La grandeza de Frugoni y la pequeñez de un puñado de blancos

En cierta oportunidad, el gran vasco español don Miguel de Unamuno expresó: «No existe espectáculo más triste que el de una tumba abandonada». Y pensamos nosotros que es aún más triste el de una tumba semi abandonada, cuando esa tumba merece no un homenaje parcializado, sino uno multimillonario abarcativo de toda una ciudadanía agradecida que ha tomado a quien en ella yace como un símbolo nacional. Nos referimos a la mezquina medida tomada por unos blancos profanadores de una ilustre memoria que nos privó a todos los orientales de rendirle homenaje a un héroe nacional: Wilson Ferreira Aldunate. ¡Qué tristeza! ¡Qué miedo provocan ciertas gentes que son coherentes con sus maestros!

Y vale la circunstancia para marcar la enorme grandeza de otros hombres, tan grandes como Wilson, que eran capaces de la reconciliación más respetuosa, inclusive, con heridas encima difíciles de cicatrizar. Se ha dicho con inusual frecuencia casi tan análoga a la ignorancia que intenta respaldarla que Emilio Frugoni fue como una especie de prolongación del Partido Colorado de José Batlle en su primera hora.

Tan no fue así que Frugoni y Batlle culminaron irreconciliablemente peleados a partir de 1913. El odio de Batlle llegó a tal extremo, que don Emilio Frugoni estuvo proscrito de publicar en «El Día» hasta después de muerto el jefe del Partido Colorado. Ni siquiera eran publicadas sus habituales críticas teatrales, que galardonaban culturalmente al diario mencionado.

Creo no equivocarme si afirmo que José Batlle y Ordóñez poseía una piedad difusa, casi cósmica, de sello tolstoiano, y que en ello radicaba una de las claves de su personalidad. Por ejemplo, tenía un respeto casi religioso por la vida y paradojalmente en un arrebato emocional mata a Washington Beltrán. Era respetuoso de la vida animal y contrario a la violencia física, en grado tal de ser contrario a la pesca y a la caza, que él nunca practicó. A partir de 1890 combatió la pena de muerte y durante su primera presidencia propuso su derogación. Sin embargo solía decir: «En política yo no tengo amigos, sino los que sostienen las mismas ideas que yo sostengo». Y en la vida personal, también. Por eso cuando la muerte de Julio Herrera y Obes, Batlle en vez de proponer honores fúnebres correspondientes por su condición de ex presidente, impone honores de teniente general por discrepancias personales.

Con Frugoni su rencor fue irreconciliable. En ocasión de la enfermedad y posterior muerte de la adorada hija del conductor del Partido Colorado, Ana Amalia, don Emilio propuso en Cámara el control de los gastos de gobierno en ocasión de la mudanza de los Batlle y el elenco direccional a la estancia de Arazzatí. No es que Frugoni no amara a Ana Amalia ni admirara la devoción paterna. Es que en materia de cuidados del dinero de Estado, el fundador del socialismo era implacable. Lo denunció en la Cámara de Diputados y José Batlle no se lo perdonó. Le hizo una guerra implacable hasta su muerte en 1929. Siete años después de muerto Batlle, se realizó un homenaje a la gran figura que diseñara un modelo de país. Frugoni fue invitado de honor y realizó un discurso que fue el más emotivo y sentido que pudiera pronunciarse. En un aparte expresó: «Si con Batlle tuvimos encuentros y desencuentros, amores y odios, el día que resolvió despedirnos de la vida, si alguna diferencia quedaba, quedó absolutamente reducida a polvo». Por eso Batlle y Frugoni quedarán registrados en la historia por sus grandezas y eliminación de diferencias cuando la muerte debió separarlos.

Y ahora narraré algo muy personal. Frugonista de toda mi vida, el día del fallecimiento de Wilson el alma me tembló y una lágrima me mojó la mejilla. Eran momentos duros y los «gorilas» nos amenazaban con otro golpe de Estado. La garantía de la paz, de la defensa de la democracia, del coraje cívico, era Wilson. Llego temblando a mi trabajo y ya cerrando una revista que editábamos con el «Turco» Zouain y el «Petizo» Buscaglia, escribí con mi espíritu y no con mi lapicera: «Viva la patria! ¡Viva la República!»

«En momentos en que esta Revista se encontraba en sus instancias finales para conectarse con sus lectores, la ciudadanía toda se vio conmocionada por la indeseada noticia del fallecimiento de Wilson Ferreira Aldunate. Sin tiempo casi y con el dolor cívico que este hecho genera, queremos rendirle un sencillo homenaje, no al conductor de una colectividad política ­que sí lo fue­, sino al luchador intransigente que supo de desvelos por mantener enhiestos los fundamentos que sostienen al sistema democrático.»

Cuando las Instituciones caían y el país se sumía en el más tenebroso de sus períodos históricos, la voz de Wilson Ferreira se dejó oír por última vez en el Palacio Legislativo, la noche antes de que la barbarie irrumpiera para clausurar la voluntad popular. Vaticinó las dramáticas instancias que habríamos de vivir y se declaró enemigo de la tiranía que ultrajó durante más de una década nuestras más queridas tradiciones. Corrió riesgo su vida por ser consecuente con la libertad, debió soportar exilio por amar a su pueblo, le fueron conculcados sus derechos justamente por defender los de todos, le declararon subversivo quienes subvirtieron el orden, y lo metieron preso los carceleros del país. Sin embargo, el juicio real, el del alma popular, ya había dado su veredicto agradecido, en el reconocimiento a un luchador, que por encima de banderías, se ha convertido en patrimonio de toda la Nación. En esta horas luctuosas, el partido de Oribe llora a su conductor, y toda la civilidad se inclina respetuosa ante el paso de Wilson a la inmortalidad.

De ahora en adelante, a su memoria, no basta con quererla, hay que merecerla. ¡Viva la patria! ¡Viva la República!! Y eso sí, como en «El libro de los elogios» de don Emilio Frugoni, no le pedí permiso a ningún blanco desubicado. ¡Faltaba más!

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