¿Sanguinetti mediador?
Desde hace unos días, en alguna prensa uruguaya se venía anunciando la eventual intervención del Presidente de la República como mediador en el diferendo que enfrenta a quienes aspiran a que el niño Elián González sea devuelto a su padre y a su país y la presión del «lobby» de la ultraderecha cubano-norteamericana que pretende que permanezca en los Estados Unidos.
Ahora se informa que el Presidente estaría dispuesto a encarar una «gestión de buenos oficios», de «contenido humanitario» con el propósito de acercar a las partes en conflicto.
El pedido para la intervención de nuestro Presidente ha sido formulado por el padre de Elián González, residente en Cuba, donde, como es sabido, su posición cuenta con un inmenso respaldo popular y del gobierno, cosa claramente comprensible.
Lo que hace reflexionar sobre la pertinencia o no de la intervención del Presidente de la República es la naturaleza de la presión ejercida por una de las partes.
Efectivamente, mientras el padre del chico parece a todas luces asistido no sólo por el sentido común, el derecho internacional y las propias decisiones de las autoridades norteamericanas del Servicio de Inmigración y Naturalización, los que –por el contrario– presionan por la permanencia del niño en los Estados Unidos constituyen un grupo radicalizado y según se informa incluso minoritario en la propia colonia cubana en los EEUU que cuenta con el apoyo de los grupos fundamentalistas de los grupos de la ultraderecha norteamericana, influyentes no sólo en el Partido Republicano sino en todo el sistema de poder norteamericano.
El episodio tiene explicaciones poco claras y es, por tanto, de difícil encare por parte de un magistrado –como Sanguinetti– que se supone que actúa sobre entidades serias, responsables y transparentes, atributos que, en el caso, no parece poseer el núcleo de cubanos exilados que procura retener ilegalmente al niño fuera de su país y de su familia.
Como ha señalado Max Lesnik, un periodista cubano que reside en los EEUU,: «Detrás de todo este debate por la custodia de esta criatura inocente están los intereses de aquellos cubanos extremistas que creyeron ver en el niño náufrago una nueva oportunidad para hacer valer sus intereses. Intereses con dos designios. (…) Primero. Es la manera de buscar de nuevo la oportunidad de provocar un conflicto entre Estados Unidos y Cuba. De paso, era la mejor forma de recuperar por parte de la derecha de Miami el protagonismo que había perdido ante la oposición interna, la llamada disidencia, cuyo mejor momento fue en la Cumbre de La Habana, cuando un buen número de jefes de Estado le dieron reconocimiento. ¿Razón? La cara de estos era, con mucho, más presentable que una cómoda oposición extremista orquestada desde las playas de Florida.
Según Lesnik, lo que pretende el «cartel de Miami» es doblegar a la Casa Blanca (borrando del mapa a los opositores cubanos residentes en la Isla) y, si no lo logra, humillarla, hasta el punto que el Partido Republicano gane más tantos en el enclave cubano-americano con vistas a las elecciones presidenciales que ya están próximas.
Según el analista, este factor de poder pretende, al mismo tiempo marcar la cancha como patrón de la situación ante las otras comunidades latinoamericanas establecidas en La Florida, de distinto origen como colombianos, dominicanos, haitianos, etc.
Esta posición -fuerte desde el punto de vista económico y de sus influencias políticas en el «establishment» norteamericano- no cuenta, sin embargo, con un gran respaldo, incluso entre los propios exilados cubanos en EEUU.
Según el informe que comentamos: «La prueba más elocuente que el extremismo (de ultraderecha) no es popular se vio bien claro cuando se organizaron las protestas en las calles exigiendo al gobierno de los Estados Unidos que no retornase al niño a Cuba. Hicieron mucho ruido, pero pocas nueces. No pasaron de un par de miles los manifestantes. Del casi millón de cubanos de Miami sólo unos pocos respondieron al llamado del «cartel». Contaban con todos los medios de comunicación, radio, televisión, prensa escrita, y, sin embargo, no tuvieron respaldo popular.»
Como se ve se trata de un contexto conflictivo escabroso y delicuescente.
Por un lado, la legítima posición del padre de Elián y de las autoridades cubanas que lo respaldan. A ese parece se suma la opinión de las autoridades migratorias de los EEUU.
Frente a eso un sector radicalizado del exilio de la ultraderecha cubana aliada a sus «hermanos-siameses» norteamericanos.
Desde el punto de vista de los intereses y del prestigio internacional de nuestro país, todo parece indicar que no se trata de la mejor situación para iniciar gestiones, al menos mientras se ocupa la más alta magistratura en el gobierno de un Estado soberano.
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