El año más largo del siglo
Daniel Pereyra Maneli *
El Uruguay ya convertido en una agonizante sombra de lo que fue y muy lejos del dorado destino que pregonaron los hipócritas fariseos desde los púlpitos políticos, quedó reducido a la desgarrante condición de un mínimo mercado periférico de subordinación integral a todo lo extranjero.
Hasta los desventurados de menguada sesera concluyen sin pestañear que un país que despedazó y carece de ferrocarril, línea aérea de bandera y de flotas mercante y pesquera, que gran parte de su territorio fértil es propiedad de sociedades internacionales, que puertos, aeropuertos, aduana, energía, eléctrica, gas, agua, saneamiento, carreteras, peajes y lo más poderoso de un sistema bancario sospechado de sórdidos negociados, todo está en liquidación final por cierre y bajo bandera de remate, es un remedo de país que se extingue chapoteando y sin remedio.
Si a esta avalancha de flagelos le sumamos una Armada Nacional que sólo a través de la mayor tragedia naval de nuestra historia quedó en descubierto que lo poco que navega lo hace con algunos tripulantes que ni siquiera saben nadar y al mando de cierta oficialidad tachada por sus pares de incapacidad absoluta pese a frecuentar las operaciones Unitas y consumir gran parte del presupuesto, la cuestión es idéntica a un descalabro de pesadilla.
La gente queda fría y tiesa al comprobar que la fanfarria aduanera que creía despedir a su nave insignia en viaje anual de estudio, solamente era testigo de largar amarras un crucero convencional pagado por quienes quedaban en los muros saludando entre lagrimones; igual que mama vieja en la puerta del rancho. Qué otra conclusión racional puede extraerse de la demoledora inoperancia de nuestra fuerza naval salvo, claro está, que aún perduren las astracanadas del inefable comandante que giraba 360 grados para cambiar de rumbo o intentando salvar al país del abismo daba un paso al frente.
Hay que asumir que casi todo en esta expoliada Latinoamérica es una grotesca imitación de espantapájaros de chacra abandonada. Hay que penetrar en esta mata espinosa llamando a responsabilidad a las más altas jerarquías para que el doloroso naufragio no se transforme en otro enigma que se diluye en la neblina histórica coronado por una vergonzosa transacción y un «puñado de dólares»; es un imperativo nacional por respeto póstumo a las once víctimas y sus familias.
Hace treinta y seis años que Germán Arciniegas en «El continente de los siete colores», reflexionando sobre la antesala del año 2000 y las formidables riquezas transferidas desde América hacia Europa y EEUU durante más de 500 años, afirmara que «se prolonga así el caso (de explotación) pues hoy mismo, vendiendo América Latina materia prima, café, bananos, a los precios más bajos que imponen las naciones monstruodesarrolladas, y pagando tractores y camiones a precios en constante ascenso, ayuda al mundo de los ricos. Así ellos logran pagar buen salario a sus obreros y hacen mejores negocios. La verdadera ayuda, pues, parte y ha partido de acá, y la que se pide en cambio no es sino una ficción que permite presentar invertidas las imágenes reales».
Desde entonces nada ha cambiado y en lugar de allanarse el camino para democratizar el progreso y los avances, se agudizó la desvastadora rutina que nos transformó en obligados huéspedes de una suerte de cementerio que tampoco nos pertenece.
La obstinación y la intransigencia del sistema sociopolítico dominante nos trajo este infortunio colectivo de ser tierra desvastada en la cual todavía existen detestables políticos que, ante un peral seco, anuncian sonriendo las mejores cosechas futuras.
* Ex magistrado judicial
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