Una casa, un barrio, una ciudad, un país
Intentaremos realizar el desarrollo de lo que los seres humanos efectúan a lo largo de su existencia, desde el mismo día en que nacen hasta el último que llegan a vivir. Cada uno de nosotros, según su situación económica, ha utilizado un techo donde cobijarse. La mayoría, de mediana calidad, otros de buena categoría y lamentablemente muchos de la peor.
Nacemos en una casa que nos cobija y luego durante cierto tiempo, o la cambiamos o seguimos en ella hasta el final. Es decir, con ellas compartimos toda nuestra existencia y muchas veces, sin darnos cuenta para nada. Hoy quiero destacar el enorme valor que ellas tienen en nuestras vidas, por sus características, por sus dimensiones o por sus ubicaciones, porque están integradas a un barrio, que también ejerce su influencia en nosotros, pero que pertenecen a una ciudad y por supuesto al país de nuestra nacionalidad.
En nuestro caso particular, me referiré a Montevideo, ciudad donde nací y además que por las características de ella, que cuenta con los parámetros de una ubicación estratégica en el mapa de América, pero que fue desarrollada por seres humanos que construyeron edificios, monumentos, plazas, parques y sobre todo su infinidad de barrios.
A manera de explicación quiero comentar que estoy obligado al desarrollo de varias notas que irán apareciendo por la gentileza de este periódico y por las cuales tratare de trasmitir las atractivas sutilezas que contiene nuestra querida capital.
Una casa, es el ámbito inicial de nuestra llegada al mundo, en ella crecemos, nos desarrollamos y transcurrimos cada día de nuestra existencia. Tantos que varían según muchísimas circunstancias, pero de verdad, quien no recuerda el lugar donde paso su infancia, con la familia, con los vecinos, con los amigos o tal vez solitos, según lo determine el destino. Si hacemos un resumen, es muy probable que recordemos con nostalgia cada una de esas casas o apartamentos donde vivimos y por eso mismo se convierten en pilares de nuestra existencia.
Por supuesto que la ubicación resulta fundamental y es allí donde surge el recuerdo de cada cuadra o barrio donde pudimos estar la mayoría de nosotros y que nunca olvidaremos esos tiempos y, estoy seguro, que no le hemos dado la importancia que han tenido en nuestras personas. Nuestra casa o, mejor dicho la de la familia donde compartimos inolvidables jornadas, es el jalón inicial de la aventura de la vida.
Por eso gravito intensamente en nuestra sociedad, el contenido expresado por el antropólogo urbano Ariel Gravano, cuando en 1994, fuera invitado por la Cátedra de Sociología de la Facultad de Arquitectura y la de Antropología Social de la Facultad de Humanidades, quienes estaban preparando una acción de campo desde la antropología urbana, con la participación de sociólogos, antropólogos, arquitectos que, trabajando juntos, prepararon lo que llamaron «Realizaciones urbanas y descompensación social».
Allí se pudo comprender el significado de la antropología urbana y, arquitectos, ecologistas, ingenieros, funcionarios, miraron la ciudad desde su existencia física, material, en el espacio en que vive la gente. El argentino Gravano mencionó la opinión que difundiera una autoridad urbanística como Lewis Munford, que comparaba a la ciudad con una sinfonía, porque en ella se condensa toda la problemática social moderna. La actividad del hombre, ya sea política, económica, comunitaria, deportiva. La ciudad sirve para definir lo lejano y lo cercano, por lo que implica una sinfonía de problemas, que serán abordados desde la gestión social.
Y entonces nos preguntamos qué parte de la ciudad me acaricia y cuál me arremete, o de qué color es mi ciudad, azul, gris o verde. Para la mayoría de nosotros, el amor aparece ligado a los lugares públicos, las plazas, los parques, la rambla, lo que hace de Montevideo una ciudad muy querible por su gente. *
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