El desánimo uruguayo

La actitud de menosprecio que tenemos muchos uruguayos por nuestro propio país es sorprendente y, por supuesto, no condice con las esperanzas que se deberían estar abriendo por cuanto, por primera vez en muchos años, estamos insertos como país en un proceso sostenido de crecimiento y, de alguna manera, por medio de algunos instrumentos que se han echado a andar, ha ido mejorando la distribución del ingreso, bajando el número de pobres y creciendo, como es evidente, las posibilidades de ahorro de la población.

Sin embargo día a día nos enfrentamos a comentarios y hechos sorprendentes, insólitos, que muestran una actitud psicológica claramente derrotista de muchos compatriotas que, pese a los signos positivos que se ven en el país, siguen encandilados por las luces deslumbrantes de los países desarrollados, aunque allí nuestros compatriotas para insertarse tengan que pagar un costo altísimo.

Permítasenos referirnos a la situación planteada contando una situación mínima, una pequeña anécdota que nos parece aleccionante del estado de frustración de muchos uruguayos. Cuando se estaba por jugar el partido entre Nacional de Montevideo e Internacional de Porto Alegre, un periodista de televisión reporteaba a hinchas del equipo brasileño que habían llegado masivamente hasta el Parque Central, siguiendo a su equipo. La pregunta fue: «No tenían nada mejor que hacer que venir al Uruguay».

No recordamos la respuesta, pero la pregunta, claramente producto de una mentalidad derrotista que no valora lo que se tiene en este país, es la que harían muchos uruguayos ante situaciones parecidas. Por ello, cuando el país creció sostenidamente durante todo el año 2006, período en el cual se pudo determinar un aumento del consumo del 15% y al final de la que se produjo una «explosión» de turismo interno que descolocó a la mayoría de los operadores, ¿cómo explicar que se hayan ido del país 17 mil uruguayos?

La única explicación es esa visión derrotista, creada por años y años de crisis, de politiquería exacerbada por parte de gobiernos incapaces de resolver los problemas del país en que servía el acomodo, la tarjeta de recomendación, y la panacea era el conseguir un puesto público, «inamovible», para vegetar hasta la muerte en el marco de una mediocridad gris y egoísta.

El país en lo político pudo sacudirse una estructura política caduca que, quizás, en la actual realidad pueda renovarse y pueda revertirse en fuerzas modernas que objetivicen los distintos intereses o ideologías y que los defiendan con altura dialéctica y capacidad política.

Por su parte nos gobierna una coalición que también tiene dificultades pero que, de alguna manera, ha trazado una línea de trabajo que está siendo exitosa y ello por diversas razones. Es verdad que la coyuntura internacional vinculada al gigantesco crecimiento de la economía de China e India, está viviendo una situación muy favorable a nuestros intereses. Pero también es cierto, que el gobierno, por vía de algunas medidas adecuadas, ha podido ir distribuyendo más equitativamente el ingreso (consejos de salarios, subsidios del Panes, mejoría en la capacidad de absorción de mano de obra, etc.), lo que ha redundado en un «estar mejor» que no solo muestran los cómputos del Instituto Nacional de Estadística, sino la afluencia de gente a los restaurantes, las entradas a los espectáculos que se venden, los automóviles usados y nuevos que se comercializan, las obras públicas y privadas que están asombrando, en definitiva, lo que integra ese 15% de mayor consumo y algunas políticas de desarrollo.

Por supuesto que en el país no están todos los problemas resueltos, que de la crisis no se ha pasado a la panacea. Pero es evidente que existen muchos signos positivos que no debemos desatender.

Combatir el desánimo tan uruguayo es una necesidad para prepararnos para el país del futuro.

El que entre todos debemos construir. *

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