El silencio de Sanguinetti

Carta abierta a Juan Gelman

Mi muy queridísimo amigo:

En conversaciones personales y telefónicas y también en diversas publicaciones, tú y muchos otros amigos de diversas partes del mundo se preguntan y me preguntan «¿Por qué Sanguinetti guarda silencio?».

Lo inexplicable radica en un sofisma.

El mal arranque del silogismo, su principio, es: «Sanguinetti es un demócrata, liberal, tolerante, que nada tuvo que ver con la dictadura ni con los militares, y que, en el peor de los casos que se le pudieran adjudicar, fue un «indiferente» ante las cosas que por estos lares fueron perpetradas». Por lo tanto resulta «inexplicable» su tozuda y cara defensa del silencio en torno a ciertos temas.

Ahí, en esa «base» de todo el razonamiento, reposa vuestro grave error que, en términos de lógica formal, pueden catalogarse como «sofisma por petición de principio»: se pide aceptar como principio del silogismo, una crasa falsedad. Por lo tanto, lo demás resultará falso.

Sanguinetti ha tenido la «virtud», que debemos reconocerle», de «vender» nacional e internacionalmente, una «imagen» que, valga la redundancia, es falsa.

Lo pudo hacer emboscado en el olvido y en las versiones que sobre el pasado ha brindado, para el consumo descuidado, la «historia oficial» de la que, por otra parte, él ha sido adalid.

Tú debes saber, querido amigo, que el señor Julio María Sanguinetti, actual Presidente de la República Oriental del Uruguay, estuvo, y está, junto con el Partido que lidera, altamente comprometido con los crímenes que se investigan. Con los que tú investigas. Un uruguayo memorioso siente fuerte tentación de alertarte: «a buen puerto vas por agua…» Me explico brevemente:

La desaparición forzada de personas, la tortura en masa y sistemática, los «Escuadrones de la Muerte», los campos de concentración, los atentados contra personas, locales partidarios y gremiales NO FUERON en el Uruguay invención de los militares.

Se produjeron mucho antes de la disolución del Parlamento por decreto del Presidente colorado (Bordaberry), del que fuera conspicuo ministro Sanguinetti, en junio de 1973.

Las dos primeras desapariciones (hasta hoy no aclaradas) en Uruguay, Abel Ayala y Héctor Castagnetto, que «inauguraron» una trágica serie, se produjeron bajo el gobierno de Jorge Pacheco Areco, Partido Colorado, cuyo principal apoyo político era el grupo del doctor Sanguinetti que en esos mismos días fungía como ministro.

Nada menos que el Senado de la República, luego de ardua investigación, declaró en 1969 que la tortura era un sistema en Uruguay: Julio María Sanguinetti integraba como ministro, el gobierno que la implantó y que desacató reiteradamente los mandatos del Poder Legislativo y del Poder Judicial. Estamos, Gelman, ante un liberticida público y confeso.

La creación de por lo menos dos atroces campos de concentración: el de Punta de Rieles y el de Libertad, son anteriores al denominado «golpe militar de 1973″ (que no fue militar sino cívico-militar y colorado). Sanguinetti y su grupo político fueron factores preponderantes de esa «creación», a la postre de tétrica fama mundial.

Nuestro actual Presidente fue denunciado nada menos que por el principal líder del Partido Demócrata Cristiano del Uruguay, el hoy fallecido Juan Pablo Terra, y todo eso fue publicado, como íntimamente vinculado a la acción criminal (desapariciones, asesinatos, atentados, torturas, etc.) del Escuadrón de la Muerte que, entre otras atrocidades, había perpetrado antes de 1973, la desaparición forzada de los jóvenes antes citados y los asesinatos de Ibero Gutiérrez y Ramos Filipini (dos trágicos comienzos de lo que fuera una larga serie en el Río de la Plata). Interpelado Sanguinetti por Terra, en ese entonces, se comprometió a suavizar la acción de dichos Escuadrones. Increíblemente cumplió por unas semanas la promesa, corroborando que estaba en condiciones de ordenarlo. Terra lo denunció y su grito sigue clamando.

Entrañable amigo Gelman: los militares uruguayos no inventaron absolutamente nada: todo lo atroz ya lo había inventado el gobierno colorado de Pacheco, y el de Bordaberry que finalmente disolvería las Cámaras. De ambos gobiernos colorados, de esa tragedia, fue ministro caracterizado, exitoso y conspicuo, el actual Presidente de la República. Policías y militares que después seguirían operando fueron y son sus compañeros (de Sanguinetti).

Pero hay más: en oportunidad (1972 antes del «Golpe») de realizarse en este Uruguay negociaciones para la paz entre militares y guerrilleros, dicho proceso fue frustrado, y de eso hizo gala y mérito, por Julio María Sanguinetti quien según él mismo afirma, fue factor preponderante para que, en alianza con ciertos sectores militares, la guerra siguiera (con las consecuencias que hoy todos conocemos).

