El combate a las drogas
E l viernes pasado, el grupo conocido como Madres de la Plaza –una organización constituida el año pasado y que nuclea a familiares de jóvenes drogadictos– presentó un proyecto de rehabilitación de los adictos a la pasta base.
La plausible iniciativa intenta ser una respuesta a una dolorosa realidad en la que el consumo de drogas –y sobre todo el consumo de la versión «popular» de la cocaína, la pasta base– adquiere un protagonismo aterrador y está detrás de muchos hechos delictivos. Es que la adicción, la drogodependencia es tan fuerte, que quien se halla atrapado en esa esclavitud no repara en medios para obtener la sustancia que ha de calmarlo durante unos minutos. Es así que el adicto pierde todo parámetro moral o punto de referencia con tal de hacerse de la dosis necesaria; robos, arrebatos, rapiñas, son moneda corriente, y se llega incluso al extremo de vender muebles, electrodomésticos y hasta partes de una vivienda (hojas de ventanas y puertas) amén de otras pertenencias familiares para obtener recursos con que satisfacer las necesidades de droga.
Son innumerables los dramas familiares que se viven a diario, cada vez con mayor frecuencia, y fundamentalmente en los sectores sociales más vulnerables. Esta última acotación es de suma importancia, ya que estamos en presencia de un producto de bajísima calidad que, además de los trastornos que implica la adicción a toda sustancia psicoactiva trae aparejado un daño adicional por su alta toxicidad debida al hecho de ser el residuo de la elaboración de cocaína refinada. Su precio es notoriamente menor que el de otras drogas y por ello el mercado consumidor está conformado en un altísimo porcentaje por jóvenes y adultos de clase baja.
Toda esta realidad dramática debería obligarnos a reflexionar acerca de por qué los jóvenes (y cada vez más los niños) ingresan a ese mundo del que después no pueden salir. Entendemos que la lucha contra la droga debe darse en varios frentes a la vez: una acción policial –preventiva y represiva– en coordinación con Aduanas; la implementación de centros de rehabilitación para los adictos que abarquen los aspectos médicos pero también el seguimiento de los adictos recuperados por parte de asistentes sociales; y, finalmente, indagar en las causas que están detrás de las adicciones; es decir, por qué todos esos muchachos necesitan evadirse de la realidad y refugiarse en los paraísos artificiales.
Esto que decimos vale para las llamadas drogas «duras», que causan estragos psíquicos y fisiológicos. Sin embargo, hay una falsa percepción generalizada en la mentalidad media de la sociedad que tiende a incluir entre las sustancias tóxicas peligrosas a la marihuana. Justamente el sábado pasado tuvo lugar en Montevideo una jornada de adhesión al Día Mundial por la Legalización de la Marihuana. Entienden sus organizadores –no sin una buena dosis de razón– que la legislación vigente en materia de drogas y su comercialización estigmatiza y criminaliza al usuario. Lo que pretenden los consumidores de marihuana es despenalizar el comercio del cannabis (su consumo no está penado aunque sí mal visto) así como habilitar el cultivo de la planta; sería una manera de acotar el tráfico mafioso.
En definitiva, el consumo de cannabis no genera adicción ni tiene los efectos temibles de otras sustancias psicoactivas que terminan por degradar psíquica y socialmente al adicto, y por destruirlo físicamente.
En razón de todo esto, entendemos que buena cosa sería empezar a discriminar correctamente las sustancias de modo de saber hacia dónde hay que apuntar cuando se habla del combate a las drogas y no meter todo en un mismo saco. *
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