Hacia el país productivo

La expresión «país productivo» no es nueva. Fue acuñada por las fuerzas progresistas como réplica y como alternativa al modelo de país impulsado por la oligarquía financiera, puesto en marcha por la dictadura cívico militar y mantenido como ideal de desarrollo por los gobiernos que sucedieron al régimen de facto. El discurso de la derecha vernácula se centraba en la idea de que el destino natural del Uruguay era convertirse en un país de servicios, una plaza financiera y un paraíso fiscal; en definitiva, una republiqueta bananera.

Con esa premisa, se abrieron los mercados de manera indiscriminada y se decretaron exoneraciones impositivas tentadoras para la llegada de «capitales golondrina». Ello condujo inevitablemente a lo que se dio en llamar el «desmantelamiento del aparato productivo», del cual son mudos pero elocuentísimos testimonios las instalaciones fabriles desafectadas, abandonadas, ruinosas, símbolos de un pasado no muy lejano de un país que apostaba al desarrollo de su sector secundario.

El modelo caro a la derecha conducía al país de manera ineluctable a mantenerse como exportador de materias primas y lo condenaba a vegetar en el subdesarrollo.

Contra esta concepción, la izquierda ­y los sectores progresistas de los partidos tradicionales­ levantaron la bandera del país productivo. Y finalmente el año pasado el gobierno anunció su propósito de impulsar las medidas pertinentes para lograr ese objetivo. Desde algunos sectores de la izquierda se urge al gobierno a adoptar ya las medidas e imponer los cambios anunciados. No obstante, por más legítimo que sea el reclamo es preciso tener en cuenta que todo proceso de cambios es necesariamente lento; ningún gobierno está en condiciones de cambiar un modo de producción y de desarrollo de la noche a la mañana. Es preciso ir dando pasos seguros que vayan encaminando al país por esa senda pero es condición de primer orden no actuar con apresuramientos pues ello aumenta el riesgo de cometer errores que pueden resultar demasiado caros.

Por otra parte, ya se han puesto en marcha experiencias harto valiosas que apuntan a recuperar y volver a hacer funcionar fábricas. El caso de Funsa es, en ese sentido, emblemático, pero no es el único. Otras experiencias van desarrollándose en diversos lugares y demuestran que es posible tener éxito en la apuesta a un modelo productivo. Bajo las más diversas formas (cogestión, cooperativas, economía mixta, etcétera) algunos emprendimientos empiezan a aflorar, creando fuentes laborales y redoblando la esperanza de la gente.

Este rumbo es la apuesta más fuerte del gobierno progresista. Junto con las reformas a estudio, constituye la clave para crecer con justicia social. *

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