Argentina: una historia circular

Escrito por: EDUARDO SANGUINETTI - Filósofo

Martes 13 de febrero de 2007 | 6:14
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El sarcasmo absurdo y el anacronismo, configuran la alegoría de la historia argentina. Los condicionamientos impuestos a la misma por quienes la hicieron, deshicieron y escribieron, impidió la formación de este país, con un Interior despoblado(con un cincuenta por ciento de pueblos en extinción) y una Babilonia de los Buenos Aires parásita y antropófaga hacen que los sueños de autonomía y progreso se hayan transformado en una pesadilla de dimensiones demenciales.

El mito de la riqueza argentina confunde, porque es parcialmente una verdad. Frente a tierras europeas y asiáticas castigadas por el trabajo constante de muchas generaciones y la acumulación de habitantes, las tierras argentinas eran milagrosas, verdaderamente un maná.

Trabajada para una población exigua, la horizontalidad de la pampa parecía inacabable. Hoy Argentina ya no es dueña de sus recursos y su tierra la están comprando grupos económicos de Estados Unidos, Inglaterra, Australia, Corea, Francia y España, entre otras naciones.

Si la insularidad disminuye el campo de referencias, premisa imprescindible para construir tablas de valores válidas también en otras sociedades, la incertidumbre, la mentira sistemática hicieron que esta sociedad se educara en el desprecio de la ley: idea tan dominante y arraigada que a poco de andar se transforma en sentimiento.

En el porteño, tal sentimiento engendró la figura de la viveza, extraña mezcla autóctona, que une a una total falta de respeto por el prójimo y sus derechos, una certera rapidez para percibir una posible ventaja y no dejarla escapar. Ella esterilizó aptitudes inventivas en maniobras de dudosa moralidad que generaban la sobrestimación en el agente y el resentimiento y la frustración en la víctima.

Así el “vivo”, difundido y multiplicado por la tolerancia de un tejido sociocultural débil, se instaló en él. Es interesante y triste observar este complejo fenómeno de invasión y seguir sus múltiples variaciones en todos los planos de la vida social y política, pues no nos engañemos, nuestros gobernantes se nutrieron de esos modos y maneras del “vivo” que tanto mal hicieron a la Argentina.

Otro tanto ocurre con la envidia y el resentimiento. El autoritarismo resulta una vez más el propulsor de esta situación, al encaramar a las más altas posiciones a mediocres e ignorantes, cuya arrogancia es pareja a la estrechez de sus perspectivas. Un sistema social fuerte y flexible resiste agresiones que otro débil y rígido no puede soportar.

El sentido circular de la historia argentina que esta editorial pretende analizar podría haber modificado su destino patético en las elecciones sin proscripciones del 30 de octubre de 1983 de las que surgió un presidente constitucional, el doctor Raúl Alfonsín. Se abría con ella la posibilidad de quebrar la fatalidad de la libre y “santa contradicción” de la que está plagada la historia argentina que y que lamentablemente no deja de repetirse.

Estamos ante un año de elecciones en Argentina, a mi entender y manteniendo en suspenso cualquier manifiesto, pienso que ninguno de los Kirchner será candidato. La presencia de Duhalde, quien, recordemos, se retiró de la vida política en 2003 para dedicarse a sus actividades privadas, volvió al ruedo siendo fiel al eterno retorno que caracteriza a los políticos argentinos, con la habilidad de quien sólo puede brillar en la arena de la hegemónica política de este país, creo que en esta instancia electoral un providencial “tercer hombre” puede hacer su aparición, como ocurrió en 2003, es decir, un enigma de grandes dimensiones está planteado.

El Justicialismo, partido único en la Argentina de comienzos de milenio, con casi un cincuenta por ciento del electorado nacional anestesiado, por su estructura jerárquica, rudimentaria, autoritaria y aparentemente anarquizante no desea bajo ningún modo dejar lugar a una oposición hoy conformada por estructuras políticas simuladas con candidatos simulados, los que forman parte de un monolítico aparato político donde no hay lugar para el disenso ni una real confrontación de ideas. Quien se atreve a manifestarse libremente y con idoneidad en temas esenciales para la República en disenso con la política oficial, sufrirá persecución, censura: en fin, el síndrome del paria, sufriendo un exilio interior con la Argentina de hoy: donde todo lo que deba ser hecho será hecho, sin lugar para comprobaciones ciertas.

Los puntos más sensibles de nuestra debilidad están en la carencia de un Poder Judicial independiente. Impregnado por las características de la cultura a la que pertenece, es una valla intermitente y morosa frente al abuso. Su temprana aceptación del autoritarismo significó el apoyo del derecho a su propia violación. Los innumerables efectos de esta complicidad dan lugar a un estado crónico de indefensión del ciudadano ante los excesos de terceros ­en especial, de los aparatos llamados de seguridad­ y prolongan indefinidamente un desorden en la cultura política entera que se manifiesta en su deterioro progresivo.

Es por todas estas consideraciones que se impone el restablecimiento de un umbral jurídico, sin el cual serán vanas las tentativas que pueda intentar el sistema social para recuperarse.

Otra área que precisa sí una profunda revolución es la de la enseñanza en todos sus niveles hasta el posgrado, para que las nuevas generaciones puedan salir del estado semitribal en el que la educación argentina está sumida como resultado de la combinación de ideología, desorden y un plan de anestesiamiento del pueblo en el que las corporaciones económico mediáticas son altamente responsables.

Es preciso que, de producirse estos cambios, los mismos sean administrados sin trabas mentales, sin prejuicios, generosamente, abriendo la puerta al talento y a la creatividad, gracias siempre sospechosas en nuestra cultura.

Derrotar la insularidad ancestral significa ampliar el campo de referencias y dotar a los que no aceptan más esta farsa que vive Argentina, de medios para intentar encontrar una salida en un panorama difuso, no clandestinamente, donde nos darán productos falsificados, sino en la discusión, en la duda, en el acceso a la renovación de conocimientos y con ellos a una vida humana plena.

Se trata de incitar a las nuevas generaciones a examinar su conciencia, para que se decidan a ser protagonistas de la construcción de un país con un alto grado de libertad y civilización, afirmando con responsabilidad su destino y despliegue personal. *

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