Oportunamente, tal fechoría fue denunciada en el Parlamento por nuestro común mártir Zelmar Michelini en intervenciones que conmovieron a la opinión pública uruguaya.

Este señor que hoy nos preside, escribió una «Crónica del Golpe de Estado» en el diario «Crónicas» de Buenos Aires en 1973 (varias entregas semanales) dando SU versión, insultando a Zelmar Michelini (quien poco antes de morir lo desautorizó expresamente desde su exilio en Buenos Aires en las mismas páginas acusándolo de lo mismo que lo estoy acusando ahora) y a otros héroes de la resistencia uruguaya. Demás está recordarte que Zelmar preanunció su asesinato y sus responsables (civiles colorados).

En dicha «crónica, Sanguinetti reivindica como mérito haber frustrado los caminos hacia la paz e informa, por primera vez, que bajo su gobierno los militares mataron a varios militares en un procedimiento y que él y su gobierno mantuvieron eso en secreto ante la opinión pública y ante los mismos militares…

Los familiares de esos militares deben hasta hoy ignorar la verdadera mala suerte que corrieron esos soldados.

Aquella crónica en «Crónicas» pasó hasta hoy casi desapercibida y este señor presidente trata por todos los medios de lograr que nadie lea lo que escribió en horas de exaltación inapropiada para su experta «venta de imagen». Pero lo escrito escrito está y no se puede borrar con el codo.

El colmo de tanta fantochada es que en pleno 1973 este señor publicaba en Buenos Aires diciendo que estaba en la clandestinidad en Montevideo cuando todo el mundo sabía dónde estaba.

Juan Carlos Blanco, canciller de su partido y su gobierno y canciller de la dictadura, está severamente comprometido en los asesinatos de Zelmar y demás luchadores en Buenos Aires en 1976 y en la posterior desaparición de la maestra Elena Quinteros. Eso no fue obstáculo ninguno para que, a pesar de todas esas acusaciones, nacionales e internacionales, fuera senador del partido de Sanguinetti en su primer gobierno (1985-1990). Podríamos agregar otros nombres de protagónicos personajes de la dictadura que pertenecen hoy mismo al partido liderado por Julio María Sanguinetti (involucrados como Millor y su secretario el «Conejo» Medina) en horrendos crímenes perpetrados en ambas márgenes del Plata.

Desde fines de 1975 hasta fines de 1976 Uruguay vivió una profunda crisis política cívico militar insuficientemente investigada hasta ahora: se produjo un golpe dentro del golpe. Fue destituido el dictador Bordaberry. En el marco de dicha crisis que, repito, fue cívico militar y no sólo militar, se produjo en Uruguay y en Argentina la mayor parte de los crímenes y desapariciones forzadas.

Debes saber, querido Gelman, que a pesar del «golpe», todo el equipo económico permaneció siendo del partido de Sanguinetti. Tú sabes muy bien las consecuencias.

Hubiera bastado para tener una alta sospecha el caso de que en
este, su segundo gobierno, hubiera, tal como fue informado, nombrado al «Pajarito» Silvera como miembro del Estado Mayor Personal del comandante en jefe del Ejército a las órdenes de Sanguinetti: fue una burla y un sarcasmo contra multitud de denuncias realizadas a lo largo de estos años. En realidad fue una provocación.

Podría seguir largamente, queridísimo Gelman, describiendo a este personaje, pero sólo lograríamos llegar a una conclusión: pedirle que hable, que no defiende a capa y espada el silencio que defiende, sería como pedirle peras a un olmo.

La razón es sencilla: si alguien logra en Uruguay abrir (como dijo Sanguinetti) la Caja de Pandora del pasado, de entre los demonios emergentes destacará… Â¡Sanguinetti!

La Doctrina de los Dos Demonios es mucho más confortable y él quiere instalarla a macha martillo: los culpables de todo lo que pasó fueron unos militares sádicos y unos guerrilleros trasnochados. Ambos fuera de todo contexto. Amnistiados unos y otros, condenados ambos por la gran prensa al servicio de esa «servicial» doctrina, todo está terminado y mejor es no menearlo como decía el Quijote.

Es público y notorio para quien quiera saberlo en Uruguay (basta con hacer dos o tres contactos), que si se le exigen responsabilidades a cualquier militar de esos que están en tu lista, Gelman, ellos u otros, hablarán, pero hablarán largo y tendido.

Ni Sanguinetti, ni muchos como él, acá en Uruguay, y en otros países, muy civiles y muy demókratas» están dispuestos a sufrir tanta elocuencia.

Sanguinetti está, querido Gelman, encadenado al silencio. La pregunta que gente tan buena como tú se hace, carece de sentido. Simplemente hacérsela es otorgarle muy generosamente a Sanguinetti una categoría que no tiene. Nuestro actual Presidente guarda y defiende el silencio porque él está personalmente muy comprometido. En ese sentido, y corrigiendo la frase anterior, debemos afirmar que Sanguinetti depende y vive del silencio.

Vaya el apretado abrazo de siempre.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje