De uruguayeces y otras sandeces

La filosofía en tiempos de saldos

En la última edición del semanario de la derecha financiera un analista, probablemente convencido que sus divagues serán recibidas con una suerte de indulgencia general e irrestricta, se lanza al campo de la reflexión acerca de la naturaleza del «ser nacional».

Habida cuenta de las pretensiones de sus aforismos sobre «el uruguayo» sus referencias bibliográficas se reducen a la cita de ciertos fragmentos del Franklin Rodríguez que componen un sketch de la obra «Vengan a vernos, por favor», que se exhibe para gran diversión del público en el Teatro de la Gaviota, antiguo Stella D’Italia.

Nuestro filósofo, como se ve, ligero de equipaje, empieza por denunciar la existencia de lo que llama «un ritmo uruguayo».

Según nuestro hombre ese ritmo es demasido lento, de acuerdo a los tiempos que por el mundo corren: «Uruguay no tiene más tiempo para perder en ‘uruguayeces’ porque el mundo en que está no se lo permite.»

Su gran preocupación es que «a la hora de decidir dónde poner su dinero a trabajar, las empresas e inversores extranjeros (…) no tienen en cuenta al Uruguay.»

Esto ocurre, sostiene, porque en Uruguay ocurren muchas cosas absurdas: «Cuando un extranjero ve que los impuestos que se cobran se destinan en un 70% para pagar una mala burocracia y unas penosas jubilaciones, sólo puede concluir que los uruguayos han perdido la razón».

Entre los absurdos que más hieren a nuestro divulgador filosófico están los sueldos (a su juicio desproporcionadamente altos) de los ascensoristas de UTE, los salarios de los choferes de Ancap y de los empleados administrativos de Antel. (¡)

Se agravia, al mismo tiempo, de los bajos salarios de maestros, enfermeros y policías, para concluir: «Es tan absurda esta situación, que si así se planteara, hasta los uruguayos más recalcitrantemente estatistas podrían llegar a estar de acuerdo en cambiar.»

Para nuestro hombre, la vida contemporánea ya no tolera el «ritmo uruguayo» para hacer las cosas. (…) Y si alguna vez, para moderar ciertos impulsos, Uruguay necesitó guiarse por el modelo batllista representado por la frase «el que se precipita, se precipita», ahora el país precisa arraigar el modelo «el que se queda, se queda.»

El descocado filósofo situacionista no da una en el clavo.

¿La uruguayez y el lento ritmo del país?

¿Lentitud de los uruguayos?

¿Pero acaso se desconoce la rapidez con que un especulador extranjero puede comprar en Sarandí y Ciudadela una Sociedad Anónima Financiera de Inversión y con ella emprender actividades que son ilegales en otros países de la región?

¿Acaso nunca ha oído hablar la vertiginosa presteza con que en Uruguay se ingresa y se blanquea en el sistema bancario las partidas de oro que salen ilegalmente del país?

La «mala burocracia» a la que se alude, ¿será toda igualmente negativa para el país?

¿O habrá quienes, en el ejercicio de la función pública, como maestros, enfermeros, policías, directores de liceos, escuelas y hospitales, han hecho, con su esfuerzo, posible que algunos servicios públicos, aunque sea precariamente, funcionen?

El modelo batllista de los primeros veinte años fundacionales, ¿qué tuvo de parsimonioso o conservador?

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