Segundo aniversario del gobierno progresista
En nuestro editorial del pasado jueves 1 de marzo, nos referimos al acto que tendría lugar esa noche (que fue suspendido por el mal tiempo y postergado para el viernes 2) en la Plaza Independencia.
Sosteníamos entonces que dicho acontecimiento era un hito histórico dado que los anales no registran precedentes de algo similar. «No es habitual que un presidente de la República se presente en la plaza pública para rendir cuentas a los ciudadanos al cabo de dos años de gestión.
Estamos acostumbrados, sí, a que los mandatarios se dirijan a la población por cadena de radio y televisión cuando se trata de aclarar alguna duda, de desmentir alguna especie o de anunciar alguna medida excepcional. Pero este contacto directo del presidente con su pueblo no tiene antecedentes en la historia nacional, y entendemos que el hecho merece destacarse».
En efecto, desde que los medios audiovisuales se impusieron en el país, los gobernantes de turno no han desperdiciado la oportunidad de llegar a todos los hogares a través de la pantalla chica utilizando la cadena nacional. Un recurso al que han apelado, sin excepción, todos los presidentes de la República, desde los últimos presidentes del Consejo Nacional de Gobierno a mediados de los sesenta hasta el doctor Jorge Batlle pasando por los gobernantes de facto y los doctores Sanguinetti y Lacalle.
Sin embargo, como queda dicho, si bien los presidentes mencionados pudieron dirigirse a la población y exponer su punto de vista sobre la situación del país, nunca se enfrentaron con el pueblo liso y llano en una suerte de ágora donde quedarían expuestos a las críticas, silbidos, abucheos y toda otra posible manifestación de rechazo. Una cosa es comunicar desde un estudio de televisión y muy otra cosa es subir a una tribuna en la calle y enfrentarse con el pueblo.
Como decíamos en ese mismo editorial, el acto del viernes se inscribe en una práctica inaugurada por el doctor Tabaré Vázquez de ponerse periódicamente en contacto con la gente; recuérdense las reuniones del Consejo de Ministros en lejanas poblaciones del interior, circunstancia propicia para que las autoridades conozcan de fuente directa la problemática que viven sus habitantes y para que se establezca un diálogo fructífero entre gobierno y ciudadanía.
Más allá de los comunicados oficiales, de las declaraciones y de las entrevistas a los ministros, la gente que anda y arde en la calle tuvo la oportunidad de escuchar directamente y sin intermediarios los anuncios, análisis y comentarios sobre la gestión de gobierno de boca del presidente, en una suerte de asamblea en la que el pueblo reasumió de algún modo su soberanía.
Llaman la atención las airadas reacciones de los líderes opositores ante el acto convocado por el presidente. El doctor Lacalle, por ejemplo, criticó ásperamente la realización del acto aventurando la tesis de que el presidente estaba al borde de la ilegalidad. Dijo Lacalle en el semanario digital Patria: «El aplauso, la ovación son un gran tónico para quienes estamos en esta función política. Un ‘baño de multitud’ como decía el general De Gaulle, es bienvenido y codiciado. Lo que no corresponde entre nosotros es que se confunda una plaza llena con la representación de todo el país. Esta está en el Parlamento».
Si los gobiernos anteriores, gobiernos de los partidos tradicionales, no quisieron sumergirse en ese «baño de multitud» fue, muy probablemente, porque no estaban muy seguros de su poder de convocatoria. Y también, porque al cabo de dos años de gestión, nunca pudieron exhibir el índice de aprobación con que cuenta el gobierno progresista. *
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