Hacia la integración regional

El día de ayer, 7 de mayo de 2007, será recordado como el del puntapié inicial hacia la integración política del bloque regional Mercosur.

Bien cierto es que este bloque surgió como un intento de unión aduanera entre los países signatarios con el propósito de profundizar y agilizar los lazos comerciales entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Cierto es, también, que a más de un decenio de su constitución, el bloque regional no ha logrado la tan ansiada integración. Disputas menores, intereses mezquinos, prevalencia del punto de vista de los más poderosos, excepciones coyunturales, incumplimiento de acuerdos, todo eso ha conspirado contra los buenos propósitos que animaron a las cuatro naciones al firmar el compromiso.

No obstante, bueno es reconocer que el Mercosur viene perfilándose –más allá de las disidencias y dificultades inocultables– como un instrumento político. La incorporación de Venezuela como miembro pleno (que aún no se ha concretado pues falta la aprobación de los parlamentos brasileño y paraguayo), el acercamiento con Bolivia y la postura común contraria al ALCA, entre otros elementos, muestran un bloque regional en el que destacan aspectos políticos por encima de cuestiones económicas.

El Mercosur viene así a constituir el embrión de la tan ansiada y tan postergada unión latinoamericana (o al menos sudamericana) que soñaron los próceres de la independencia, prontamente traicionados por los intereses bastardos de los imperios de turno y las oligarquías criollas aliadas. Y el Parlamento del Mercosur apunta precisamente a encaminarse hacia una integración política más profunda. Sin embargo, pasará mucho tiempo antes de que esa herramienta política tenga el peso que debe tener todo organismo regional. Estamos apenas dando los primeros pasos en ese sentido, y por tanto, las atribuciones del recientemente instalado Parlamento del Mercosur son lo suficientemente vagas y acotadas como para no acelerar procesos ni quemar etapas. En esta primera época será un organismo casi exclusivamente testimonial.

En razón de ello, no creemos, como sí lo han manifestado algunos dirigentes conservadores, que el Parlamento del Mercosur vulnere en modo alguno nuestra soberanía. Ese órgano deliberativo no tendrá incidencia directa en nuestras leyes ni en nuestro gobierno pues sólo se limitará a defender ciertos valores indiscutibles como la democracia, la libertad, la paz y a promover el desarrollo sustentable, la justicia social y el respeto a la diversidad cultural. Será, pues, un ámbito apropiado para estimular al proceso de integración de estos países, pero en modo alguno puede vérselo como una amenaza a nuestra independencia o a nuestra soberanía.

No están en juego nuestra identidad cultural ni nuestras tradiciones ni nuestra Constitución ni nuestras leyes. Seguiremos siendo un país independiente pero sin olvidar el legado artiguista de la integración no sólo económica sino también política. *

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