La caducidad creciente de la forma nacional
Y se viene el global presidente. Multitud de genuflexos lacayos se posternarán a su paso. Guapos le saldrán a bien guardar las espaldas. Pero él, con sus mejores artes de pesca y sofisticadas carnadas, viene a pescar al Uruguay.
Hoy el Uruguay se encuentra en una encrucijada histórica. Retomar el papel asignado en el seno del Imperio Británico, ser «un algodón entre dos cristales», obstáculo permanente para la integración de Argentina y de Brasil, núcleo central de la unidad política y económica latinoamericana. Jugar de peón de la diplomacia norteamericana en la región, durante los gobiernos que van de Amézaga a Luis Batlle,1945 a 1955, levantando la doctrina Rodríguez Larreta que postulaba «la caducidad creciente de la forma nacional», instigando al intervencionismo militar en la región, la subversión gorila en la Argentina, o la apuesta menemista de Jorge Batlle. O ser nexo, elemento catalizador de esa unión. El estado oriental puede jugar el papel sureño del pequeño estado de Washington, creado para capital de la Federación norteña, venciendo así los recelos de sureños y norteños.
Luis Alberto de Herrera vivió este dilema existencial oriental, volver a él puede sernos de utilidad en este cruce de caminos. Es en los años cuarenta, donde Herrera debe librar su gran batalla en defensa de la integridad latinoamericana, tratando de neutralizar las políticas cipayos, proimperialistas de los gobiernos colorados de época, que habían convertido al país en punta de lanza imperial fundamentalmente contra los hermanos argentinos. Había surgido en la década del cuarenta, la doctrina de la intervención multilateral, las soberanías restringidas según el criterio de «legitimidad democrática» que marcara el «democrámetro de Washington». Sobre la doctrina del panamericanismo, se libraría en Uruguay una de las principales batallas por la autodeteminación de los pueblos americanos. El Departamento de Estado de los EEUU delegaría en el gobierno colorado de la época y su canciller, Rodríguez Larreta, el lanzamiento de la doctrina de la intervención multilateral, toda vez que las democracias, según Washington, fueran amenazadas. Solo Herrera desde El Debate, resistía el embate antiargentino La abundante prensa colorada se engrosó con los laderos del gobierno representados en el gabinete por el Canciller Rodríguez Larreta y su diario El País. A ello debe agregarse la despistada prensa de una izquierda testimonial, internacionalista y colonial.
Es que lo más difícil para los orientales es mantener la cabeza sobre los hombros, alineada con sus pies. Nuestras mentes se disparan, a por lo menos 180 grados al occidente o al oriente, del punto donde tenemos los pies del suelo americano. Esas disparadas del intelecto hacia el oriente u occidente, suelen lograr acuerdos en propuestas que están en las antípodas de las realidades de nuestros pueblos.
«Es el destino de los vencidos asumir la ideología de los vencedores», dice con acierto su biógrafo E. V. Haedo, en nuestra América, noqueada su conciencia por reiterados golpes gorilas. Una victoria no está completa si no se catequiza a los sobrevivientes. Prueba patente de este fenómeno lo constituyen los partidos «neo-socialistas» en España y América.
Las propuestas liberales de ministro Astori son la envidia de los intelectuales del proceso. Su política cambiaria atenta contra nuestra integración regional. Su reforma tributaria contra la producción local. Se sigue fomentando nuestro papel de zona franca regional, ampliando ese carácter a la industria forestal. Hoy una de las mayores obsesiones del publicista liberal Dr. Ramón Díaz, como la autonomía política del Banco Central, pueden ser legitimadas por el 51% de la representación nacional. Esta es la última resignación de soberanía en política monetaria de estos países, es la consolidación del principio de «la caducidad creciente de la forma nacional». Que tiene efectos prácticos sobre la vida de la gente, puesto que la manipulación del tipo de cambio regula los flujos de riqueza entre los países. Los niveles de actividad interna dependen de los tipos de cambio, como una célula viva depende de sus membranas semipermeables para existir.
Caducos políticos cagancheros postularon primero la caducidad de la soberanía, luego la de la justicia, al considerarla una obsoleta pretensión punitiva. Como los muertos vivientes de las series de terror, los caducantes resucitan en el partido de gobierno. Se vienen amenazantes, la caducidad de la soberanía monetaria, y la caducidad de nuestra identidad latinoamericana. Este pueblo no soporta más caducidades.
Recuperando memoria, haciendo conciencia, impediremos que caduque en los jóvenes la esperanza de Patria para los pueblos del sur. *
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