La dura realidad de las cifras oficiales
En su edición de ayer, LA REPUBLICA jerarquizó adecuadamente el informe de coyuntura correspondiente al segundo trimestre del año elaborado por el Ãrea de Investigaciones Económicas del Banco Central del Uruguay.
A través de la comparación de una serie de categorías conceptuales, los llamados «indicadores económicos», el seguimiento que realizan los técnicos del Banco Central permite ir viendo la evolución de las grandes líneas del desempeño económico del país.
Sea como sea, el trabajo del BCU permite apreciar la magnitud de la crisis por la que atraviesa el país.
A través del examen comparativo de por lo menos seis grandes indicadores, con el mismo trimestre del año 1999, el informe traza un panorama realmente inquietante de la situación en junio de 2000.
1- La inversión en maquinarias y equipos, que junto con los guarismos de la caída de la construcción son los más impactantes, cayó un 19,5% con respecto al año pasado.
2- La producción industrial cayó un 5,5%. Según el informe, las causas de esta caída hay que buscarlas en tres factores: la caída del gasto privado en consumo, la menor inversión en construcción y en el escaso dinamismo de la demanda externa.
3- La producción del sector agricultura, ganadería y pesca descendió un 6,5 en el segundo trimestre, continuando sin interrupción una caída que ya lleva un año.
4- La caída de la construcción se acentuó en el segundo trimestre y pasó del 5,6% al 15,1%. La caída de la inversión pública –se anota– ha sido decisiva para esta agudización de la recesión en las obras.
5- El sector ligado al turismo de los hoteles y restaurantes también cayó en un 4,7%.
En su conjunto, los efectos de esta acentuada recesión sobre el empleo y la desocupación se han conocido en estos días aunque de otras fuentes.
La encuesta permanente de hogares que realiza el Instituto Nacional de Estadística muestra el ascenso vertiginoso del desempleo, que trepó la barrera del 14% de la Población Económicamente Activa.
Los datos referidos, elaborados por las oficinas del gobierno, no hacen sino presentar detalladamente algunos de los aspectos que desde otras fuentes (académicas, sindicales, ensayísticas, político-parlamentarias) se viene afirmando.
Las formas como se expresan en el seno de la sociedad uruguaya estos parámetros económicos son harina de otro costal.
No es fácil medir las consecuencias a mediano plazo de la existencia de grandes bolsones de desocupación tanto en el interior como en la capital del país.
No será labor de un día determinar cuáles son los efectos de esta etapa económica en la constitución del «perfil biológico» de la población uruguaya.
Ni de sus niveles de salud y educación.
Ni los efectos sobre la exclusión, el crecimiento de la minoridad infractora, la extensión del uso de la droga, el crecimiento continuado de los índices de criminalidad y, paralelamente, el crecimiento exponencial de la población carcelaria.
Difícil de trazar también los índices de reversibilidad de las vidas humanas estropeadas por estas condiciones económicas.
Sí vale la pena reflexionar que esto que le ocurre a la economía del país y esto que le sucede a la calidad de vida de los uruguayos no es una decisión de la divina providencia.
No es un problema de mala suerte.
No es, como se ha recordado hace poco, el resultado de decisiones improvisadas, de la «falta de ideas».
Bien por el contrario. Tras estas realidades, que no son fatales, hay decisiones.
Decisiones que han sido pensadas. Ideas que son conscientemente asumidas y aplicadas.
Y esas ideas, las del fundamentalismo neoliberal, son las que aparejan el «ramillete» de fatales indicadores de una economía paralizada y de una sociedad sometida a bruscas degradaciones de su calidad de vida.
Las recias realidades que impone la mano de hierro del neoliberalismo se suelen adornar –desde el engañoso discurso político– de muchas bobadas de todo tipo.
La elite que gobierna desde hace quince años es fundamentalmente la misma. Y sus ideas son las mismas.
Ellos han conducido y conducen la política exterior y la interior. Los gastos presupuestales y los extrapresupuestales.
El endeudamiento y la emisión. La inversión pública y los impuestos. Las transferencias a la Seguridad Social y los aranceles.
De esos elencos y de esas ideas es la responsabilidad de la situación que se vive.
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