Después de la visita de Bush

Finalmente se produjo la tan anunciada, breve y controvertida visita del presidente estadounidense George W. Bush a nuestro país.

No es nuestra intención reiterar consideraciones ya expuestas en esta página acerca de este acontecimiento, pero no está de más insistir en que, más allá de lo que el señor Bush representa como máxima figura emblemática del imperialismo, el gobierno uruguayo no podía observar otra actitud que la que asumió: recibir con cortesía al mandatario extranjero. No cabía otra postura ya que, de no ser así, el país se habría embarcado en un camino peligroso de enfrentamiento con el imperio que podría conducir a un deterioro de las relaciones entre ambas naciones, una posibilidad altamente negativa para nuestros intereses.

Entendemos que la posición mayoritaria adoptada por la fuerza política gobernante fue clara, firme y mesurada. Ante la visita de Bush, no vaciló en manifestar su rechazo, no sólo a la política exterior belicista que lleva adelante la actual administración estadounidense, sino también al imperialismo que ha caracterizado a la nación del norte desde hace más de cien años y a su política económica voraz e insolidaria. Pero al mismo tiempo, con madurez y realismo, se dispuso a dar la bienvenida a un mandatario extranjero en momentos en que la necesidad de ampliar nuestros mercados se torna imperiosa.

Sin duda para el gobierno uruguayo la visita de Bush significó un dolor de cabeza. Acostumbrada a expresar sin ambages su antiimperialismo desde la oposición, la izquierda uruguaya se vio enfrentada al desafío de recibir a un presidente estadounidense y moderar su discurso. Entendemos que el gobierno sorteó con inteligencia el trance sin verse obligado a amortiguar principios y postulados emblemáticos de la izquierda.

Sin embargo, en lo que tiene que ver con la inserción del país en la región y en el mundo, el gobierno progresista se mantiene en una suerte de encrucijada de la que no será fácil salir. No caben dudas de que la estrategia imperial apunta a meter una cuña en el Mercosur, tratando de profundizar las fisuras que se manifiestan en el bloque. Evidentemente, para los EEUU el Uruguay no representa un objetivo económico apetecible en razón de lo reducido de su mercado; por tanto, la visita de Bush responde más que nada a intereses políticos y diplomáticos.

Obviamente, sería exagerado hablar de una fractura en el bloque regional. No obstante, tonto sería negar que se perfilan dos tendencias ­o que de hecho se están conformando dos subbloques­ que afectan considerablemente la unidad mercosuriana. Al respecto, y por más que el presidente Chávez lo niegue, la coincidencia de su visita a Argentina con la presencia de Bush en Uruguay es sintomática. Parecería que se está estableciendo de hecho un eje Caracas-Buenos Aires (que pretende integrar a Bolivia y tal vez a Ecuador), más radical en su antiimperialismo, como respuesta a un supuesto perfil más moderado liderado por Brasil y al que adherirían Uruguay y Paraguay. En este panorama, Chile se mantiene, por ahora, un poco al margen.

En este contexto, es probable que llegue un momento en que Uruguay deba optar por alinearse con una u otra de las opciones. Pero mientras tanto, el país debe mantener su independencia y reivindicar sus derechos, apostando a la recomposición del bloque, a limar asperezas y desavenencias de manera que el Mercosur se vea fortalecido, profundizado, y que se convierta en la herramienta idónea para ofrecer una alternativa válida, positiva y creíble al imperialismo.

Como aconsejaba Martín Fierro, los hermanos deben estar unidos porque si no, los devoran los de afuera. La sabiduría de tal afirmación está fuera de toda duda y es de aplicación a los países que integran el Mercosur. Pero esa unión que exigía José Hernández debe estar sustentada en una auténtica fraternidad y en una igualdad que de verdad elimine las asimetrías; que no haya hermanos mayores que impongan su punto de vista ni que hagan prevalecer sus intereses basados en su superioridad. *

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