La interpelación como espectáculo
Siempre tratando de mantener nuestra independencia de pensamiento, eludiendo los nihilismos de algunos, afectos a creer que el arribo del «Encuentro» al gobierno podría significar un hecho tan insólito como la revolución cubana para las fuerzas que nos han forjado nuestra dependencia a lo largo de dos siglos, suscribimos con Arturo Jaureche, pensador rioplatense, esta definición de ser nacional: «Esto de ser nacional o no en el terreno intelectual está directamente vinculado al método de conocimiento. La respuesta entonces se hace muy simple: lo nacional es lo natural… en los países que no han sido pedagógicamente colonizados no se plantea este interrogante porque la gente piensa naturalmente, según las cosas son y partiendo de ellas, y no según como tendrían que ser y partiendo de los principios que informan este tener que ser según el modelo apriorístico que viene de afuera».
Por ello a lo largo de todos estos años, más de treinta, hemos tenido abundantes coincidencias tácticas y pocas estratégicas con la izquierda tradicional. Tampoco hemos tenido suerte con la mal llamada «derecha nacional», puesto que cuando alguien descubre lo nacional termina despegándose de la derecha, al desnudársele plenamente el contubernio de mezquinos intereses que se disfrazan en esa murga folclórica que festejó el centenario de Masoller en compañía del embajador yanqui. Y, lamentablemente, del coloradísimo ni hablar, puesto que ni de su folclore histórico es bueno acordarse. Si como decían los antiguos unitarios, «indio bueno es indio muerto», colorado bueno es colorado escindido.
Nuestra mejor colaboración es tratar de que este experimento político logre lo mejor, dentro de lo posible, para todos. Y no encontramos mejor forma de colaborar que el «no ser lambetas».
Está claro que los rosados que se fueron no deben volver más, su ciclo terminó, como se dice ahora, «ya fueron». No les sirven a nadie en este mundo globalizado, unipolar, donde las sociedades tanto centrales como periféricas, sólo pueden poner coto a las pretensiones hegemónicas de las multinacionales, fortaleciendo los estados democráticos, fomentando la mayor ventilación pública de los asuntos, puesto que es en los estados el único lugar en que los pueblos tienen acciones con voz y voto.
De la coalición rosa puede decirse lo que Napoleón afirmaba de los políticos de «la restauración», los cuales habían vuelto de su exilio sin haber vivido ni aprendido nada. Los necios no aprenden ni de las derrotas, por eso su actitud está signada por el despecho, rencor contra quienes los desheredaron de la gran teta del estado, el pueblo oriental en la persona de sus representantes actuales.
Llaman a la lástima, cuando no a la tragicomedia, si no fuera porque de por medio se encuentra un pueblo que se lame las heridas de su gestión. Los relevos del «proceso» no hicieron otra cosa que burlar las expectativas de cambio del pueblo, confabulándose para mantenerse en el poder jugando a ser recíprocamente opositores un trimestre antes de cada elección. Durante estos veinte años alternaron en el gobierno dos minorías mayores que se coaligaban luego de cada primero de marzo, para consolidar el mantenimiento de las directivas antinacionales. La repartija de cargos entre los coaligados garantizaba el sustento de «las barras bravas» que de esta forma, aún perdiendo, quedaban en el candelero, para prenderse en la próxima. Su última jugada, fatal, fue inventar el balotaje, poniendo la zanahoria del triunfo en el punto en que consideraban inalcanzable, el 50% más uno. Como ellos ni juntos sumaban este porcentaje, lo consideraron más que suficiente, para lograr en el peor de los casos, dejar al ganador sin mayorías parlamentarias.¡Pero la guillotina cortó la cabeza de su inventor, Guillotín!
La estrategia entonces, consiste en tener al gabinete en jaque, metido en el Parlamento, permanentemente acusado por cualquier nimiedad, para lograr protagonismo público, para mantener a los cadáveres políticos bien conservados en el frízer de mármol, hasta poderlos servir frescos en la mesa electoral. ¡No hay propuestas inteligentes, no tienen redención posible!
Como estas impertinentes interpelaciones solo buscan protagonismo ante las cámaras, ser noticia permanente, mantenerse en el candelero de la opinión pública haciéndola olvidar que perdieron el mango y la sartén, propongo lo siguiente: que necesitando los ministros de los cinco días de la semana para cumplir con sus funciones de gobierno, las interpelaciones se den lugar los fines de semana. No le cuesta nada a los ministros sacrificar algún sábado u ocasionalmente algún domingo, para cumplir constitucionalmente con el deber de responder las preguntas de la oposición. Un espectáculo fusión, «Estadio Uno» en el plenario, súper Gran Hermano en los ambulatorios, y truculentos confesionarios en los lujosos retretes del palacio. El pueblo decidirá quiénes salen nominados para salir del palacio y quiénes se quedan.
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