No desaprovechemos el diálogo en Madrid

Dentro de algunos días los representantes de Uruguay y Argentina se reunirán en Madrid, a instancias del rey Juan Carlos de Borbón, para reabrir un diálogo roto hace ya largo tiempo en torno a la situación en la provincia de Entre Ríos que ha tenido como motivó detonante la construcción de la planta pastera de Botnia. La reunión, nos parece, para los dos gobiernos representa el inicio de un camino responsable que no puede ser motivo de nuevos desencuentros, desavenencias y posiciones que alejen en el tiempo el necesario punto final que hay que poner en un conflicto que tiene en su base, creemos, una serie de argumentaciones absurdas que se entrelazan con políticas encontradas, no alejadas de la idiosincrasia de los propios gobernantes.

Claro, muchos observadores achacan a Uruguay el haber construido una planta de esa magnitud al borde del río Uruguay. Pero es fácil decirlo con las cartas vistas, cuando el camino está recorrido y la empresa lleva invertidos en el emprendimiento alrededor de 1.000 millones de dólares, a lo que se debe sumar todo el mejoramiento de la infraestructura que implica otras inversiones, tanto públicas como del sector privado, que mejoran la infraestructura de la zona. Hay rutas nuevas y otras recicladas, se han actualizado hoteles, se han abierto supermercados, se han creado elementos de infraestructura que prevén las necesidades de Fray Bentos para cuando la planta esté funcionando a pleno, etc.

El gobierno argentino sostiene que no se hicieron las comunicaciones oportunas que exige el Tratado del Río Uruguay, con el fin de lograr el acuerdo del país vecino para levantar ese emprendimiento que, obviamente, tendrá una incidencia decisiva en el desarrollo de la zona. Sobre este punto Uruguay sostiene que los otrora cancilleres Bielza y Opertti llegaron a un acuerdo sobre el punto y que además integró la memoria anual del informe que realizó la Presidencia argentina ante el Congreso de su país.

Por supuesto que en Entre Ríos se comenzó a armar una fuerte movilización de repudio a la construcción de la planta, indicándose que la misma contaminaría el río Uruguay, que los olores que de ella emanarían determinarían la caducidad de la zona balnearia cercana a Gualeguaychú. Algunos Asambleístas afirmaron que una «lluvia ácida» afectaría la vida de la zona, se modificarían genéticamente plantas y animales, etc. La campaña, que comenzó a ganar día a día en virulencia, fue motorizada por el propio gobernador de Entre Ríos, Jorge Busti, que de alguna manera le dio también apoyo logístico a los asambleístas que en su creciente y furiosa militancia armaron piquetes y comenzaron a cortar las rutas que comunicaban con los puentes que unen a los dos países.

Desde ahí el conflicto fue ganando día a día en virulencia, llegando a su clímax cuando el propio presidente argentino, Néstor Kirchner, en un acto insólito, realizó un acto de masas en la propia rambla de Gualeguaychú.

Largos tiras y aflojes sumado a un paulatino desencuentro entre los dos gobiernos, afirmado cada uno de ellos en posiciones al parecer irreconciliables. De nada valieron los informes de las consultorías del más alto nivel técnico para convencer de que buena parte de lo que decían los asambleístas, devenidos en piqueteros, era equivocada. Argentina rechazó de plano participar, como era lógico hacerlo, en una comisión de monitoreo conjunto que analizara hora a hora el trabajo de la planta y cuidara que sus flujos no fueran contaminantes. A eso se sumaba la decisión del gobierno de Uruguay, que se convirtió en un compromiso formal, de adoptar todas las medidas para evitar cualquier tipo de transgresión a las normas medioambientales.

Podríamos seguir y detallar los perjuicios provocados a Uruguay con los cortes de rutas y sumar a ellos el escándalo político que se vive en la Argentina como consecuencia de que en esa zona de la provincia de Entre Ríos, por decisión de Kirchner, no se cumple con la ley, y hay argentinos que le impiden transitar a otros argentinos.

Por ello, cuando estamos ante el encuentro en Madrid, una mesa de diálogo en que se deberá hablar de caminos para terminar con toda esta irracionalidad, ¡por favor!, no desaprovechemos ese diálogo.

Hacerlo sería un error político de enormes proporciones. *

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