Resiliencia e infierno

Hace unos días asistí a un excelente encuentro de especialistas que abordaron el tema de la «resiliencia». Fue una gran satisfacción encontrar pareceres y opiniones en las que coincidimos y más aun marcos teóricos que nos ayudan a profundizar nuestra práctica e investigación educativa.

El viernes pasado seguí atentamente el desarrollo de un programa radial, en el cual los cuatro expositores abordaron el tema «el infierno», personas serias e ilustradas que con sus intervenciones invitaban a pensar al auditorio. Los cuatro vivieron en el Uruguay la época de la dictadura, pero uno de un modo especial: muchos años preso. Es decir, no podía negar que conoció el infierno en su vida. Desde la experiencia vivida del infierno no se puede negar su existencia. El infierno existe hoy en Irak, Guantánamo, en las mujeres violadas y violentadas, en los niños que mendigan para comer, no tienen donde dormir y son castigados, hay cárceles que son infiernos. Esto existe ¿verdad? Entonces existe el infierno.

¿Cómo salir de él? ¿Es posible?

Aquí el lector se preguntará qué tiene que ver el primer párrafo con el segundo. Muchísimo. Me explicaré.

Partimos de un hecho aceptado por todos. Todo ser humano, en algún momento, ha sufrido un profundo dolor espiritual. El mínimo es uno, el máximo cada uno dirá. Si una persona ni siquiera tiene un dolor, en algún momento de su vida, dicen los especialistas que estamos frente a un ser humano enfermo. No es normal.

El asunto a que convoca la resiliencia es qué hacemos con ese dolor, esa situación límite, cómo salimos de él y cómo hacemos para convertirlo en una oportunidad que nos lleve a salir mejorados.

Indudablemente quienes viven en el infierno han experimentado más de un dolor, o sufrimiento o situación límite. ¿Es posible el rescate, para la vida social, de estos niños de la calle, de estas mujeres sometidas, de estos hombres humillados? Esperamos que sí. Es una esperanza convencida. Hay ejemplos. Tenemos senadores de la República y otros hombres públicos que lograron reconvertir su dolor y humillación en energía creadora y solidaria. ¿Cómo lo hicieron? Esta capacidad humana la estudiamos bajo el nombre de resiliencia.

Decíamos en «Brechas de aprendizaje en Uruguay», Trilce, 2005: «La resiliencia es un término que proviene de la física y refiere a la capacidad de un material de recobrar su forma original después de haber estado sometido a altas presiones. Aplicado en las ciencias sociales, significa la capacidad latente de reaccionar y sanar, esto es resistir a la destrucción, preservar la integridad en situaciones difíciles, y reaccionar positivamente, reorganizando sus conductas adaptativas y preservando la unidad psíquica. Probablemente sea tan antigua como la humanidad y seguramente fue la única manera que tuvieron muchos pueblos y personas de resistir frente a las fuerzas de destrucción de todo tipo que marcan la historia de la humanidad».

Etimológicamente la palabra resiliencia viene del latín (salire) pasando por el inglés. Indica: rebotar, volver, saltar. Con el prefijo «re» sugiere que luego de un impacto vuelve a reconstituirse. «Consiste en hacer un pacto con la adversidad», según dice Marie-Paule Poilpot («El realismo de la esperanza», 2004).

He aquí donde ciframos nuestra esperanza. Cuando vemos tanta adversidad, traición y que los más encumbrados, para nuestro escándalo, bajan los brazos, podemos decir: con esfuerzo la recuperación ¡es posible!

Esta convicción nos guía en nuestra tarea educativa y en el trabajo social. Queremos comunicarla a todos quienes tengan la buena disposición de hacer «algo», aunque la realidad sea cruel y por momento decepcionante. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje