Mi homenaje a Wilson Ferreira
No fui a los homenajes que se tributaron al último caudillo uruguayo con motivo de conmemorarse el noveno aniversario de su muerte.
No fui porque no me gustan los homenajes, no me gusta esa solemnidad acartonada, no me gusta el recuerdo oficializado en una fecha, en un busto o en el nombre de una calle. Pero claro está, me parece archilegítimo que se organicen actos recordatorios, se celebren ritos religiosos en su memoria y se pronuncien discursos ante su tumba; creo que todo el mundo tiene el derecho de expresar sus sentimientos de la manera que elija, y más de una vez he concurrido a alguno de esos homenajes porque en ese momento sentí la necesidad de hacerlo.
Y confieso que nunca se me ocurrió que el hecho de participar en un homenaje, de concurrir a una ceremonia o de organizar un acto recordatorio podría generar la destemplada reacción que mostró la cúpula nacionalista cuando la Columna Blanca (que ahora debe llamarse Participación Masoller porque le negaron el derecho de usar el vocablo blanco) manifestó su intención de homenajear a Wilson Ferreira. Una reivindicación pueril semejante a la que un necio podría efectuar diciendo que sólo los maragatos tienen derecho a realizar un homenaje al Paco Espínola por la buena razón que el homenajeado es oriundo de la ciudad de San José. En fin, una actitud lamentable, casi grotesca, que sorprendió a todos y sólo cosechó elogios en ciertos sectores del Partido Nacional.
Recuerdo perfectamente bien que en ocasión de efectuarse un homenaje a Albérico Segovia en el Senado, Julio Sanguinetti recordó sus orígenes batllistas y a nadie se le ocurrió reprocharle al ex presidente esa mención. Y quiero decir que en el caso de Wilson, si bien es preciso reconocer su pertenencia incuestionable al Partido Nacional de toda la vida, ese hecho no inhabilita a quien sea –colorado, frentista o independiente– a rendir tributo a una figura que trascendió a su colectividad y se convirtió, merced a su trayectoria, a sus ideas, a sus iniciativas, a su carisma, a su coraje, en fin, a todas sus virtudes, en un referente nacional de primer orden.
De Wilson Ferreira recuerdo sus demoledoras interpelaciones en el Senado, sus discursos brillantes, su ingenio y rapidez en la réplica precisa. Recuerdo también su postura francamente enfrentada al gobierno dictatorial de Pacheco Areco y recuerdo, asimismo, su programa de gobierno para las elecciones de 1971 (que ganó pero se las birlaron) plasmado en el famoso documento «Nuestro Compromiso con Usted». Un documento, digamos de paso, perfectamente olvidado por sus herederos políticos, cuyas ideas y propuestas se han alejado cada vez más del ideario wilsonista.
Y sobre todo, recuerdo al Wilson exiliado, condenado por el Plan Cóndor, refugiado en Londres, denunciando al régimen uruguayo por sus violaciones a los derechos humanos. Recuerdo la memorable carta abierta al gorila Videla cuando Michelini y el Toba fueron asesinados. Recuerdo sus casetes llegadas clandestinamente desde el exterior, con análisis lúcidos sobre la situación política del país.
Y entre muchas otras cosas que recuerdo del caudillo, no puedo olvidar que el gobierno militar se refería a él como al «sedicioso prófugo»… Sin proponérselo –e incluso sin advertirlo– al endilgarle esos epítetos, los gorilas uruguayos lo estaban enalteciendo. *
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