EEUU, URSS, Cuba y el azúcar

Marcelo Jorge Filomeno

Un esfuerzo serio aun cuando tardío había hecho en los últimos tiempos el EP-FA en el tema azucarero, culminado con el llamado a Sala de los tres ministros días pasados. Nos enteramos por la prensa –dado que estamos «proscriptos» por la orgánica– que ahí se desarrolló la historia de la fenecida agroindustria azucarera, cosa que debió haberse hecho 15 años atrás, al retorno de la democracia, tratando de evitar que la implantación del modelo neoliberal por parte de los militares se prolongará en el tiempo, como la impunidad en los derechos humanos. No obstante, los entonces senadores frenteamplistas Batalla y Rodríguez Camusso muy poco hicieron para defender la agroindustria. Más aun, en ocasión de concurrir a las barras del Senado por la reapertura de Arinsa nos tuvimos que «comer» la defensa, por parte de Rodríguez Camusso, no de la industria azucarera, sino de la invasión soviética a Afganistán. También la soberbia y hostilidad, en el tema, de Jorge Batlle, poco menos que jactándose de la existencia de lo que denominaba «economía de frontera», en virtud de la cual era imposible, según él, controlar el contrabando desde el Brasil, no sólo de azúcar sino también de toda clase de insumos –en primer lugar el gasoil– necesarios para su producción. Hoy con la aftosa, poniendo al ejército, parece que cambió de opinión.

Durante 15 años luchamos para que el neoliberalismo no terminara con la agroindustria, diciendo lo mismo que hoy dicen en Praga: que la gente no come computadoras, por lo cual había que apoyar el mantenimiento del rubro en tanto se operaban verdaderos procesos de reconversión en las zonas más afectadas. Pero, lamentablemente, el neoliberalismo estaba muy expandido. Un economista del EP-FA llegó a decirnos, en la subcomisión respectiva, hace 4 o 5 años, que si el Uruguay importaba por un total de 1.500 millones de dólares anuales, 30 millones en azúcar no influían demasiado en la balanza comercial… En realidad son 36 millones, según cifras oficiales, en crudo y refinado, manejados por los importadores. La cosa no pasa por echarle todas las culpas –que las hubo– a los directorios de las cooperativas y/o empresas, que actuaron de acuerdo a las condicionantes del medio.

La «melaza» ideológica

Pero cuando los colorados y blancos no saben ya qué decir, respecto a la posición que llevará el país a la próxima ronda de negociaciones sobre el azúcar en el Mercosur, aparece algún ineficiente (¿o habilidoso?) político del gobierno hablando del precio que EEUU le paga a Uruguay por la compra de alrededor de 7.000 toneladas anuales de azúcar, a 360 dólares la tonelada, 140 dólares más que el precio en el mercado excedentario, asociándolo al bloqueo a Cuba. Esto desata el inmediato reflejo izquierdista contra los yankys. Por 980 mil dólares (140 dólares por 7.000 toneladas) nos entregaron nuevamente al imperialismo, se acusa. Mientras tanto Bella Unión y sus productores tendrán que esperar la terminación del debate ideológico.

Enredados en la piola perdimos la oportunidad –de ahí estas líneas– de decirle a la gente, al pueblo, a los productores, que el precio del azúcar, como el de todos los rubros del agro, es un precio político, siendo el azúcar la primera víctima de la desregulación total, a la cual están siguiendo y seguirán otras, hasta terminar con todo lo productivo. Pero para juzgar hay que conocer la historia, más allá de maniqueísmos. Son alrededor de 40 los países que llenan la cuota azucarera de EEUU –que también produce remolacha–, incluidos todos nuestros socios del Mercosur. La cuota asignada a Uruguay es de 14.000 toneladas, que muy esporádicamente ha cubierto. Como EEUU utiliza también el comercio para sancionar a los regímenes que no le gustan le suprimió –por ejemplo– la cuota a Nicaragua, cuando la revolución sandinista, y a Sudáfrica, por los derechos humanos. En la situación reseñada Cuba tuvo entonces el apoyo de la otra superpotencia, la ex URSS, que le llegó a pagar hasta 1.000 dólares la tonelada del refinado, precio político, cuando en los mercados bajo acuerdo estaba a 380 dólares. Claro que desde entonces mucha agua ha corrido bajo los puentes, como para no reavivar discusiones, hacia fuera, con olor a naftalina. No es lo que esperan las mayorías agredidas impunemente por el modelo, esas mayorías a las que las elites políticas le han hecho casi un calvario el camino para instalar un gobierno progresista en el Uruguay.

Aportar a la renovación

Es lo que pretendemos, pensando que estos temas, «de alta sensibilidad política», con contenidos que hacen a la reafirmación de la identidad de las fuerzas de izquierda y progresistas, y a la permanente renovación, no sólo programática e ideológica, sino mental y de prácticas políticas, deben ser abordados, hacia adentro, sin dogmatismos, ni prejuicios, evitando caer en los microclimas de aparato, dominados por burocracias políticas que sólo buscan reproducirse, luego de haber generado sus propios intereses, contrapuestos, por excluyentes, a los del cuerpo social. El antídoto para ello son las prácticas democráticas, que conllevan al respeto a las personas y la anulación del sensualismo de poder, germen este último de cualquier autoritarismo o, en el mejor de los casos, de toda clase de errores políticos. Paradigma de lo último, para las fuerzas de izquierda y progresistas, ha sido el período comprendido entre octubre de 1999 y mayo de 2000.

* Escribano

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