Videntes y prensa: ¿no hay propaganda mala?
Propongo no perder de vista, antes, durante y después de este comentario, de qué estamos hablando.
Referente a la desaparición de la jovencita en las inmediaciones de La Rinconada de Piriápolis hace pocos días -aunque parece una eternidad- quiero comentar sobre los videntes convocados u oficiosos, movilizados en torno al caso referido. No sé quiénes ni quiero saber y probablemente algunos sean personas honestas. Sólo creo que si actuaran seriamente lo harían reservadamente, o al menos no en forma exhibicionista.
Tampoco entendemos el afán periodístico en el seguimiento en vivo del funesto caso, por momentos dándole visos de reality show, informando «desde Piriápolis» aunque no haya nada nuevo para decir, inflando incluso la actuación de los mentalistas, cosa de darle color a la noticia. Lo siento pero esto sucede ostensiblemente.
Por ejemplo un adivino, aparentemente hombre y con cierta fama, según decían, daba las espaldas a las cámaras mientras hablaba una serie de incoherencias con la mayor naturalidad, casi alentado por el cronista. ¿Por qué rayos hacía como que se escondía, si dieron su nombre, apellido y más datos en la misma nota? Grosera fantochada. Para empezar, si realmente esos adivinos «vieran» algo, todos debieran coincidir en lo que vaticinan. Para seguir: desde el 24 de enero, según consta en prensa, entraron a tallar agoreros varios. ¿Por qué no han brindado datos certeros para una definición inmediata?
Un periodista me preguntó qué tenía para decir al respecto, y qué opinaba de los que estaban incidiendo en base a trances, videncias y etcéteras similares. Está dicho.
Analizando la indispensable transparencia que deberían tener tales aportes para realmente serlo, sólo me queda la sensación de profanación que se desprende de cada una de estas, hasta ahora, infructuosas incursiones de aspiración esotérica. No me presto al circo y menos tratándose de la sensibilidad del prójimo. Sin eufemismos; es malo de toda maldad utilizar una coyuntura humana ajena fieramente dolorosa, extrema, para lograr un poco de televisión. Realmente me causa repugnancia el manoseo inescrupuloso de ciertos supuestos iluminados, hacia gente que experimenta los abismos del sufrimiento al soportar la desaparición de un ser querido.
Por supuesto, creo en los milagros, en energías incorpóreas y en el mundo espiritual. También en los dones, en la moral y en la solidaridad.
Comprendemos incluso -aún sin poder ubicarnos en la real situación de desesperación de padres y hermanos al límite de la angustia- la impotencia que lleva a familiares a buscar ayuda en lo sobrenatural.
A la vez me pregunto por qué otros casos similares no tienen tanta prensa o Fuerzas Armadas. Y no digo que esté mal. Hay muchas muchachas desaparecidas tiempo atrás de las que nada se habla. Digo por qué este caso y no el de las siguientes chicas: María Margot Umpiérrez (2/7/93), Silvia Mabel Freguerio (23/12/94), Ana Paula Graña (22/12/00), Alexandra Jacqueline Mesa Baesa (22/6/02). Es más: en la lista de personas ausentes emitida por el Ministerio del Interior, figuran diez mujeres jóvenes vistas por última vez en 2006 y que por ahora no han sido halladas.
Una interrogante ahogada ante la fuerza del ruego colectivo al que me uno pidiendo que aparezca Natalia Martínez sana y salva. Que aparezcan todas…
Mejor aun; que nunca desaparezcan. *
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