Precisiones sobre el nomenclátor montevideano
Fernando González
En su edición de lunes 2 de octubre la página editorial de LA REPUBLICA realizó una serie de consideraciones acerca del nomenclátor de Montevideo y la supuesta falta de seriedad en la consideración de las propuesta de modificación del mismo.
Más allá de compartir algunos de los argumentos y las observaciones que el editorialista realizaba en esas breves líneas, no puedo, como actual presidente de la Comisión de Nomenclatura de la Junta Departamental de Montevideo, dejar de señalar varias inexactitudes contenidas en las mismas.
Para comenzar, estoy de acuerdo que durante décadas –quizás desde el nacimiento mismo del Uruguay como nación– el nomenclátor de nuestra ciudad en muchas oportunidades fue utilizado para reivindicar nombres, o ajustar cuentas excluyendo o cambiando otros, con fines políticos menores sin tener en cuenta, en esas ocasiones, el sentimiento de los vecinos con respecto a su entorno más cercano; su calle, su plaza o su barrio.
Otro aspecto con el que estoy de acuerdo es en cuanto a que hay nombres que no merecerían integrar nuestro nomenclátor. En estos días de tantos homenajes a nuestro máximo prócer es bueno recordar que persisten situaciones aberrantes como la calle Nicolás de Herrera, notorio antiartiguista, que por razones que también maneja el editorialista –el arraigo que algunos nombres tienen en la gente, por ejemplo– no hemos querido modificarlos, además habría que preguntarse si conservar algunos nombres nefastos, con su consiguiente «prontuario», no es un aporte a la memoria colectiva, pero eso es materia de otra discusión.
También es cierto que está muy extendida entre algunos esa costumbre de no hablar mal de los muertos y que, una vez que alguien desaparece físicamente muchos de los que antes lo cuestionaban son los primeros en tributarle homenajes y llenarlos de oropeles, eliminando de sus elogiosos discursos las aristas más revulsivas del difunto y convirtiéndolo –o al menos intentando convertirlo– en una figura decorativa, otra más, de nuestra larga galería de héroes asépticos e inofensivos.
Sin embargo, y a pesar de todo lo dicho, me parece muy apresurado plantear que la Junta Departamental, en esta o en la anterior legislatura, aprueba o cambia nombres sin criterios claros o que no se respete en ello los nombres que la costumbre ha arraigado en los vecinos. Desde el comienzo de este período legislativo hemos rechazado la oficialización de algunos nombres propios con el propósito de respetar los nombres que el colectivo de las distintas zonas habían asumido como parte del paisaje y de su historia local, es decir, de la memoria viva de la ciudad. Por el contrario, sí hemos denominado oficialmente a algunas calles con nombres comunes y a pedido de los vecinos, reconociendo realidades que ya se daban de hecho.
Por lo tanto, nadie más interesados que nosotros, en total concordancia con lo que es nuestro modelo descentralizador, que escuchar la voz de la gente a la vez que ayudar a conservar los nombres que ya son parte del patrimonio local.
Finalmente –creo recordar que este era el detonante de la nota– personalmente no tengo nada en contra de la figura del fallecido vicepresidente Hugo Batalla, quien me merece respeto como ser humano, pero antes de hablar de la posible inclusión de su nombre en el nomenclátor de la ciudad debo hacer dos precisiones: La primera es que no ha llegado a la Comisión de Nomenclatura de la Junta Departamental ninguna propuesta en tal sentido. Y la segunda, ésta de índole personal, es que considero que se legisló con sabiduría cuando se estipuló un plazo de diez años con posterioridad a la muerte de una persona, para tributar este tipo de homenajes; el tiempo nos ayuda a ver las cosas menos apasionadamente.
* Edil del Espacio 90
Presidente de la Comisión de Nomenclatura de la Junta
Departamental de Montevideo
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