Ciegos, sordos, mudos y paralizados

Esteban Valenti

En la sociedad uruguaya de hoy las discrepancias que existen se refieren a las causas de la crisis y cómo salir de ella. Pocas dudas quedan sobre su gravedad, profundidad y duración. Tiene características diferentes al gran desplome de 1982. Una de ellas es que la dictadura imponía el silencio mientras que esta crisis es conversada y discutida. Lo que no cabe duda es que se trata de una de las situaciones más difíciles que ha enfrentado el país en varios decenios. Y que nos está costando muchísimo salir de ella.

Otro elemento importante es la percepción social de que esta crisis no es sólo coyuntural, que es el reflejo eruptivo de problemas estructurales graves y que está destinada a repetirse cíclicamente. El indicador estuctural más grave es la persistencia de una desocupación cuya constante es el superar ampliamente el 10 por ciento, tocando pautas de más del 14 por ciento.

Sus efectos son irreversibles: una creciente emigración, básicamente de gente joven y con niveles de capacitación profesional, la emigración de la campaña, la destrucción de un número importante de empresas industriales, comerciales y de servicios.

Esto sucede en cuanto a los indicadores económicos y sociales. Pero debajo de esa corteza de números áridos está el desánimo generalizado, la falta de expectativas de sectores. El cansancio de la sociedad.

Y este agotamiento no es el de los pobres, de los marginados. Ellos han perdido hasta ese derecho elemental. Ni siquiera estamos hablando de los trabajadores asalariados que, agobiados por la inseguridad laboral propia y de sus familias, poco espacio les queda para nuevos niveles de cansancio.

Los síntomas del cansancio se perciben en los sectores medios de la sociedad, en el sentido más amplio del término. Son los pequeños y medianos empresarios, comerciantes, gente del campo, profesionales, técnicos. Tal vez no todos, pero sí sectores muy importantes sienten hoy el pesado aliento de la crisis. Lo sienten sobre ellos. Y son estos sectores los que proyectan en la sociedad una sensación de agotamiento general.

El Uruguay está perdiendo un tiempo irrecuperable «El peligro más grande que amenaza a Europa es el cansancio» dice Husserl en «La filosofía como ciencia estricta». La única diferencia con el Uruguay es que a nosotros el cansancio ya no nos amenaza, nos ataca en toda la línea.

El peligro es grave para algunos sectores para los cuales pasar de los sectores medios bajos a la pobreza es un trecho muy pero muy pequeño. Basta el cierre de un comercio, de una pequeña empresa. Alcanza con las cosas que suceden a diario.

Me impresionó un chiste de los últimos días. En la puerta de un destartalado rancho de latas, uno de sus ocupantes leía un diario económico, de esos que se leen en la city. Su vecino le pregunta, asombrado: «Qué es eso que estás leyendo?»El otro le contesta: «Es que la clase media se nos viene encima».

Las propuestas y acciones del gobierno a través de la ley de urgencia, del presupuesto, de las medidas anunciadas en la ley de urgencia bis, con algunos matices, insisten en el camino que venimos recorriendo a lo largo de los últimos 15 años. En algunos casos el origen es más antiguo: ver y leer a Végh Villegas.

No es correcto decir que el doctor Jorge Batlle no cumple las promesas electorales. Hay que reconocerle ese mérito. Anunció muy claramente lo que haría. Las promesas del acuerdo de blancos y colorados previo al balotaje esas sí eran para la galería y allí están: cada día mejor archivadas.

Es verdad que lo que superó todas las previsiones es la herencia dejada por el gobierno anterior. Las cifras manejadas durante la campaña electoral, aun las más funestas, han sido generosamente superadas. Esto explica una parte del crédito que mantiene el gobierno con la opinión pública. Mucha gente percibe el fardo impresionante que le dejaron. La otra parte del crédito está en las actitudes liberales y democráticas, en el relacionamiento político, en el tema de los desaparecidos y en un estilo político más abierto. Pero ese tiempo no es infinito. La impaciencia crece y las expectativas se agotan.

Hay, sin embargo, un aspecto fundamental que debe considerarse. Tiene que ver con el manejo de los tiempos políticos. Pero sobre todo con los tiempos de toda la sociedad que, en definitiva, son los más importantes: los que vinculan al ciudadano con el poder, a las personas con el sistema político.

Los uruguayos asistieron y participaron en el proceso electoral más largo de toda su historia, cuatro interminables rounds de debates y votaciones. Cuando la participación electoral baja en el resto del mundo, los uruguayos superamos el 90 por ciento de votantes en las tres instancias finales. Los ciudadanos cumplimos. Ahora tenemos pleno derecho de exigir.

