Una espiral de absurda intolerancia
El conflicto entre Uruguay y Argentina está adoptando formas indeseables. Lo ocurrido en la Plaza Independencia, de la cual fueron expulsados por una turba siete piqueteros argentinos que llegaron al país con la pretensión de repartir un insólito volante a los transeúntes en pleno centro de Montevideo, muestra que se están perdiendo los controles y que la irracionalidad está imperando sobre la razón.
Por suerte no se convirtió en un incidente grave, entre otras razones por la adecuada actuación policial que protegió a los piqueteros ecologistas visitantes. Pero en verdad, quienes tuvieron la oportunidad de encontrarse por las inmediaciones del lugar de los hechos, quedaron sorprendidos por la masiva irracionalidad de un grupo humano que expresaba sentimientos encontrados y, que, por supuesto, muy flaco favor le hicieron a la democracia uruguaya y a la causa que encabeza nuestro gobierno en defensa de nuestra soberanía ante la insólita pretensión de los ecologistas entrerrianos, de que la planta pastera de la empresa finlandesa Botnia sea erradicada del lugar en donde está siendo levantada.
Decimos que un flaco favor, porque a los ojos del mundo con la repercusión mediática de los conatos, aunque los mismos no hayan pasado a mayores, el que perdió fue Uruguay, apareciendo parte de su pueblo en una posición intolerante, en una intransigencia tan atroz, que se niega a aceptar las opiniones distintas de la delegación visitante. Y ello para los demócratas de ninguna parte del mundo es admisible.
Se dirá que lo que ocurre en las rutas de Entre Ríos, con los dañinos cortes, es violencia. Claro que lo es, pero los uruguayos de ninguna manera podemos responder en el mismo plano de irracionalidad e intolerancia, porque por ese camino no se llegará a ninguna parte.
Se reitera también el argumento que el grupo argentino vino a Montevideo con intenciones de realizar una «provocación», desligando el término de su significado. Porque si los supuestos ecologistas, una delegación integrada mayormente por personas mayores, muchas de ellas mujeres, vinieron con ese objetivo, la reacción intolerante de los grupos que estaban en la Plaza Independencia les hizo conseguir plenamente su objetivo.
Por suerte el conato de incidentes motivó una de las declaraciones más adecuadas sobre las relación binacional que le hemos escuchado al presidente argentino, Néstor Kirchner, quien condenó a quienes en una actitud insólita cruzaron el Río de la Plata con intenciones no muy claras. Para nosotros los objetivos expuestos por este grupo son más bien insólitos, porque corrían el peligro de ser ignorados totalmente y terminar mirándose entre sí, viéndose ridículos como resultado de su acción desubicada.
Por ello la respuesta armada en la Plaza Independencia fue absurda y grave. Repetimos, por suerte, no ocurrió una desgracia que estaba en el haber de las posibilidades, para determinar que la situación se deteriorara más y la situación de tensión que actualmente se vive entre los gobiernos, con un último nivel de distensión producto del acuerdo para retomar el diálogo en Madrid, se fuera al diablo.
Parece evidente que el encuentro de Madrid debe ser tomado por los dos gobiernos como una instancia crucial que no se puede desaprovechar. Por supuesto que la posición uruguaya es relativamente sencilla de sostener, es la de brindar todas las seguridades de que la planta de Botnia no contaminará y además estar atentas a acciones que puedan determinar una aprobación social de su funcionamiento. Si para ello hay que concretar la construcción de un acueducto de desagüe de 30 kilómetros de extensión, habrá que hacerlo.
La situación argentina parece más difícil, por la acción de los piquetes sobre las rutas, una movilización que el propio gobierno argentino dejó crecer alentándola y sobre la cual, a esta altura, no encuentra las formas adecuadas para desactivarla sin afectar, por supuesto, la imagen electoral del justicialismo con vistas a las elecciones del mes de octubre de este año.
Hay que instar a los dos gobiernos a poner todo de sí en esta negociación, tratando de que elementos artificiales no la deterioren.
El destino común de los dos pueblos así lo exige. *
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