Un rumbo encaminado al puerto del progreso

La larga enumeración de hechos realizada por Tabaré Vázquez en su discurso del viernes, extenso y sustancioso, sirvió para fortalecer el apoyo de los uruguayos a la figura presidencial. ¡Es indudable! Su alocución, que pudo ser leída en su totalidad en la edición de LA REPUBLICA de ayer, fue el discurso de un gobernante que rinde cuentas a su pueblo, a quienes confiaron en él, a todos los ciudadanos. Informó detalladamente de las políticas llevadas adelante por el gobierno que han determinado, objetivamente, una mejoría generalizada en el nivel de vida de la gente.

Fue una exposición madura y necesaria, por las características de rendición de cuentas que tuvo, sin dejar de lado ­claro está­ las materias pendientes que aún quedan en el país y que el gobierno piensa ir encarando en el tiempo que le queda de acuerdo a los plazos institucionales marcados por la Constitución de la República.

Además el Presidente no escapó de ningún tema, ni tampoco minimizó otros. Cuando se debió referir a eventuales hechos de corrupción que podrían aparecer luego de concluir alguna de las investigaciones que están en marcha, dijo con todas las letras que al gobierno no le temblará la mano para erradicar a los responsables, adoptando las medidas adecuadas para evitar hechos de esas características.

Tampoco eludió definirse en torno a la llegada del presidente de EEUU, afirmando que Uruguay y su gobierno son soberanos, no le hacen mandados a nadie, y reciben al primer mandatario de la principal potencia del mundo, porque ello es necesario en el marco de las relaciones comerciales y diplomáticas recíprocas entre dos países que mantienen amigables relaciones. «No somos cómplices de nadie», sostuvo.

En ningún momento el doctor Vázquez barrió debajo de la alfombra, escondiendo problemas, pero eso sí, con satisfacción evidente, mostró una cantidad de logros que son el producto de un esfuerzo denodado y de una orientación que le está sirviendo con claridad a los uruguayos. Habló de la caída a niveles históricos récord de las cifras de mortalidad infantil, así como también de la mejoría del poder de compra de la gente, en un crecimiento de la capacidad de compra de un mercado interno que está siendo un motor invalorable para nuestra economía, el que muchas veces si minimiza, olvidándose que significa el 80 por ciento del total movimiento comercial del país, contra el 20 por ciento del comercio exterior.

La actual situación de bonanza que vive la sociedad uruguaya, sin duda, es producto de la inteligente política distributiva del gobierno, que mejoró el nivel del salario real, lo que determinó que el consumo a los fines del año que caducó, creciera un 16 por ciento. Ello, sin duda, se ha visto reflejado en la caída del desempleo, en la creciente actividad industrial, comercial y de servicios y en la importación de máquinas y herramientas, para abastecer al referido sector industrial, en un proceso que se ha detenido, en razón de factores todavía no claros, pero que tienden a revertirse.

Claro, y Vázquez lo reconoció, hay todavía islas a las que la bonanza generalizada no ha llegado. Por ello, se impulsa la obra, tanto basada en la inversión pública como privada, para seguir movilizando la economía, continuando además en el camino exitoso de los Consejo de Salarios, ahondando una justicia distributiva que es necesaria para la armonía del conjunto de la sociedad.

Los problemas que quedan por resolver son muchos y difíciles. El gobierno lo sabe muy bien y por ello trata de consolidar, sobre la base de una muy férrea disciplina fiscal, el gasto del Estado.

Un buen examen el del presidente Vázquez que pudo sintetizar en tres horas las muchas cosas concretadas hechas en dos años de fecunda labor, en la cual los éxitos han sido mucho más elocuentes que los fracasos, que tampoco ocultó el mandatario.

El de Vázquez fue un discurso moderno, democrático, informativo, sustancial para todos los uruguayos en el que, más allá de banderías políticas y convicciones ideológicas, ahora podemos ver con claridad cuál es el rumbo del país. Sólo no lo ven quienes están obnubilados por el sectarismo, en una especie de ostracismo infecundo que sólo determina en una creciente soledad.

No advierten que el rumbo, más allá de los vientos de tormenta que en ocasiones se deben sortear, siempre está encaminado al puerto del progreso. *

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