Una casa, un barrio, una ciudad, un país
Una característica que distingue a la capital uruguaya es que se fue construyendo muy bien hasta la década de los 30, con un urbanismo generoso, con casas fuera de serie, veredas anchas, una rambla de granito envidiable, hasta que de golpe se paralizó y no surgieron obras nuevas, demostrando un atraso, ya que la mayoría de los arquitectos debieron emigrar para conseguir trabajo por otros lados. Surge Pocitos como barrio moderno, en el que se destruyeron viviendas para construir torres que le fueron quitando el sol a la principal playa de la ciudad. Una autoridad en la materia como el arquitecto argentino Horacio Ravazzani, uno de los más destacados profesionales a nivel mundial y que supo radicarse en Punta del Este en la década de los 80, opinaba que el arquitecto tiene el problema de hacerse entender con la gente, ya que con los pocos elementos con que cuenta, es decir los planos o las maquetas, le resulta muy difícil para que lo comprendan. El profesional es un artista que tiene que jugar con ciertas leyes que debe cumplir, porque si no se le desmorona la casa. Ravazzani mencionaba que el público le tiene odio al arquitecto, porque lo toman como a un psicoanalista, que la gente no le presta atención a la parte visual y le da importancia a lo conceptual y filosófico.
Una penosa destrucción se produjo hace un tiempo en la esquina de Bulevar Artigas y Rivera, cuando se tiró abajo el edificio residencial que construyó allí el Arquitecto noruego Alejandro Christophensen, para la familia Urtubey en 1907, que exhibía la influencia de la arquitectura francesa, por su volumetría, sus elementos ornamentales y especialmente el deslumbrante remate de sus techos inclinados, con soberbias rejas de hierro forjado que rodeaban el edificio, ceñidas entre pilones de mampostería que enmarcaba un amplio jardín de trazado clásico y hermosos árboles. El arquitecto Mariano Arana nos recuerda dentro de su desazón e inconformismo, cómo se pudo autorizar esa destrucción, sin haberlo declarado Monumento Histórico por las autoridades competentes, sobre todo por haber sido alojamiento del general arquitecto y Presidente de la Republica, don Alfredo Baldomir. En esa zona, haciendo cruz, se mantiene aún el edificio de la Embajada de la República Federativa del Brasil, lo que destacaba a esa esquina como un sitio privilegiado de Montevideo, aunque también allí cerca sobre Bulevar Artigas se destruyó la casa Strauch, terreno que fuera comprado por la empresa internacional IBM y que tanto el arquitecto uruguayo como la firma se desinteresaron, dejando un miserable baldío, sin ninguna indemnización compensatoria.
A esta altura de las cosas, observando tantas irregularidades cometidas a lo largo y ancho de Montevideo, resulta imprescindible que las autoridades, ya sean Ministerios, Intendencias, Facultades o Escuelas Universitarias, pero también en el sector privado, tanto las agremiaciones profesionales universitarias y estudiantiles, entidades culturales, agrupamientos vecinales y organizaciones no gubernamentales o comerciales asuman la responsabilidad de defender la calidad de vida y el patrimonio de la ciudad.
Nos preguntamos por qué se hicieron el viaducto de la Avenida Agraciada o el túnel de la Avenida 8 de Octubre, o la reciente Torre de las Comunicaciones, en esos lugares de la urbe, qué participación tuvieron los vecinos para permitir esas obras. Era necesario construir un Edificio de la Ciudadela, con esas características en plena Plaza Independencia, o el mismo singular Palacio de Justicia, vacío hace mas de dos decenios, o mantener un disimulado baldío allí cerca con una playa de estacionamiento. Podemos permitir todavía que haya baldíos sobre nuestra principal avenida, 18 de Julio a la altura de Pablo de Maria. Lo más sensato es aplicar una planificación urbana que regule un criterio que se tiene por los lugares que integran Montevideo. *
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