La mano de Dios

Carlos Aparicio

El libro recientemente publicado por Diego Maradona: «Yo soy El Diego – Planeta – B.A. – 2000″, plantea más interrogantes que respuestas sobre la personalidad deportiva del autor. También hace reflexionar sobre el consumidor inteligente de drogas que intenta en el fondo la superación artificial de sus propios límites. Corría junio de 1986, y se estaba jugando en México un campeonato mundial. El mundo seguía el desarrollo de las luchas por la flamante y ascendente televisión satelital. En un momento decisivo del partido entre Argentina e Inglaterra, un centro desde la derecha llega al área, se eleva Maradona, y, sin llegar lanza un oportuno puñetazo, que manda la pelota al fondo de la valla adversaria.

El juez, mal ubicado, validó (por error) el gol que no correspondía. La que estaba bien ubicada era la cámara de televisión que registró la escena en forma minuciosa y la envió a millones en el mundo. Luego del partido Maradona diría a la prensa: fue la mano de Dios. El libro recientemente publicado abunda en el tema: «… Qué mano de Dios, ¡fue la mano de Diego! Y fue como robarle la billetera a los ingleses, también…» (Pág. 132) Es posible que no sea esta la única actitud poco deportiva en ese partido. La televisión no pudo captar otros detalles como si existieron o no drogas destinadas a incrementar el rendimiento físico.

El principal motivo que tiene la gente para tomar drogas prohibidas es que incrementan notoriamente el rendimiento físico y mental, durante períodos relativamente cortos de tiempo. Existen otros motivos, algunos permitidos como los medicinales (adelgazar y anexos), y otros prohibidos como los recreativos. Estos últimos integran junto con los que les ha ido mal en otros destinos, los marginales del mundo de la droga y a ellos está destinado en principio el discurso de la burocracia antidroga. La competencia permanente en las áreas deportiva, industrial, comercial académica, hace que la gente intente maximizar sus propios desempeños, y ese es el verdadero motivo de la inmensa demanda de droga en el mundo moderno. En general, el consumo de estas sustancias está prohibido, y el discurso de la burocracia antidroga es claro: no consumir y salir último en las competencias. Pero como todas las cosas esto es relativo, ya que en las luchas intensas que se desarrollan en la industria y el comercio tanto en bienes como en servicios, el antidoping no existe. ¿Quién va a pedir el antidoping de los ingenieros que hicieron posible el último envío japonés en la industria electrónica? ¿Quién pedirá el antidoping de los ingenieros norteamericanos que logran tamaños éxitos en el software, en el cine y en los alimentos? En general es vox populi, que la droga en los Estados Unidos es la cocaína y en Japón es la anfetamina.

Pero tratar de solucionar el problema de la droga en el mundo moderno con un mensaje diferente del «salir último», es bucear bastante más profundamente de lo que podemos llegar en este artículo, y aun Diego Maradona en su libro «Yo soy el Diego». No obstante Maradona trata el tema, y claramente falta a la verdad cuando dice (pág. 188): «Solamente los ignorantes eran capaces de denunciar que yo sacaba ventajas con lo que tomaba. Si yo me dañaba era a nivel personal y eso no me servía para hacer goles o tirar caños.» La droga que ocasionó los problemas del autor fue la cocaína, conocida por sus poderes euforizantes y estimulantes. Por consiguiente servía y mucho para hacer goles. El libro de Maradona trae información de valor para aficionados e incondicionales. Para quien busque una respuesta a los problemas que se plantean en esta nota, no trae mucho. Si bien el mundo de la droga es mucho más complejo del que los burócratas de la droga están dispuestos a admitir parece muy claro, que en el deporte su uso es altamente inmoral.

Si se permitiera con carácter general (cosa que a nadie se le ha ocurrido jamás) la vida de los deportistas sería muy breve por los abusos a que se prestaría. Si se usa en forma clandestina por grietas en los contralores, se está engañando al público y al adversario. Llega a niveles en los que no debería darse ningún crédito a competencias en las que no hubiese un antidoping total con las suficientes garantías. La vigencia de los ídolos deportivos no es indefinida, y los problemas conflictivos que envuelven a esta puede ser que contribuyan a acortar más su vigencia. Sin embargo, debe tenerse presente que el fútbol espectáculo mueve ideas colectivas de gran fuerza y mantiene de alguna forma algo oscura vivos sentimientos y valores trascendentes de regionalismos y nacionalismo.

Cuando fracasa la escuela y el liceo, cuando el discurso político pasa a ser anodino o francamente no confiable, cuando el derecho y sus jueces y abogados dan las espaldas a la gente, y se difunde la delincuencia y la corrupción, hay una llama que se mantiene viva, que adopta las formas más espectaculares e inimaginables y que alimenta la fe de millones y los mantiene despiertos para el esfuerzo diario y la esperanza de un tiempo mejor. Aquí es donde aparece la obra de los periodistas, seleccionados, campeonatos, e ídolos como Diego Maradona. Es aquí, donde puede verse, casi con claridad la mano de Dios.

* Analista

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