La hermandad al estilo Kirchner

La nueva vuelta de tuerca dada por el presidente argentino Néstor Kirchner en torno al conflicto por la construcción de la empresa pastera en Fray Bentos, tiene graves connotaciones. Está mostrando un nuevo capítulo de una larga serie en la que el gobierno argentino, con el fin de no tener que adoptar medidas impopulares que puedan perjudicar su imagen entre los «ultras» de Entre Ríos, sigue echando leña al fuego y erosionando las relaciones con Uruguay.

Y ello, más allá de que Kirchner esté montado en una bonanza económica producto también del coyuntural fenómeno que se caracteriza por los buenos precios de los commodities y la evidente participación en el consumo interno en los números del crecimiento, no logra afirmarse en una serie de valores democráticos que, obviamente, afianzarían su presidencia.

No es posible que admita que en su territorio haya habitantes de dos categorías, unos que violan la ley con el consentimiento del gobierno y la protección de la Gendarmería y otros, que no puedan transitar, ni trabajar, porque un grupo de «ultras» que se proclaman asambleístas defensores de la ecología, en una vorágine militantista trata de que fracase en Uruguay el enclave industrial que está significando la mayor inversión extranjera de la historia.

¿Qué dijo Kirchner, en su lenguaje meloso y falso? «Querido Tabaré: negociar haciendo solamente lo que ustedes creen que hay que hacer, por más buena fe que tengan, es acatar, no negociar. Nosotros queremos dialogar, negociar, paz y hermandad entre Uruguay y Argentina. Nosotros no hemos sido los que hemos violado el Tratado del Río Uruguay, nos duele en el alma no encontrar una voluntad negociadora para relocalizar y alcanzar un punto de acuerdo que sintetice los intereses de los dos países».

Insólito el tono, y el planteo. El primero, de un perdona vidas, que busca el aplauso fácil, cuando él mismo sabe que tras el conflicto hay cosas graves planteadas, como el trabajo de cientos o miles de personas que se ven afectadas por el corte de rutas. Pero eso no es todo. Un corte de ruta que se mantiene por la inacción exasperante del gobierno argentino que, obviamente, es violatoria del Tratado de Asunción, que determinó aspectos básicos para el funcionamiento del Mercosur.

Una violación del tratado que Kirchner olvida para referirse solamente a una supuesta no comunicación de Uruguay, durante el gobierno de Batlle, a la CARU, sobre la construcción de la planta de la empresa Botnia, tema que posteriormente quedó zanjado en una conocida reunión de los cancilleres Bielsa y Opertti, que firmaron un protocolo sobre el punto.

Además Kirchner vuelve a plantear la relocalización de la planta de Botnia, sabiendo que ése es un objetivo tan imposible como absurdo. Es imposible, porque la planta está prácticamente terminada y casi lista para comenzar a producir, convirtiéndose además en un absurdo que va contra la inteligencia, porque la misma se ha levantado, como hemos repetido reiteradamente, en base a la más moderna tecnología, por la cual no contaminará ni el agua ni el aire. Y ello lo aseguran todas las consultorías independientes que han producido informes.

Un periodista argentino denominó a ciertos discursos del presidente argentino como la política del atril, en la que busca el aplauso fácil y la inmediatez política del éxito, que entiende, le es necesaria para sustentar su reelección o la candidatura de su esposa, Cristina Fernández. No advierte que esa estrategia es lamentablemente dañina, pues de alguna manera limitará a los negociadores que comenzarán a hablar este fin de mes en Madrid, luego de los exitosos buenos oficios realizados por el rey de España.

Si se parte de esos criterios, de que Uruguay pretende imponer objetivos de máxima, sin aceptar contrapartidas de ningún tipo y, paralelamente se está planteando la enormidad inaudita que significa la relocalización de la planta, lo que es prácticamente imposible.

Es bueno contestarle a Kirchner con sus propias palabras, porque esta teoría de máxima, del hecho consumado, es un argumento que puede servirle un tiempo, pero no para todos los tiempos.

Para todos los tiempos hay que trabajar con el sentido de hermandad y llegar a acuerdos razonables que favorezcan a los pueblos. *

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