Hace mucho tiempo que "no salimos en la foto"

Alfredo Errandonea

Ya nadie lo discute: la actual situación del país es desastrosa. Desde el propio gobierno, ella constituye el argumento para el Presupuesto quinquenal malthusiano que ha remitido al Parlamento.

Quedaron muy lejos aquellos intentos sanguinettistas que pintaban un panorama color rosa, con el pretendido apoyo técnico de un supuesto «desarrollo humano» uruguayo reciente.

Se disparó la tasa de desocupación, que ya supera el 14%; lo que en realidad implica, dada la forma en que ella es medida, que una cantidad bastante mayor del doble de esa proporción de la población activa tiene problemas ocupacionales. Las tasas son mucho más altas en los grupos de edades juveniles, en verdadera obstrucción de la incorporación de las nuevas generaciones en el mercado de trabajo. Y, en medio de una gran inestabilidad laboral –que se procura institucionalizar– la pérdida del empleo a determinada edad significa prácticamente también la de la esperanza de reobtener otro.

La industria nacional está postrada. El agro padece una crisis que se afirma, por parte de sus organizaciones gremiales, como la históricamente más grave experimentada en el país; y que está promoviendo inédita movilización del sector. Se proyecta una verdadera reducción en el salario real de los funcionarios estatales, una disminución en la inversión pública que se traducirá en mayor merma en la ocupación. Varios sindicatos están aceptando reducciones salariales, porque se sienten obligados a defender el empleo, que –en su actual debilidad– creen poder hacerlo sólo por ese medio.

La recaudación cae. El déficit fiscal no es solamente muy superior a lo que declaraban las autoridades en la campaña electoral, sino que supera el mucho mayor que suponía la oposición. El endeudamiento externo sigue creciendo geométricamente, y con él su servicio de intereses. Tanto las empresas como el público consumidor del país, se han endeudado en dólares y a intereses altísimos, en grados que superan su capacidad de pago; lo que obstruye el camino de acelerar el ritmo devaluatorio de una moneda nacional sobrevaluada, sin acarrear con ello otra catástrofe.

Obviamente la capacidad de competitividad externa del país se sigue deteriorando y el mercado interno contrayendo. Para bajar el llamado «costo uruguayo» se reducen los aportes patronales a la Seguridad Social, desfinanciándola aún más. Y la otra variable de ajuste sigue siendo el salario.

Por supuesto, ya aparecieron los «genios financieros» de la política criolla que proponen liquidar los activos públicos, aunque sean empresas que le producen al sector público importantes ganancias y que se ocupan de actividades estratégicas, como Ancel. Para acercarse a su sueño decimonono del «Estado juez y gendarme»… .

Pero estas aseveraciones no son el mero resultado del análisis de los datos estadísticos sobre la realidad del país. No constituyen indicadores más o menos esotéricos que permiten a los entendidos hacer un diagnóstico. Se traducen en una realidad palpable, del país real y concreto, que cotidianamente experimenta cada uruguayo.

Los cantegriles y la pobreza visible crecen de manera incontenible. Como consecuencia del incremento de la marginalidad también aumenta la delincuencia y la inseguridad, se llenan las cárceles, crece la violencia callejera y en los espectáculos deportivos; todo a grados que hacen irreconocibles las pacíficas costumbres uruguayas de convivencia.

Aunque forman parte importante del discurso oficial, las políticas sociales no son prioridad real y se convierten en impotentes paños tibios; cada vez más reducidos. La Salud Pública se descalabra; el mutualismo asistencial se quiebra a la vista de todos. La Educación –con cuya «reforma» el anterior gobierno se hizo gárgaras– se desfinancia gravemente, incluso a juicio de aquellos que en el actual oficialismo puso a su frente, pese a que están decididos a mantener salarios vergonzosos para sus docentes. Se pretende reducir el presupuesto universitario, y se vuelve a condenar a la investigación científica nacional a la desfinanciación; todo lo cual es objetiva traición al futuro del país.

En fin, una situación nacional que es un verdadero catálogo de calamidades. Como si acumulara en su contra todas las condiciones negativas habidas y por haber. Sin embargo, todo ello ocurre en un país que no experimenta ninguna de las catástrofes naturales que cunden en otras latitudes (terremotos), erupciones volcánicas, huracanes, maremotos, graves inundaciones que destruyan su infraestructura); ni ha experimentado ninguna de esas guerras que ocurren en los más diversos rincones del mundo, de las que nos traen noticias diarias los informativos. En un país con benignidad de naturaleza y clima, con un territorio en un 90% altamente apto para la producción y los asentamientos humanos, y con una escasa población tradicionalmente pacífica y capaz.

No obstante, la crisis lleva décadas; y cada vez se renueva de forma más aguda. Para ella, la respuesta oficial desde el equipo económico del gobierno, es la reincidencia por enésima vez en el recetario neoliberal. Que hace recaer su costo en la producción y en los sectores populares; y que ya ha probado fehacientemente su incapacidad para permitirle al país salir de ella. Lo que no impide a los sabiondos sobre nuestra economía volver a anunciar, también por enésima vez, que en no se qué mes del año que viene comenzaremos a salir de ella… Y al presidente Jorge Batlle a afirmar que si no seguimos a fondo ese camino, «no saldremos en la foto».

Aunque en realidad, cada vez es más general la imagen de nuestra elite como administradora de la agonía. Lo que se traduce en la generalización de la desesperanza. Por eso, los jóvenes se apiñan en colas interminables para tramitar el pasaporte, en espectáculo espeluznante de desintegración nacional.

*Sociólogo

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