Escrito por: MARIO DE SOUZA - Analista
“Se disfraza ahora el inconsiderado sentimiento tradicional de que, a veces, ni los más ilustrados se dan cuenta clara, con la careta de programas cada vez más liberales, que ambos partidos promulgan a porfía, pero no existen tales vínculos de ideas entre los partidistas: la fuerza que los une, lo hemos visto, es el conjunto recuerdo de otros tiempos calamitosos, y ellos mismos lo confiesan al proclamarse tradicionales”.
Así se expresaba José Batlle y Ordóñez en su diario El Día de 12/12/1889. Es que para ese entonces ya “los vencidos habían asumido la ideología de sus vencedores”, resignados a formar parte del Imperio Británico. Un puerto integrado definitivamente al circuito económico de la libra esterlina. Nuestro Estado republicano estaba resumido en la expresión del Presidente Julio Herrera y Obes, en 1894, se definió como:” Gerente de una estancia cuyo directorio está en Londres”. Efectivamente, los “doctores” del Club Liberal (colorados) y del Club Nacional (blancos), eran hijos de la misma universidad, participaban de la ideología victoriana impuesta en el último cuarto del siglo XIX. El bipartidismo que adviene en el siglo XX se consolida definitivamente luego del alzamiento civil de 1910.
Plasmado en la segunda Constitución de 1917, será el mal llamado “Uruguay batllista”, obra de los doctores de este puerto factoría tributaria de Inglaterra. La coparticipación de los partidos en el aparato del Estado, a partir del ingreso al cogobierno de las minorías en el Consejo de Administración, y luego en todo el resto del aparato del Estado, en los directorios de las nuevas empresas públicas, transformó al Estado en el instrumento de los partidos para la disputa por el poder. Corrompieron al ciudadano, convirtiéndolo en prostituto cívico, obligado a mendigar empleos en el comité. Un empleo generaba, de por sí, una veintena de votos cautivos durante varias generaciones… Aún luego de 1958, los caudillejos del interior retenían las credenciales a los jubilados. Los extorsionaban, si no mantenían la fidelidad partidaria les hacían creer que podían perder su jubilación.
Dado que en los pequeños pueblos del interior el voto es casi cantado, los comités podían “pasar revista” luego del comicio y pedir explicaciones… Los blancos liberales, en el poder en 1959, con la “carta de intención” firmada por Azini, dieron a la oligarquía vacuna respaldo externo para desmantelar el desarrollo logrado tras setenta años de proteccionismo industrial.
Esos astados liberales culpaban de todos los males al “Estado batllista”, olvidando su cuota de responsabilidad tras cuarenta y un años de cogobierno institucionalizado (1917-1958).
De sucesivas repartijas ,”pacto del chichulín”, “mal tercio”, el “3 y 2″. Aun en medio del proceso militar, los colorados y los estigmatizados por Wilson, como “blancos baratos”, compartieron responsabilidades de gobierno con los militares, siendo ellos los que avalaron muchos ingresos de parientes, amigos y “barras de apoyo”, al aparato del Estado. La empresa privada, nacional o extranjera, también pagaba con empleos en cuotas políticas los favores recibidos. El bufete era el nexo entre las empresas y las facciones políticas.
Los liberales, siguiendo las recetas foráneas, resuelven abrir importaciones y subsidiar la moneda extranjera para arruinar el trabajo nacional, dejando al pueblo en condición de mendigo a la puerta del comité primero y del cuartel después.
Los doctores, en pose de aristócratas coloniales, se liberaron de una industria que “dilapidaba” las divisas generadas por las exportaciones en insumos y, lo que es peor, permitía a la “chusma ” comerse la preciada carne. Todos se proclaman liberales, desde Mujica a Astori.
Y una prueba de ello es que en lo que llaman “macroeconomía”, o sea el corsé monetarista impuesto desde fuera, es lo único que no objetan los “rosados” de la gestión de gobierno.
Se da la paradoja de que los “últraliberales”, encastillados principalmente en el lacallismo, comparten la macroeconomía vigente, pero la consideran inconciliable con los planteos de país productivo y menos con el asistencialismo del gobierno.
Los neobatllistas, hoy un cuarto de la vieja coalición rosa, sólo añoran la manija de la máquina de extorsión política, fuente de su poder, pero en lo económico se ven identificados con los liberales del gobierno.
La coalición de gobierno nace en “los tiempos calamitosos” que acompañaron a la nueva hegemonía mundial de posguerra.
Consolidándose como partido tradicional tras la decantación histórica de su martirologio. Todos son liberales, lo único que hace la diferencia es “el conjunto recuerdo de otros tiempos calamitosos”, de la génesis de este nuevo bipartidismo del siglo XXI. Tal vez las coaliciones liberales sean el espacio de máxima tolerancia posible, en un imperio mundial que busca legitimar formalmente su dominación. *
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