Y exigimos formas de decisión, de protagonismo. No es posible que debamos esperar cinco años para hacer escuchar nuestra voz. Nadie puede venir a darnos lecciones de democracia participativa. Por eso los ciudadanos miramos hacia el gobierno, hacia el Parlamento, hacia las intendencias. También, a pesar de la diferencia, reclamamos a los partidos políticos. Lo hacemos con todo el sistema institucional y político.

La oportunidad de una iniciativa de una reforma de la Constitución ahora es, sin duda, discutible. La gravedad de los problemas sociales y económicos imponen otros escenarios y otras prioridades. La política es, en definitiva, el arte de manejar los tiempos posibles.

Lo que no es discutible es que una fuerza política con vocación de gobierno que constituye el 40% del electorado, y hoy se siente representando en sus propuestas de soluciones a la inmensa mayoría de la población, deba aceptar con pasividad la frustración permanente.

Las coaliciones siempre son una negociación permanente, aún con el balotaje. No hay posibilidad de soldar los votos de manera definitiva. Tampoco debe ser fácil compartir la coalición de gobierno con las actuales figuras de los partidos. Todos sabemos de qué estamos hablando.

La izquierda y los progresistas no quieren perder, en el ritual de los procesos políticos, esa referencia esencial: el individuo concreto. Y menos aun resignarse a quedar ciegos, mudos, sordos y paralizados.

Lo que nadie puede pretender es que el papel del EP-FA sea el de depositar propuestas, ideas económicas, proyectos en el altar del gobierno periódicamente para ser sacrificado en la sistemática ceremonia de los esquemas precocidos de la coalición. No dejan una rendija libre.

La generosidad y el realismo de la oposición, tanto del EP-FA como del Nuevo Espacio, merecen el mejor de los reconocimientos. Sin renunciar a jugar su rol de oposición, han jugado en la cancha grande ante problemas nacionales. Pero no puede pretenderse de nadie que no quiera su suicidio político que su actividad principal sea la de contestar las políticas del gobierno sin capacidad de iniciativa.

Esto le hace mal al país. Para que el sistema funcione, la oposición no sólo debe controlar y expresar el balance del sistema político. También debe ser capaz de promover temas nuevos, de tener iniciativas. Y no para tener chance dentro de cuatro años, que a esta altura no es lo más importante. Debe ser así para que la visión, la opinión, la sensación de una parte muy importante de la ciudadanía tenga posibilidades de expresarse y concretar sus aspiraciones.

Las elecciones no son una tómbola del todo o nada. Determinan gobierno y oposición pero también fijan una dialéctica de negociación, de búsqueda de consensos, de caminos posibles, de políticas de gobierno y de políticas de Estado. Y es absolutamente negativo que en materia económica
y social la oposición y la sociedad, a través de las organizaciones sindicales, rurales, empresariales, profesionales que la representan, no tengan ningún espacio de negociación y de realización.

Las fuerzas progresistas y cualquier partido político tienen el derecho y la obligación de construir una agenda política e institucional. También es menester que sepa elegir bien los tiempos, obviando debates internos inoportunos. Pero por sobre todas las cosas debe priorizar los tiempos y las preocupaciones de la sociedad.

Este fue el motor de la propuesta de Vázquez para abrir un debate sobre las grandes líneas programáticas, estratégicas y hasta identificatorias de la izquierda uruguaya. Es esta una prioridad absoluta hoy, para disputar el gobierno en 2004 y para gobernar.

«Repasemos mentalmente lo que fueron 1996, 1997 y 1998 para esta fuerza política; el tiempo, las energías y hasta la credibilidad que dedicamos a polemizar entre nosotros y a resolver asuntos internos fue tiempo, energía y credibilidad que le quitamos a lo que es la razón de ser del Frente Amplio: una herramienta política de cambios progresistas al servicio del pueblo uruguayo», decía Vázquez en su informe en el Plenario del Frente Amplio.

Con el mismo sentido de oportunidad y de atención a los tiempos de la sociedad es que propone, desde el acto del 29 de setiembre, caminos concretos y posibles de entendimiento para salir de esta crisis terrible. Sin renunciar a su papel de oposición, antepone los intereses nacionales y las responsabilidades de los actores políticos. En primer lugar, los del gobierno.

Umberto Eco, señalaba su admiración por Roger Bacon, porque «creía en la fuerza, y en las invenciones espirituales de los sencillos, porque éstos no se pierden como los sabihondos en las leyes generales, olvidando al individuo concreto». La izquierda y los progresistas no quieren perder, en el ritual de los procesos políticos, esa referencia esencial: el individuo concreto.

Y menos aun resignarse a quedar ciegos, sordos y paralizados.

* Analista

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