Esperando el "expreso de medianoche"
Era la media mañana del 19 de enero de 2006, y aún continuaba tendido en la calle el cuerpo del periodista Hrant Dink, cuando el primer ministro turco, Erdogan, interrumpió una reunión de gabinete y realizó declaraciones públicas sobre el hecho.
En síntesis, dijo que lamentaba lo sucedido; que una vez más «la mano negra» (textual) había actuado contra Turquía y que los responsables serían capturados. No intentó siquiera explicar las razones que podrían haber impulsado al crimen.
Seguramente Erdogan sabía que la víctima arrastraba varios juicios por «ofender la identidad turca» y que era un armenio que proclamaba su armenidad. ¿Porqué ese interés repentino de la más alta jerarquía política y constitucional del país hacia el integrante de una minoría no musulmana?
¿Fue sólo un apresuramiento que promovió desprolijidad? ¿O acaso se sabía que esto iba a suceder, pero no se respetaron los tiempos reales del proceso de comunicación para salir a opinar oficialmente? ¿O tal vez se quería que, desde el inicio, las consideraciones sobre el caso estuvieran sesgadas por la visión oficial de la existencia y el accionar de la «mano negra» y la conspiración interna e internacional contra Turquía? Este es un año de elecciones en Turquía.
El gobierno turco descontaba el homenaje que la colectividad armenia le rendiría a Dink. Sabía que serían algunos millares, fácilmente controlables, y se mostró magnánimo para proteger la manifestación. Pero no esperaba que fueran más de cien mil y que buena parte de la población, opuesta al régimen, hiciera suya la oportunidad para expresarse, mostrar la herida interna del país y hacerle perder, en pocas horas, el crédito que le había otorgado la eficacia demostrada para detener al asesino: un menor, denunciado por sus propios familiares y con un accionar tan obvio que su detención no le serviría a los agentes turcos ni para dar examen de idoneidad. Ahora, esa capacidad está puesta en duda, pues no aparecen y ni siquiera son cuestionados los instigadores del crimen. Pero están, no se ocultan, alardean con su impunidad y amenazan con hacer estallar la redacción del semanario que dirigía el periodista asesinado. Amenazan, además, a la colectividad armenia, diciéndole: «Ustedes, que se salvaron del genocidio de 1915, van a vivir ahora un verdadero genocidio». También promueven legalmente porque el Código Penal se los permite una acción contra aquellos que, a cara descubierta, portaban, durante el sepelio, los carteles que decían: «Todos somos armenios. Todos somos Hrant», acusándolos de ofender la identidad turca.
Los carteles eran llevados no sólo por armenios, sino también por turcos, kurdos, griegos y otras minorías. Los organizadores de la marcha, además de los deudos y de la colectividad armenia, convocaron bajo la denominación común de «ciudadanos originarios de Turquía» honrando a Dink como paladín de la paz, la libertad, la democracia y constructor de la fraternidad entre turcos y armenios. Se sumaron también los militantes de Birkar, una organización que promueve la unidad de los trabajadores y la fraternidad entre los pueblos.
Las amenazas, que, parece, son proferidas por la banda «Lobos grises», avisan a los armenios que los van a «reventar» y los tratan de «gueavur», una denominación que tiene connotaciones peyorativas y que se aplica a todos los cristianos, particularmente a los armenios, que puede identificarse, en el sentido más deleznable, con el de «cerdo», un animal que desprecian los musulmanes.
El idioma es el medio por el cual cada pueblo expresa su pensamiento y su sentir. El idioma turco es lo suficientemente rico y complejo como para que se exprese con él un premio nobel, pero dicen los que saben que es un habla particulamente flexible para la blasfemia y que posibilita una adjetivación grandilocuente, cargada de matices e intencionalidades.
Al periodista armenio se le había aplicado el artículo 301 del Código Penal, por el cual se condena todo aquello que se considera «ofensa a la identidad turca». En el lenguaje periodístico y en el habla corriente eso se convierte en «traición». Dink estaba acusado de traición; su asesino y sus instigadores actuaron, según ellos, para castigar una traición. Erdogan, a su vez, acusó al asesino de perpetrar una traición a Turquía y los primeros titulares de los diarios turcos señalaron el crimen como de traición a Turquía. La misma denominación para calificar hechos distintos. Lo que sí queda claro es que el asesinato se valoró de acuerdo al interés del Estado. Si no tuviera consecuencias negativas para el ingreso de Turquía a la Unión Europea, ¿tendría este crimen, para el gobierno turco, la trascendencia que tiene en estos momentos? ¿Sería traición?
Pese a los esfuerzos que realiza, y que se le deben reconocer, el estado turco continúa manteniendo condiciones que no lo hacen apto para ingresar a la Unión Europea. Algunas características se mantienen a través de las leyes; otras, en las costumbres que se imponen sobre las leyes y mantienen la tradición. Por ejemplo: los militares continúan mandando sobre la población civil y las estructuras republicanas; la tortura en las comisarías continúa como práctica corriente; no se reconoce a la república grecochipriota aunque ésta, desde 2005, integra la Unión Europea y no se retira a las fuerzas de ocupación en el norte de Chipre; no se le reconoce ciudadanía a los kurdos ni se les permite integrarse a la vida política, y se niega el genocidio cometido contra los armenios. Existe una separación entre el país legal, maquillado, y el país real. Esa es una herida que aún no se cierra; entretanto, la mayoría silenciosa de su población espera el «expreso de medianoche» para alcanzar su futuro. *
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