De Hitler a Haider

No tiene nada de extraño el brote nazi en Austria. Hitler no sólo nació en ese país, sino que allá por 1911 frecuentó en Viena círculos antisemitas de los que extrajo su futura doctrina. Después de la primera guerra mundial, funda en Baviera el Partido Socialista Alemán y 1923 fragua el motín o «putsch» de Munich, que si bien fue una fantochada en que dejó solo caminando adelante al mariscal Luthendorf, mientras él se escurría por una calle lateral, le sirvió para ganar cierto prestigio desde la cárcel, en la que estuvo poco tiempo. Sin embargo, todo cambia para él en 1928, cuando el Partido Nacional Alemán que necesitaba un líder y tenía pocos partidarios pero mucho dinero de banqueros y barones de la gran industria, se asocia con Hitler y fundan el Partido Nacional Socialista. Hitler se muda de Munich a Berlín y en 1932 hace en Dusseldorf un gran discurso para los grandes banqueros. Hasta entonces su partido seguía siendo en el Parlamento, menor que socialistas y comunistas, pero tiene lugar una elección parcial en un estado, por muerte de titular, y Goebbels concentra todos sus recursos allí y logra la victoria haciendo creer con su propaganda que era un triunfo en toda Alemania.

En octubre de 1932 los nazis consiguen el apoyo del secretario de más confianza del presidente de la República, el mariscal Hindenburg, y lo convencen a éste de nombrar como Canciller o Primer Ministro a Hitler, quien asume el 30 de enero de 1933.

Hindenburg tenía ya una importante senilidad y no era dueño de sus actos, y cuando los camisas pardas nazis desfilaron ese día celebrando en sus camiones frente al balcón de la Cancillería, comentó: ¡Qué bien desfilan los rusos!

Antes de un mes, Goering hace incendiar al Parlamento alemán, el Reischtag, le echan la culpa a un joven holandés que había sido comunista, lo ejecutan y declaran fuera de la ley al Partido Comunista. Cualquier similitud con Lee Harvey Oswald es mera casualidad.

En abril ilegalizan al Partido Social Demócrata y en junio a los socialcristianos, sin disolver el Parlamento, en el que van instalando un número igual de nazis al que tenían los proscritos. En agosto logra hacer renuncia al mariscal más prestigioso de la Comandancia del Ejército y pone a la Fuerzas Armadas a su servicio.

Jorg Haider pues, no necesita ganar, le basta seguir el ejemplo de su admirado Hitler para barrer con todos los demás partidos austríacos y empezar a organizar a los partidos de derecha nazis y fascistas en toda Europa. La pobreza del mundo de hoy es la mayor de la historia y los ricos son cada vez menos pero más ricos y no vacilarán en recurrir a la ultraderecha para defender sus privilegios. La historia se puede repetir y todo el mundo debe saberlo.

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