrían haber servido, como decía una personalidad técnica vinculada a la producción de energía, para crear pequeñas represas hidroeléctricas.

En tantos años nada se hizo, y cuando llovió más de la media habitual, en una región en donde la inestabilidad es la característica preponderante, ocurre el drama que hoy viven todos estos compatriotas que pierden sus pertenencias, ven anegadas y prácticamente destruidas sus viviendas y dependen, por supuesto, de la solidaridad que entre todos, codo con codo, les brindemos, apuntalados también por las medidas que está adoptando el gobierno que se viene movilizando con evidente preocupación ante la contingencia. Sin embargo, si queremos tener un país con mayúscula, de esta nueva contingencia debemos extraer enseñanzas y de inmediato ponernos a caminar para que los uruguayos dejemos de ser víctimas de la naturaleza. Que en el siglo XXI, en un país pretendidamente moderno, todavía ocurran estas cosas, es una rémora del pasado que no podemos permitir porque, obviamente, es otra de las marcas indelebles del subdesarrollo. Y ello se expresa no sólo en el drama humano sino también en las pérdidas materiales que serán cuantificadas, seguramente, en millones de dólares.

Si este país, que lleva cuatro años de importante crecimiento en el marco de una coyuntura internacional que, según la opinión de los entendidos, se mantendrá por lo menos un decenio más, no sabe cómo quebrar el espinazo de ese subdesarrollo, debemos poner en tela de juicio muchas cosas fundamentales. Es importante que se comiencen a dar pasos positivos para dejar atrás rémoras que sólo son posibles en sociedades en continua crisis que no han sabido escapar, en los períodos de holgura, como es el presente, de sus características más mediocres. Y una de ellas es que en el país, en importantes ciudades, todavía haya barrios construidos en zonas inundables y que cuando se producen lluvias fuera de las normales vivamos situaciones de desastre nacional. Que también los sistemas de agua potable se vean afectados, como ha ocurrido en Durazno, es realmente inadmisible.

La solidaridad de la gente la descontamos. Ya sindicatos y organizaciones sociales de distinto tipo están recolectando elementos para enviarles a los damnificados. Pero, obviamente, la responsabilidad mayor está en el gobierno y la misma no está en resolver lo mejor posible la coyuntura.

Esperemos que el Ministerio de Vivienda y Medio Ambiente, y el de Transporte y Obras Públicas, que están obligados a trabajar en la modernización del país y en el bienestar de su gente, ya estén tomando cartas en el asunto.

Esperemos que el buen tiempo no comience a hacer olvidar lo que hoy está ocurriendo. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje